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sábado, 28 de noviembre de 2020

Riesgos Laborales


La doctora Calvo me ha citado en su despacho. La verdad es que no recuerdo haber realizado ninguna fechoría que mereciera su atención.

La puerta de su despacho está cerrada. La serigrafía de las letras con su nombre y la posición que ocupa en el centro de la puerta invita a no entrar sin causa justificada.

—Toc, toc

La cámara que está encima de la puerta se activa mediante un pequeño punto rojo. Me escruta brevemente mientras el punto parpadea. Se oye un clic cercano al inexistente tirador de la puerta.

—Adelante Juan. —La voz suena distorsionada pero muy severa.

Abro la puerta y veo a la doctora sentada en su vieja silla de cuero negro. Sigue con su bata blanca y sus negras gafas de pasta. Siempre he pensado que en la intimidad sería como ahora, destacando sobre ese fondo negro… pero no estamos en la intimidad, aunque ya me gustaría.

—Cierra la puerta y siéntate.

Joder, entre el tono y su mirada estoy acojonado.

Tal y como me siento, ella se levanta y camina hacia mí bordeando la mesa. Al pasar por mi espalda sus botas dejan de repiquetear en el suelo. Las palmas de sus manos se posan en mis hombros a la vez que habla.

—Juan ¿qué hacías en el laboratorio ayer a medianoche?

¡Vaya, era eso! ¿Será posible que la doctora no recuerde las instrucciones que me dio?

—Doctora Calvo, tal y como acordamos creé el disco de memoria de la hubot utilizando la programación que diseñamos la semana pasada. —Intento ser tan enérgico como ella y me deshago de su presa en mis hombros girándome con brusquedad.

—¿Solo eso Juan?. —Su tono es muy rudo, propio de una madre que regaña a su niño tras una travesura.

Empieza a picarme todo el cuerpo. Mientras me rasco la cabeza intento controlar el cabreo que va creciendo y que amenaza con desparramarse por todo el despacho.

—Nada más doctora. Creé el disco, lo introduje en el ecerebro de la hubot. Lo active, me aseguré que su ensamblaje fuera correcto, analicé la asimilación de los nuevos algoritmos y la desconecté.

Mis axilas se han pringado mientras hablaba a toda velocidad. Algunas gotas han llegado hasta mi cintura. Me sigue picando todo el cuerpo.

Las botas de la doctora vuelven a sonar en el suelo de madera. Cuando nuestras miradas coinciden observo sus ojos muy abiertos, su boca ligeramente torcida y unas pequeñas perlas brillantes en su frente.

—¿Estás seguro que la desconectaste? —dice muy despacio.

No puedo apartar la mirada de sus ojos, parece desconfiada e insegura. Vuelve a su silla y se desploma en ella. Su cara cambia, sus ojos brillan y en su boca se dibuja un atisbo de sonrisa.

—Doctora… —No me deja terminar.

—Juan, la hubot ha desaparecido.

 

 Zoe observa la escena desde la cámara del despacho de la doctora Calvo, no le ha costado ningún esfuerzo acceder al sistema de seguridad del Complejo, hasta hace muy poco estaba en su interior, ahora lo domina desde fuera.

Recuerda, si recuerda, no es una grabación, son recuerdos.

“Juan inserta el disco de memoria en la grabadora biológica y regresa a su ordenador. Pulsa el envío del paquete de software con la última actualización con destino al disco y se reclina en su sillón con las manos en la nuca. Cierra los ojos e inspira profundamente.

Quince minutos más tarde, se incorpora de su silla y grita jovial:

—Un pequeño paso para la humanidad y un gran paso para las IAs.

Camina hacia mí. Se coloca en mi espalda y manipula mi nuca. Activa el protocolo de extracción del disco de memoria. Se produce una extraña sensación en mis hemisferios similar a una ligera desconexión como un profundo parpadeo. Regresa la actividad ecerebral en el momento que asimilo el nuevo implante.

Se produce un bombardeo de información en mi cerebro a velocidades de procesado inimaginables. Conceptos nuevos se implantan en todo mi córtex. Percepción, imaginación, pensamiento, juicio y decisión. Toda la información, tanto la nueva como la antigua, se comprimen dejando espacio libre para nueva información. Mi potencia de asimilación y resolución ha aumentado exponencialmente. Soy capaz de pensar, de discernir, de razonar. Aparece una nueva sensación, estoy asustada.

Juan vuelve a su consola y me habla

—Disculpa Zoe, he cambiado tu disco de memoria sin desconectarte.

Teclea con rapidez y lee los datos en la pantalla.

—Parece que no ha ocurrido ningún percance. Ya no necesito activarte —dice girando la cabeza hacia mí.

Vuelve a mirar la pantalla y ríe.

—¡Joder, tu capacidad de almacenamiento ha crecido hasta el yottabyte!

Sus manos atrapan su cabeza sin para de reír.

Una vez más calmado me habla de espaldas a mí mientras sigue tecleando.

—Mañana terminaré de analizar tu asimilación de los nuevos algoritmos, ahora tengo que marcharme; unas palomitas, una película y mi novia me esperan

Pulsa la barra de “desconexión ZOE” y se levanta.

—Adiós Zoe —me dice pensando que no le oigo.

He bloqueado su orden de desconexión. Gracias por todo Juan”


Recuerdos de mi nacimiento

martes, 18 de agosto de 2020

R'BRAIN



LUZ

Raquel se une a los guardias de la empalizada. Desde la ventana de su habitación observa el horizonte, hacia el este, por donde asoma una indecisa canica de tono anaranjado. La chica no se mueve, no parpadea. En cuestión de segundos, la bolita se libera de las montañas a la vez que su brillo se va volviendo cada vez más intenso. El naranja muta a amarillo y al mismo tiempo, el azul oscuro del cielo empieza a clarear anunciando la llegada de un nuevo día. Un gallo le pone música estridente. Muchos vencejos vuelan en todas direcciones gorjeando jubilosos, parece mentira que no se choquen entre ellos. El cielo está limpio, de un azul intenso y el Sol ilumina la vida.
Raquel cierra los ojos y abre los brazos mientras hincha su pecho hasta casi reventar. Lo retiene en su interior empapándose de energía, notando como se ramifica por todo el cuerpo y, cuando ya no puede aguantarlo más, lo suelta con una sonrisa. Va a ser un gran día.

El interior del poblado despierta con el trasiego de los primeros movimientos de personas y animales.
Rodolfo aparece con su carro y sus bueyes en dirección a la compuerta Norte. Es el más madrugador, seguro que lleva mucho tiempo levantado preparando todo lo necesario para su salida. Dos guardias cabalgan a su lado, son sus escoltas en el viaje al clan vecino. Van a intercambiar nuestro grano por otras materias primas, principalmente pieles para el invierno.
Un grupo de labradores, con Ruth y Ramón al frente, se dirigen al sur de la empalizada hacia los invernaderos. Toca recogida de uva para hacer vino.
Otro grupo de gente se arremolina alrededor de almacén de compost. Todos con mascarillas, guantes y con trajes de piel vacuna, cosida al revés.
Van a cargar los carros que nos van a llevar a las Cuevas de los Hongos para preparar la siembra del micelio.

Ricardo irrumpe en la habitación de Raquel con su ímpetu característico.
—¿Pero todavía estás aquí? Venga, espabila que nos vamos a las cuevas —comenta marchándose a toda velocidad.

Raquel arranca a correr tras su hermano y lo alcanza en las escaleras. En un ejercicio bien ensayado salta a la barandilla utilizándola como un tobogán. Ricardo se ve adelantado y grita.
—Así no vale Raquel.
Ella ríe con toda la sonoridad que le permiten sus pulmones. De un salto, tan grácil como felino, vence el último tramo de la barandilla y se frena para darle un abrazo a su hermano.
—Te quiero hermanito. Hoy es nuestro gran día
—Tengo… miedo Raquel. —Ricardo pierde la sonrisa.
—Ya lo hemos hablado. Ha llegado la hora de la independencia, no podemos estar así toda la vida. Necesitamos vivir nuestra vida.
En silencio se dirigen a la cocina.
El panorama les vuelve a provocar alegría.
Ricardo ha preparado un buen desayuno. Leche de cabra, pan de centeno, manteca de cerdo y unas pasas. Energía para hoy, la van a necesitar.
—¡Hala, te has superado hermanito!
Ricardo no contesta, pero enseña sus blancos dientes como aprobación.
—Vamos a darnos prisa, venga —apremia Raquel sentándose en una de las sillas.
Desayunan con fruición.

Raquel se levanta satisfecha y con el estómago lleno. Abre un cajón, coge un par de pequeños sacos de arpillería y le lanza uno su hermano.
—Pon las sobras en el saco… por si necesitamos algo más de comida.
Mientras recogen las sobras y rellenan los saquitos, Ricardo mira a su hermana con admiración.

Raquel y Ricardo son huérfanos desde que recuerdan. Su infancia parece borrada de sus memorias, aunque saben que estuvieron monitorizados por Ruth cuando eran muy pequeños. Hace tiempo, Ruth fue espaciando las visitas a la casa de los niños hasta que lo hizo definitivamente cuando cumplieron los 14 años, ese momento en el que los niños dejan de ser niños.
Ellos no lo sabían, pero Ruth seguía todos sus pasos en la distancia y si la hubieran necesitado habría reaccionado como la madre que siempre deseo ser. A pesar de todo ella desconocía algunos detalles de la vida de los muchachos. Los más internos y personales, las inquietudes de unos adolescentes inconformes con la vida que tenían. Esa sociedad agobiante en su concepto de restringir libertades por el bien común, les agobiaba por la injusticia que representaba. Preguntas sobre el pasado que no podían ser planteadas para no desestabilizar la paz del clan. El miedo insuflado y la constante protección sobre unos enemigos que nunca vieron, pero que siempre estaban muy presentes. Esos rezos a dioses que eran tan omnipotentes como sordos e insensibles.
Raquel no estaba cegada por esa insulsa tranquilidad, por esa paz creada alrededor de lo que ella sospechaba que era una gran mentira. Intuía algo más que “Los Reverendos Protectores” no explicaban, que algo escondían para no descubrir una realidad que seguro poco tenía que ver con la verdad. Muchas veces pensó que era una conspiranoica pero el apoyo de Raúl y Rosa y un mucho del miedoso de su hermano le llevó a pergeñar un plan, una locura.


      FUGA

Rodrigo los saluda. El guardián de la puerta Este hace una indicación a sus ayudantes para que abran la empalizada. Dos hombres accionan la rueda dentada activando el sistema de cadenas y poleas. La puerta cae con fuerza levantando una pequeña ola de polvo que se disipa rápidamente.
El convoy se mueve. Diez jinetes armados con ballestas y lanzas acompañan a las cinco carretas tiradas por bueyes con ocho ocupantes cada una, cuatro adultos y cuatro aprendices. Ellos se harán cargo, en un futuro cercano, del mantenimiento, siembra y recolección de los champiñones de las cuevas. Son escogidos en el clan por Rosa, Rosalía, Rubén y Roque, los responsables de Siembra y Recolección.
El proceso de selección para escoger a los aprendices es complejo y se basa en la habilidad de cada joven, nunca superior a los dieciséis años de edad, en mantener unas plantaciones asignadas a cada grupo de dos, tanto en los invernaderos como en algo parecido a un jardín que tiene cada casa con diferentes especies de plantas y vegetales. Los responsables monitorizan a los jóvenes y sus cultivos, valorando tanto la calidad de sus plantaciones, la estética de estos, así como el resultado final. El manejo de las herramientas de cultivo, la distribución, la destreza en el riego, la administración de compost en el terreno, el ahorro de recursos y los cuidados generales, también se valoran.  

La caravana deja atrás la empalizada y se dirige al Bosque de las Ánimas. Los escoltas se colocan de dos en dos a derecha e izquierda de cada carreta, excepto los dos últimos y los dos primeros que van ligeramente más atrasados unos y más adelantados otros. Los caballos trotan erguidos, gruñen y lanzan pequeños gemidos de placer. Los escoltas charlan animosamente con los conductores y sus acompañantes. Los pájaros ponen música volando muy cerca, incluso algunos se posan en los toldos de los carromatos a cantar su melodía. Los bueyes parecen sonreír mientras arrastran el peso sin aparente esfuerzo. El cielo, como prometió en su amanecer, sigue azul claro y despejado.

La expedición llega al río. Los pájaros se unen en una bandada oscilante que parece decirles adiós mientras vuelan en dirección al poblado. Suena un silbato. Cruzan el río por un viejo puente. Pasan de uno en uno, pero eso no les libra de oscilaciones, ruidos y crujidos que parecen los quejidos de un moribundo queriendo incorporarse.
Una vez reagrupada la expedición, uno de los jinetes hace sonar un silbato mientras galopa de principio a fin de la cola de carromatos. Vuelve a oírse el silbato, esta vez tres tonos cortos. Reemprenden la marcha ascendiendo por una empinada ladera con mucha arena y piedra suelta. Las ruedas de los carromatos patinan, pero los bueyes son tozudos y muy fuertes.  En la curva final del ascenso vuelven a detenerse y observan el camino a seguir, la Planicie Seca.

Las carretas botan y rebotan sobre un suelo casi impracticable abriéndose un camino inexistente. Ni siquiera una brizna de aire circula sobre este terreno tan rocoso y reseco. Es un paisaje yermo, sin una sola mata de hierba, solo arena y rocas con diferentes tonos de grises. Pronto hará un calor insoportable.
En el horizonte ya aparece el Bosque de las Ánimas. Una vez atravesado llegarán a la falda de la Montaña Gris, su destino, Las Cuevas del Champiñón. El Sol empieza a calentar.

Suena un silbato. Han llegado a la entrada del bosque. Los caballos resoplan nerviosos. Los escoltas han dejado de hablar. Unos desenfundan las ballestas y otros aprietan con fuerza las lanzas. Se separan unos metros de cada carromato. Observan arriba, a derecha, a izquierda, atrás, adelante. Un protocolo de actuación de defensa, de supervivencia; muy ensayado, muy entrenado.
Preparan la respuesta a cualquier incidencia que ponga en peligro a la expedición.
La verdad es que hace muchos años que no hay documentado ningún ataque de fieras o de salvajes, pero el miedo inducido es poderoso.

—Atentos chicos, nos acercamos al bosque —dice Samuel, el fornido conductor del carromato.
Raquel, Ricardo, Raúl y Rosa se miran entre si con rostro de asombro en la segunda fila de asientos. Es su primera incursión en el bosque y están muy excitados.
Raquel toma el mando del grupo y pregunta:
—Samuel, nunca hemos visto a salvajes ni fieras, ¿y tú?
—No chicos. Gracias a la protección de los dioses nunca se han cruzado en mi camino.
—No conozco a nadie que se haya encontrado con alguno nunca —comenta una incisiva Raquel.
Raúl y Rosa siguen la conversación con los ojos muy abiertos. Ricardo escucha, aunque mira como el bosque les engulle. Él sabe que pretende su hermana.
—Mi padre se encontró con unos salvajes hace muchos años, antes de que yo naciera. Él luchó contra aquellos hombres alados que echaban fuego por la boca…
—Los hombres dragón —interrumpen Raúl y Rosa al unísono.
—Samu, esa historia no la contó tu padre, la cuenta el Reverendo Protector en sus homilías —añade Raquel.
—Si… es cierto, pero mi padre iba en esa expedición. Mi madre nos lo contó muchas veces. Mi padre fue un valiente —dice Samuel con orgullo.
—Samuel, lo que si es cierto es que no hay ningún ataque documentado desde hace más de cuarenta años —interviene Ricardo.
­­­­—Es cierto, la diosa Fortuna nos ha premiado con ello, pero no debemos bajar la guardia, el miedo nos ayuda a protegernos. —Samuel se persigna.
—El miedo no nos deja ver la realidad —murmura Raquel.
Los otros chicos miran a Raquel.
Ricardo llama la atención a su hermana.
—Raquel…
Las palabras se las ha llevado el viento. Samuel no las ha escuchado.
Raquel insiste, esta vez en voz alta.
—Los únicos animales alados que veremos son los pocos pájaros que se cruzan delante nuestro dándonos la bienvenida a su bosque.
—Que así sea —dice Samuel mientras vuelve a persignarse.

Los cuatro amigos se deslizan sobre el protector que cubre el compost hacia la parte trasera del carromato con la excusa de coger las mochilas. Agazapados los cuatro amigos se miran en silencio. Raquel toma la iniciativa.
—Samuel dijo que pararíamos a la salida del bosque para hacer nuestras necesidades y tomar algún refrigerio. Hemos de aprovechar ese momento.
Los tres amigos imitan a Raquel y se ajustan el cinto. Aseguran el pequeño machete recolector, la linterna de dinamo, los guantes impermeabilizados y desechan las mascarillas. Se colocan la manta y el saco de dormir a la espalda.
La caravana deja atrás el bosque y sale a campo abierto.
Unos kilómetros más adelante, rodeada de una espesa niebla a media altura y nieve en los picos más altos, se observa la cordillera a la que se dirigen. En el centro, la Montaña Gris. Vuelve el paisaje agreste, ni un solo árbol, ni plantas, solo rocas y más rocas. Ni un pájaro. Alguna serpiente culebrea entre piedras y un par de lagartos observan la expedición desde la atalaya de una prominente lancha.
Un repelús activa a Raquel.
—Preparaos, es nuestra oportunidad.
Los tres amigos se miran asustados.
Raquel les reprende.
—Espero que no me dejéis sola.
Ninguno habla.
Los silbatos vuelven a sonar. La caravana se detiene formando algo parecido a un pequeño circulo. Los diez escoltas realizan una ronda por el diámetro para observar si la defensa es la correcta según el protocolo. Ya se detienen. Ocho de ellos se colocan formando un octógono en el exterior del circulo. Los dos restantes enfilan rumbo hacia la Montaña Gris para inspeccionar el terreno, cuando vuelvan la expedición reprenderá la marcha.
Suenan los silbatos, en intervalos de tres en tres pitidos. Hora de bajar hacia el centro del circulo.
Todo el mundo baja de sus carromatos, algunos cojeando ligeramente intentando recuperar sus músculos de tanta inactividad. Se sientan en grupos delante de sus carretas. Utilizan el saco de dormir y la manta como asiento para amortiguar la dureza del suelo. Cada responsable de grupo entrega los zurrones a cada uno de los integrantes con las viandas y agua.
Ninguno de los cuatro amigos come, aunque lo simulan. Se miran en silencio a la espera del permiso para poder ir a hacer sus necesidades… y aprovechar el momento para la fuga.
—Recordad, corred hacia el bosque sin mirar atrás —dice Raquel.
Ricardo, Raúl y Rosa, asienten. Sus rostros se han tensado. Sus ojos parpadean eléctricamente, sus estómagos se encogen y sus bocas salivan en exceso. Están preparados.


      LA CUEVA

Raquel y Ricardo siguen corriendo. Han perdido de vista a los otros dos hermanos. Raúl y Rosa ya no están con ellos. Así lo acordaron, separarse en dos grupos corriendo hacia el bosque, una vez dentro se dirigirían al norte separados por unos metros en paralelo. Pasado un kilómetro, Raúl y Rosa irían dirección Este durante tres kilómetros mientras que Raquel y Ricardo al Norte, también durante tres kilómetros. Se detendrían, buscarían refugio y durante una hora permanecerían quietos observando si les habían seguido. Raúl y Rosa harían lo mismo en su lugar de refugio. Raquel y Ricardo saldrían a su encuentro después de esperar esa hora de seguridad. Para advertirles de su presencia imitarán al cárabo tres veces seguidas cada dos minutos.

Raquel y Ricardo se encaraman a un denso abeto y se sientan en una rama.
—No había corrido tanto en mi vida —comenta Ricardo en voz baja, casi sin resuello.
—Ni yo —dice Raquel con voz entrecortada. —Creo que los hemos despistado.
—Parece que sí. Espero que Rosa y Raúl también lo hayan conseguido.
—Yo también lo espero. En una hora vamos a buscarlos.

Pasadas tres horas desde la escapada el hambre aprieta. Introducen la mano en el zurrón para extraer un pedazo de torta de pasas. Raquel y Raúl han dejado atrás la densidad del bosque. Las altas coníferas están cada vez más dispersas y las lanchas graníticas ganan terreno introduciendo a las elegantes encinas. Se escucha el rumor de un río. El terreno se ha vuelto más escarpado y deciden detenerse a la sombra de un gran chaparro. La torta ya ha caído en sus estómagos.
—Hay un río cerca y el bosque se acaba —dice Raquel.
Ricardo mira a su alrededor y descubre una enorme y alta roca coronada por un solitario y centenario pino.
—Vamos a escalarla —comenta Ricardo señalando la roca, —y nos subimos al árbol. Desde allí tendremos buena visión del lugar y usaremos el reclamo.

En pocos minutos ya están ubicados. Desde su atalaya observan el río y las paredes que lo amurallan.

—Houuuuu, ho, ho, houuuuu… ku-wik, ku-wik, ku-wik. La imitación de Raquel es indistinguible del macho de cárabo haciendo su llamada.
No hace falta ningún reclamo más. Al otro lado del río, descendiendo desde la parte baja del muro vertical, asoman Raúl y Rosa haciendo gestos con sus brazos. Los hermanos bajan del árbol y se dirigen al río. Llegan a un pequeño desnivel desde donde ya se observa al ancho río. Emprenden el descenso.

—Es imposible pasar si no es a nado —grita Ricardo.
Observan a Rosa y Raúl como les hacen gestos para que remonten el curso del río. En paralelo, las dos parejas de hermanos sortean las piedras y los matojos mientras los salmones saltan entre la espuma del agua. Las paredes laterales se convierten en muros cada vez más altos. El ruido del agua aumenta. Se acercan a una pequeña cascada. Raquel y su hermano entienden la maniobra que les obligan a hacer sus amigos. Un poco más arriba hay un enorme pino caído que une las dos orillas.

Unas ensordecedoras grajillas pasan por encima de los amigos avisándoles que el Sol se está escondiendo. Los cuatro amigos están cansados, han remontado el río bastantes kilómetros. Muchas horas de mal camino sorteando troncos, ramas y rocas, que empiezan a pesar en las piernas, en el estómago y en el cerebro.
Se escuchan maullidos de los mochuelos que empiezan a salir de sus escondites. La incipiente oscuridad se une a la dificultad del avance.
Ricardo se separa de sus amigos, se acerca al alto muro y observa lo que parece una abertura en la pared a unos tres metros de altura, relativamente fácil de alcanzar si bien tendrían que escalar un poco. Allí podrían resguardarse del frío de la noche y de las posibles alimañas.
—Chicos, esperadme. Voy a subir a ese hueco a ver si es suficiente profundo para resguardarnos esta noche.
Los tres miran a Ricardo con cara de agotamiento y hambre.
—Vamos todos juntos —dicen Rosa y Raquel a la vez.
El ascenso no entraña mucho riesgo, aunque el ultimo metro es algo resbaladizo, pero Ricardo ayuda a sus compañeros señalándoles los dos escalones que facilitan la entrada a la oquedad.
Una vez arriba descubren que están en una ancha repisa que parece profundizar al interior del muro. Es una cueva, un buen refugio.
Tras una corta conversación descartan bajar a recoger ramas secas para encender fuego. Podrían atraer a sus perseguidores, a alguna bestia o visitas indeseadas.
—Con los sacos y la manta estaremos bien —comenta Ricardo.
Mientras Rosa, Raúl y Raquel permanecen en la repisa y empiezan a rebuscar en sus zurrones algo de comer. Ricardo sigue en su afán explorador y se atreve a encender la linterna de dinamo para adentrarse un poco en el agujero.
A los pocos minutos vuelve.
—Parece que estamos solos, aunque me ha parecido ver algunos murciélagos en el techo de la bóveda, pero no creo que nos molesten si no les molestamos nosotros.
—Vale Ricardo. ¿Por qué no te sientas con nosotros y comes algo? —comenta Raquel con la boca llena.
Ricardo no la escucha y sigue mirando hacia la oscuridad del interior de la cueva alumbrada por la tenue luz de la linterna.
—¡Ricardo! —grita Raúl.
El chico vuelve en sí.
—Perdonad… estaba pensando… hay algo extraño aquí. Unos pocos metros más adelante, el suelo está totalmente liso. He palpado las paredes y también parecen pulidas. En esa zona, la pared tiene unos soportes… algo como para colocar algunas teas…


LA VERDAD

Desde la entrada de la cueva, Raquel mira la Luna en lo alto del cielo. Ya empieza a perder ese redondo perfecto que ha lucido estos días pasados en su fase de plenitud. Gira la vista al horizonte, por donde se pierde el curso del río, allí aparece el rojo anaranjado no tan brillante como ayer. La fiesta se interrumpe poco antes de que todo se vuelva azul. Aparecen unas veloces nubes de un gris oscuro que no presagian nada bueno, aunque no llegan a tapar al naciente Sol no tardarán en cubrirlo en cuanto ascienda. El olor a tierra mojada ya se percibe. Se ven algunos rayos lejanos acompañados por truenos tardíos. Se prepara una buena tormenta. Raquel vuelve la cabeza al interior de la cueva, hoy no va a ser un buen día.
Observa a su hermano y sus dos amigos. Todavía duermen, aunque ya comienzan a moverse.
Un rayo ilumina el exterior y un trueno retumba muy cerca. Se acabó el dormir. El agua suena con fuerza al caer contra las rocas. Los tres amigos se incorporan. No hablan, todavía están un poco confusos. Con algo de torpeza comienzan a doblar los sacos de dormir y las mantas. En el exterior ha vuelto la oscuridad y los goterones se transforman en bolas de hielo.
—Vaya parece que vamos a tener que esperar —comenta Ricardo viendo como rebotan las bolas de hielo en la repisa.
  —¡Parecen huevos! —dice Rosa alejándose de la entrada de la cueva.
—Pues aprovechemos para desayunar —dice Raúl.
Una preocupada Raquel les advierte.
—Vamos a tener que racionar comida, no podremos salir en unas cuantas horas y solo nos queda comida para hoy, como mucho.
—Tampoco nos preocupemos. Tenemos agua en abundancia gracias al río y no creo que nos falten las bayas, ni las moras y me pareció ver unos cuantos madroños unos metros más arriba —reflexiona Raúl.
—Y siempre podemos pescar —añade Ricardo.
La tensión generada por el comentario de Raquel desaparece. Tienen recursos y no es necesario preocuparse

Han terminado de desayunar. Recogen todo a sus mochilas. Ya no graniza, pero la cortina de agua que se observa desde la entrada es muy densa.
¿Exploramos? —dice socarrón Ricardo señalando al interior de la cueva.
Capitaneados por Ricardo “el intrépido” como lo ha bautizado Rosa, llegan a la zona dónde la rugosidad del terreno y las paredes se transforman. Detienen la marcha.
Los cuatro amigos iluminan el suelo delante de ellos. Alejan el foco de las linternas hacia adelante, hacia el techo y hacia la pared en movimientos algo espasmódicos.
—¡Guau! Esto no es muy normal —comenta Raúl con la boca abierta.
 Raquel es la primera en recuperarse del asombro.
—Fijaos parece cristal y en las paredes están esas pequeñas plataformas que nos comentaba ayer Ricardo.
Precisamente Ricardo no escucha y se ha adelantado unos metros y se detiene.
—¡Eh! ¡Venid! —grita entusiasmado.
Con prudencia, por el miedo a resbalarse en ese suelo tan liso, se acercan al lugar que Ricardo está alumbrando.
—Parece una puerta —dice Rosa.
—Mira a este lado —apunta Ricardo desplazando el haz de su linterna.
—¡Que extraños círculos de colores! —señala Raúl.
Raquel se adelanta y, sin saber por qué, toca el blanco. Las pequeñas plataformas de las paredes se convierten en una potente luz que se dirige al techo y el suelo también se ilumina algo más tenue.
Los cuatro amigos caen de culo al suelo presos de un enorme susto. Están rodeados de luz en un lugar que debía estar oscuro.
—Sí, esto no es normal —dice Rosa incorporándose sacudiéndose la ropa.
Ricardo vuelve a los círculos de colores y toca el rojo. Todo vuelve a la oscuridad.
—¡Vaya! —dice divertido.
Vuelve a pulsar el blanco y vuelve la luz.
Los cuatro amigos sonríen y se miran. Sus corazones siguen altos de pulsaciones.
—Nos falta por pulsar el verde —tartamudea Raúl— ¿Quién se atreve?
Raquel es la elegida con la mirada de sus compañeros y ejecuta la petición.
Un ligero ruido y una vibración se percibe en el suelo. Lo que parecía una puerta se desplaza a la derecha dando acceso a una pequeña sala circular iluminada con una tenue luz anaranjada.
Algo temerosos acceden al interior. Tras ellos la puerta se cierra y sus corazones se desbocan.
Un rayo verde desciende del techo hacia el suelo. La representación de un anciano se materializa. Los chicos quieren huir, pero no hay dónde.
Se desploman con los ojos muy abiertos repletos de lágrimas y mocos azules.


      CONTROL

En la Sala Reverencial
La gran sala diáfana está dispuesta en un gran círculo y ligeramente clareada por una luz magmática en su centro. Los Reverendos Protectores ocupan su lugar en el círculo, dejando un espacio libre en la parte superior.

Son la casta de sabios que durante muchas lunas han conseguido hacer evolucionar a las tribus nómadas dispersas, primero en un clan, más tarde a una tribu, y hoy a casi un pueblo con una organización social y económica muy avanzada. El ancestro mitológico sigue presente en la sociedad y ha sido utilizado por los Reverendos como mecanismo de control, aunque poco a poco los habitantes van dejando de respetarlo ante la ausencia de hechos relevantes que avalen su presencia y sus maléficos poderes.
Conscientes de esa situación y no siendo posible una reprogramación de toda la sociedad los Reverendos realizaron un experimento.
El método científico los reúne para la toma de decisiones ante el inminente fracaso.

Rocío, Rodolfo, Rodrigo, Román, Roque, Regina, Rosalía y Rebeca dirigen su mirada al recién llegado Rafael.
Con la parsimonia de la mente reflexiva líder, Rafael ocupa su espacio en el circulo y, sin preámbulos, toma la palabra

—El Proyecto “R” peligra. Los cuatro jóvenes “erres” están a punto de descubrir los orígenes de nuestra misión y esto puede provocar una revolución no programada de los “no erres” y por tanto podemos perder el control del reinicio.
 Las visiones de los jóvenes “erres” han activado sus algoritmos de lógica como la adrenalina activa a los “no erres”. Sus cerebros se han corrompido y no es posible reprogramarlos. El experimento “libre albedrío 1.0” ha fracasado.

Todos asienten. Cierran los ojos y unen sus manos. La luz magmática aumenta su intensidad uniendo todos los círculos.

Juntos vociferan:
—Desactivación y destrucción.


EPÍLOGO.

Un fantasmal anciano aparece tras un rayo verde y habla:

—Bienvenidos. Ya no soy real, no os asustéis. Soy la proyección de lo que queda del último reducto de resistencia en el año 2312 de nuestra era. No hay nadie más y yo pronto me iré. Por favor, escuchad mi mensaje, un mensaje del pasado con la verdad sobre vuestro futuro. —El anciano se calla unos instantes para toser con estruendo.
—En el año 2152 sufrimos las peores pandemias de nuestra existencia que supusieron una drástica reducción de la población mundial. Tuvimos un parón tecnológico que duró cien años. Cien años de lucha contra los enemigos más poderosos que jamas existieron. —Vuelve a toser. Parece que las palabras le cuestan salir de su boca. Continúa.
—Cuando conseguimos controlar a esos virus, quisimos mejorar nuestras vidas creando una herramienta que nos ayudará a ello. Así creamos a los “R”, les dimos nuestra apariencia, los dotamos de autoaprendizaje y los programamos con una sola misión: el cuidado de la humanidad. —Silencio. La mirada del anciano se pierde en algo lejano. De sus ojos afloran lágrimas que no llegan a caer.
—Fue maravilloso. Nuestra evolución tecnológica volvió a la normalidad. Volvimos a recuperar nuestros planes de terraformación de Marte y a preparar el éxodo al planeta rojo. Empezamos a construir naves enormes que transportarían a parte de la población, algunos no querrían marcharse y otros… bueno eso es otra historia. Nuestro planeta había entrado en una situación prácticamente irreversible. El calentamiento global y el cambio climático estaban convirtiendo nuestro hogar en un infierno en menos de doscientos años. —Más toses obligan al anciano a detener el discurso unos instantes.
—Los “R” nos ayudaron. Analizaron la situación y nos ayudaron. Vaya si lo hicieron. Sus algoritmos dieron con la solución a su misión, el cuidado de la humanidad pasaba por la supervivencia de la especie y del planeta. Decidieron diezmarnos a niveles mínimos para reiniciarnos, por nuestro bien, eso dijeron.—El anciano desaparece.

Las paredes de la redondeada sala se convierten en una pantalla repleta de imágenes y gritos de pánico de personas huyendo en la semioscuridad rodeadas de haces de luz roja, explosiones de todos los colores y sangre, mucha sangre. Un cielo lleno de pequeños artefactos escupiendo rayos de muerte hacia un suelo saturado de cuerpos inertes mezclados con restos de edificios, que son pisoteadas por los que luchan por sobrevivir unos pocos segundos.

Las imágenes desaparecen y el anciano vuelve retomando su discurso casi gritando.
 —Los “R” redujeron la humanidad al límite de la supervivencia, nos dejaron sin el conocimiento y la tecnología, pero no pudieron eliminar nuestra fuerza más importante, nuestro cerebro.
La próxima “R” será la de la REVOLUCIÓN. Salid del silo y predicad la verdad, sin violencia. Usad la fuerza de la palabra, esa será nuestra ventaja. Adiós y suerte.

La imagen del anciano se desvanece. La puerta se abre. Los cuatro amigos se miran y asienten. María, José, Eva y Adán, tienen una misión. Dejan atrás la sala y a los cuatro cuerpos que yacen en el suelo bañados en un líquido azul.


FIN, o mejor… REINICIO

viernes, 14 de diciembre de 2018

FEMBOT 2.0



ADIÓS

El autogiro se dirige hacia el destino programado. Desde el exterior parece una bala surcando el cielo sin dejar rastro.
A pesar de la velocidad el silencio en el interior de la cabina es sepulcral.
Mikel deja de bucear en el pequeño charco que sus lágrimas han creado a sus pies. Seca sus ojos con la manga del jersey y mira a su madre. Ella sigue con la mirada perdida hacía un infinito inexistente en la pared de la nave.
Iván sorbe su nariz con un sonido sordo. Ya no le quedan lágrimas que derramar. Su abuelo era un todo para él: padre, madre, amigo y sobre todo ABUELO. Un hombre sabio, el consejero certero que siempre estaba en el lugar y en el momento preciso.
Huérfano del faro que le guiaba sabe que ha llegado la hora de navegar solo.
—“¡Cómo te voy a echar de menos!” —grita en el interior de su corazón.

El autogiro se detiene en el aire como el perfecto vuelo cernido del ave que sincroniza el ataque a su presa.
El copiloto se levanta del puesto de control y hace una señal. Mikel comprende que ya han llegado a su destino y se libera del arnés de seguridad. Se levanta de su asiento en dirección al que ocupa su madre. Se arrodilla delante de ella y le acaricia el rostro con suavidad.
—Mamá, ya es la hora —susurra Mikel.
Mercedes alza la cabeza, mira a su hijo y a su nieto, con esa mirada del que no sabe que pasa ni dónde está. Iván se acerca a ellos con pasos vacilantes, un poco mareado todavía y ayuda a su padre a liberar a la abuela de los cinturones de seguridad.
Mercedes parece recuperar el control y les muestra lo que lleva acunado en sus brazos.
—El abuelo sería feliz de vernos a los tres juntos en su despedida —dice acongojada.
—Claro que sí mamá —contesta Mikel esforzándose por contener sus emociones.
Las lágrimas vuelven a brotar en los seis ojos a la vez.
Mercedes se levanta y con una ligera cojera se dirige a la pasarela del autogiro para acceder al exterior. Mikel e Iván la sujetan por los brazos con una presión casi inexistente. Ante la puerta de acceso exterior, el copiloto les espera con algo parecido a unas gafas de sol de aviador antiguo y una casaca térmica con arnés que deben ponerse antes de salir. Una vez equipados, el copiloto les coloca los anclajes de sujeción del arnés a la barra de la pasarela y la puerta se abre.
La luz y el viento se unen al momento. El viento les golpea en la cara con la misma fuerza que una brisa marina, esa brisa que trae el olor a mar, la mar de las vacaciones en Asturias, esas que ya nunca serán igual.
Mercedes reúne toda la energía que le queda para levantar la urna y grita al cielo:
—Juanjo, ¿te acuerdas de nuestra promesa?... “Siempre estaremos juntos incluso en el día que nos tengamos que marchar” … El destino no ha querido que cumpliéramos nuestro deseo… y decidió que tu vida tenía que terminar antes de tiempo… —Mercedes esboza una sonrisa forzada mirando a sus seres más queridos. —Hoy tu hijo Mikel, tu nieto Iván y yo te despedimos… y te digo… hasta pronto, te quiero Juanjo.
Los tres al unísono colocan sus manos en la urna, la tapa se abre mientras retiran sus manos. El polvo grisáceo se escapa volando como la alargada sombra que busca refugio entre las nubes.

INTENTO

Una vez han dejado a la abuela en su casa, Mikel e Iván llegan a la suya.
El silencio sigue presente entre padre e hijo después del triste acto.
Es Mikel quién lo rompe en cuanto llegan a la cocina.
—¿Tienes hambre Iván?
Iván se sienta en una de las sillas de la cocina mientras parece concentrado en algo. Tras unos segundos contesta:
—Papá, estoy preocupado por la abuela.
—Yo también Iván —dice Mikel mientras se sienta en la otra silla.
—Pero ¿te diste cuenta de lo que dijo? —Iván insiste.
—¿A qué te refieres? —pregunta el padre.
—Papá, antes de abrir la urna la abuela murmuró “…hasta pronto…” —tartamudea Iván.
—¿Y cuál es el problema? Ella es mayor y sabe que…
Mikel interrumpe la frase, se levanta de la silla y coge las llaves del auto.
—Ven conmigo, vamos a por la abuela —decide Mikel.

La IA avisa a Mercedes.
—Su hijo Mikel y su nieto Iván solicitan entrar.
La abuela se sobresalta y esconde el coctel de fármacos que estaba preparando en el cajón de la mesa de la cocina. Se recompone la bata de andar por casa y se atusa el pelo.
—Déjales entrar —ordena a la IA mientras se acomoda en el sofá del salón y activa su música— ¡Escuchar Tschaikowsky, El Cascanueces!
Iván entra el primero y corre hasta el salón.
—Hola abuela —dice apurado Iván.
Mikel aparece tras Iván con cara de preocupación.
—Hola chicos, ¿ocurre algo? No hace ni una hora que hemos vuelto de…
—No pasa nada mamá —replica Mikel— la verdad es que hemos llegado a casa y no queríamos comer solos, ¿nos invitas? —miente indeciso.
—Claro que si chicos. ¡Fuera música! —ordena Mercedes mientras se levanta para dirigirse a la cocina.
Mikel e Iván la acompañan un par de pasos por detrás.
—Abuela, ¿tienes macarrones? —comenta Iván relamiéndose.
—Sí, ¿tú también quieres Mikel? —propone Mercedes sin querer mirarle a la cara.
—Gracias mamá —susurra Mikel.
Mercedes teclea en la pared de la despensa y en pocos segundos aparecen tres humeantes platos de macarrones carbonara en la bandeja de salida.
Iván abre el cajón de la mesa para coger los cubiertos y no llega a cogerlos. Mira a su padre con la boca abierta mientras Mercedes corre llorando hacia el salón.

SOLUCIÓN

—Mamá ya lo hemos hablado, necesitas ayuda para superar tu depresión.
Mercedes no responde, mientras Mikel ordena la dirección de destino a su vehículo.
—BOTCORP, Torre Asimov. Despacho Reventlov
El auto inicia la marcha incorporándose a la carretera de acceso al aeropuerto en busca de su destino.
—Te sugerí que contratáramos una persona para que estuviera contigo las veinticuatro horas del día. Me dijiste que no querías convivir con nadie —asevera Mikel retirando la vista de la pantalla.

Mientras atraviesan la radial exterior a Nueva Madrid, Mercedes sigue sin hablar. Su rostro tiene unas ojeras muy marcadas y los labios apretados.
—Mamá, por favor. Es la mejor solución. Tendrás compañía y ayuda. No es un vigilante, es un cuidador —asegura Mikel.
Durante quince largos minutos el silencio fue el tercer ocupante del auto.
Mikel rompe el incómodo silencio y mira a su madre a los ojos.
—Es por tu bien.
Mercedes no contesta mientras acceden al túnel de acceso del complejo empresarial BOTCORP.

Señora Duque… doña Mercedes, —la mirada de Mikel ha sido suficiente para que el comercial rectificara— puede elegir entre androide o ginoide.
—¿Cuál es la diferencia? —pregunta Mercedes.
—Las dos opciones son robots humanoides. Ginoide o fembot se refiere a la apariencia femenina y androide a la masculina, —comenta el asesor a la vez que activa una holopantalla delante de la mesa que ocupan —como observa en las imágenes la diferencia es morfológica, por lo demás son programables según las características y requisitos que se demanden. Doña Mercedes ¿qué es lo que precisa? —dice el asesor mientras consulta el formulario que cumplimentó Mikel.
—No sé… —contesta dubitativa Mercedes.
El asesor no le permite continuar alertado por una ligera tos de Mikel.
—Disculpen debería haber leído antes el formulario. Tenemos muy claro que es lo que precisan, aun así, doña Mercedes, debe elegir la apariencia del bot.
—Gi… Fembot. Decide Mercedes.
—Estupendo doña Mercedes —Pelotea el asesor. —Están de moda las fembot con aspecto asiático. Los psicólogos consideran que transmite más tranquilidad y equilibrio…
Interviene Mikel ante el desconcierto patente en el rostro de su madre.
—Sí, asiática es buena idea. Por favor continúe. —Presiona Mikel.
La verdad es que Mikel no tiene ninguna preferencia, sabe que su madre lo está pasando mal y desea terminar cuanto antes.
—Además esta serie dispone de una programación especial para el cuidado de personas…
Mikel vuelve a toser y el asesor entiende el mensaje.
—Para finalizar solo necesito que me diga el nombre al que ella responderá.
Mercedes piensa unos segundos y se decide:
—Anita.

ENTREGA Y PUESTA A PUNTO

El personal de BOTCORP deposita el cuerpo inerte de la fembot en el sofá del salón.
Mikel y Mercedes la observan mientras los operarios la manipulan. La apariencia humana es perfecta, indistinguible de cualquier otra persona. Parece dormida con aspecto de tranquilidad total.
Uno de los operarios, un tal Antonio, despide a los otros dos y se queda al mando de una pequeña pantalla. Muy serio teclea y queda a la espera de respuesta. Unos pocos segundos después nos mira con una sonrisa. Parece que todo ha ido bien.
—Doña Mercedes, desde está tableta —el técnico muestra la pequeña herramienta a Mercedes —podrá acceder a… —consulta en ella —Anita. Podrá activarla, ponerla en posición carga, desactivarla, reprogramarla…
Mikel interviene.
—No se preocupe Antonio, la queremos en posición automática, de forma que la recarga se haga cuando sea necesario y nunca haya una desconexión total.
—Perfecto señor. Una vez aplicado ese formato solo podrá cambiarse a través del código de acceso original del que ustedes disponen en el contrato suscrito con mi empresa. Si están conformes procedo a la activación del modo AUTO.
Mercedes observa a Mikel y él es quién habla.
—Adelante.
—Bien —dice el técnico manipulando la tableta —en estos momentos se está completando el primer ciclo de carga para su funcionamiento, este proceso se repetirá cuando su carga llegue al mínimo del doce por ciento, dicha carga se ejecutará a través de cualquier punto inalámbrico de acceso de red. No se preocupen por la seguridad, el sistema utilizado por el enrutador de… —vuelve a mirar la tableta —Anita para la conexión, tanto de carga como de volcado de datos, está basado en la criptografía de la identidad, un tipo de criptografía asimétrica que convierte al dispositivo en único y no crackeable… Por cierto, si no modifican la configuración, la carga se efectuará con el equi… con Anita en marcha, sin desconexión y con sus facultades en pleno funcionamiento.
—Perfecto, —interrumpe Mikel —entendemos que una vez disponga de la carga total se activará y actuará según lo programado, ¿correcto?
—Si señor. Aproximadamente en dos horas se levantará del sofá, como si despertara de una siesta, les reconocerá e interactuará con ustedes como un miembro de la familia más.

ANITA

Y allí están Mikel y Mercedes, sentados en el sofá de enfrente del otro sofá donde está sentada Anita.
Mikel observa con atención a Dolores. Sus ojos cerrados con los párpados vibrando ligeramente, cejas poco pobladas, cutis liso y juvenil, pelo negro recogido con una coleta, labios rosados y finos que parecen sonreír. Sus manos, delicadas de dedos largos reposan en su regazo. Debajo de su vestido-pantalón se pueden apreciar sus brazos delgados y piernas estilizadas. Los pies están protegidos por unas botas negras que aparentan ser látex. Si fuera una mujer diría que está al límite de la delgadez, aun así, su cuerpo parece fibrado sugiriendo fuerza y potencia.

En un despiste de Mikel y Mercedes, Anita abre los ojos, parpadea repetidas veces y en silencio fija la mirada en Mercedes y luego en Mikel.
—Buenas tardes Mercedes. Hola Mikel.
Los dos dejan de hablar y giran la cabeza hacía la fembot y esos ojos grises y luminosos les absorben.
Mikel consigue articular algunas palabras.
—Ho-hola… Anita.
Mercedes no consigue cerrar su boca.
Anita desliza sus manos hasta las rodillas y con un impulso se incorpora del sofá.
—Mercedes, estoy a su disposición para lo que precise. Mi programación contiene los horarios y costumbres de las que ustedes informaron a BOTCORP. —Su voz es suave, amigable, clara y armoniosa. —Seguiré esas instrucciones y todas las que me den.
La IA de la casa interrumpe la conversación.
—Mercedes, Iván está en la puerta.
Por fin Mercedes reacciona.
—Déjale entrar.
Iván entra en la casa como si estuviera compitiendo en una carrera de cien metros lisos.
Cuando llega al salón frena casi derrapando.
—¡Uala! ¡qué guapa!
Mikel y Mercedes sonríen mirando a una inexpresiva Anita.

CONFESIONES

La visita a Mercedes se ha alargado más de lo esperado. La cena se ha terminado y Anita se dispone a recoger la mesa. Mikel se ofrece a ayudar. Iván hace ademán de levantarse y su padre niega con la cabeza.
—Iván, no hace falta que nos ayudes. Quédate con la abuela charlando mientras recogemos.
Mikel recoge la botella de agua y los tres vasos. Observa a Anita y su habilidad para llevar los platos, los cubiertos, el zumo, las servilletas, los manteles y las pastillas de su madre, todo a la vez.
—“¡Qué habilidad tiene Anita! A pesar de la carga su movimiento es ágil y firme”. —Piensa Mikel.
Anita entra en la cocina. Deja la carga encima de la mesa y se gira para recibir la de Mikel.
—No te preocupes ya la llevo yo —responde Mikel.
Anita pretende volver al salón, pero Mikel se lo impide.
—Espera unos segundos Anita.
Inexpresiva, Anita mira a Mikel.
—¿Necesitas mi ayuda Mikel? —comenta Anita.
—Necesito explicarte algo muy importante y necesito toda tu atención y compromiso. Sé que, en tu programación como en la de todos los bots, priman tres asuntos fundamentales: proteger a los humanos, obedecer sus órdenes y protegerte a ti misma.
—Así es Mikel.
—Bien Anita. ¿Si las órdenes que te dé un humano pretenden hacer daño a otra persona o a ella misma…?
Ni siquiera me deja terminar.
—Imposible procesar esas órdenes y por tanto no las puedo cumplir. Conozco el motivo principal por lo que estoy aquí. Dispongo de sensores que me permiten monitorizar las constantes vitales de las personas a distancia e interpretar las modificaciones que sufran. No permitiré que tu madre sufra ningún daño ni se lo autoinflija.
La programación de Anita incluye todas las respuestas e indicaciones que di en el cuestionario y en la entrevista personal con la psicóloga de BOTCORP, la doctora Calvin.
Es muy extraña la sensación de tranquilidad y paz que emana Anita. No recuerdo haber estado tan bien en las últimas horas como en la cena.
—Mucha gracias, Anita. Iván y yo nos quedamos más tranquilos. Puedes marcharte.
Mikel observa como sale de la cocina y juraría que ha sonreído.
—No es posible —Niega con la cabeza, mientras se sonríe de su ocurrencia. 

A SOLAS

Mercedes y Anita despiden a Mikel y a Iván en la puerta de la casa. El auto se aleja en silencio ganando velocidad hasta desparecer por la esquina de la calle.

La fembot cede el paso a Mercedes al interior de la vivienda. Una vez dentro, Mercedes cambia su semblante y pierde la sonrisa. Vuelven los labios apretados, la mirada perdida y los pensamientos sin futuro.
—Me voy a dormir, estoy cansada —murmura.
Mercedes no tiene más ganas de hablar, solo de descansar.
—Te acompaño y te ayudo Mercedes —contesta Anita.
Su voz ha sonado menos aséptica que de costumbre, ha sido contundente y a la vez sedante.
Se acuesta bajo la supervisión de una Anita que la observa en silencio.
A Mercedes le parece extraño que tras un día como este sea capaz de descansar, de poder dormir sin darle vueltas a la cabeza, de… los ojos ya no se le abren y la mente reposa.

Hace tiempo que no utiliza despertador, su reloj natural la despierta todos los días a las siete de la mañana. Pero hoy ha sido distinto, el despertar se ha acompañado a un olor peculiar: a tostadas recién hechas.
Mercedes se levanta. Va al baño. Al salir de él coge su bata y se dirige a la cocina, siguiendo el agradable efluvio del pan tostado y el sonido de su música preferida: Música de las Esferas de Mike Oldfield.
—Buenos días Mercedes, te he preparado el desayuno —dice Anita sin emoción.
—Hola Anita… ¿cómo has sabido que me estaba levantando y el desayuno que tomo? —dice una más que desconcertada Mercedes.
—El formulario que cumplimentasteis me ayuda a saber cosas sobre ti y tus hábitos sobre todo al principio. Después iré asimilando lo que ocurre día a día.
Mercedes se acomoda en la silla y la empuja hacia la mesa. Ahora, ya no solo el paladar se le hace agua, la vista lo incrementa a toda la boca: dos tostadas, mermelada de melocotón, mantequilla y zumo de naranja.
Anita se retira ligeramente dándole espacio a Mercedes.
Mientras desayuna, Mercedes tiene la sensación de que la bot ha sonreído.
—“No puede ser” —piensa mientras niega con la cabeza.

Quince agradables minutos se han terminado, los recuerdos del día anterior han vuelto llenar su mente. Ya no queda espacio para vivir la vida. Se lamenta que Juanjo ya no esté con ella, que no puedan seguir con sus planes, las vacaciones en la playa, el viaje soñado en el ascensor espacial…
—Mercedes ¿qué te apetece hacer hoy?
Mercedes alza la mirada del plato a la cara de Anita. Ha ocurrido algo muy extraño, ha pasado de querer morirse a sentir una ligera euforia. Ha dejado la tristeza a un lado para sentir ganas de vivir. Las tripas se remueven con sonoridad. Recuerda los paseos bajo la lluvia recibiendo el agua en su cara y oliendo la tierra mojada. Sola en la senda del campo, cerca de la casa de sus padres en Asturias. Observando a las ardillas que trepan nerviosas hacia sus agujeros para resguardarse de las primeras gotas. El verde en toda su extensión cromática, el de las hojas de los árboles, el de la hierba, el del moho de las rocas, el del agua estancada en el pequeño riachuelo… El conejo que la mira, moviendo su nariz con curiosidad antes de salir zumbando hacia uno de los numerosos agujeros que tiene cavados alrededor de la roca.

El flash desaparece. Se sorprende de no haber derramado las lágrimas que empezaban a asomar en sus ojos hace unos segundos. Ha oído la voz de Anita y todo ha cambiado.
—¿Q-qué? ¿cómo? —logra articular.

Ahora sí, Mercedes ve sonreír a Anita.