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domingo, 4 de octubre de 2026

ESTÍMULOS EXTERNOS



La aspereza del café en la garganta no ayuda. Su amargura acaba de llevarse consigo la poca concentración que me quedaba. La novela no avanza. Los personajes no fluyen por mi mente como tantas otras veces. Mi mano, sin recibir una orden expresa de mi cerebro, baja lentamente la pantalla del portátil.

La creatividad se ha desplazado hasta las puertas del bloqueo. Empujo. No ceden.

Busco pestillos, cerraduras, manetas, pomos... Cualquier cosa que pueda abrirse. Busco una salida y miro a izquierda y derecha. Volver atrás tampoco es una opción: la senda ha desaparecido.

Entonces, un destello se materializa a un lado. Una grieta repentina. Un portal mágico. Una abertura luminosa hacia otros mundos.

No tengo idea de cómo ha ocurrido, pero me encuentro abriendo la puerta de mi casa. La luz del sol me abraza y me arranca una sonrisa. Entorno los ojos mientras intento comprender de dónde ha salido aquella absurda fantasía.

Vuelvo a estar ausente.

Y mi ausencia me ha llevado hasta una parada de autobús.

Mis ojos se detienen en las personas que esperan llegar a su destino. Algunas parecen ansiosas. No se sientan en el banco; caminan en círculos, encerradas en su propia prisión mental.

Cinco pasos a la izquierda.

Giro.

Cinco pasos a la derecha.

Giro.

Una y otra vez.

Entonces reparo en uno de ellos. Un hombre de unos treinta años, de hermoso cabello rizado, castaño claro, que le cae sobre los ojos. Unos ojos grandes, de una mirada tan despierta e inteligente que parecen saber más de lo que deberían.

Se mueve con pasos cortos, ágiles y seguros. Como un mulo acostumbrado a recorrer terrenos montañosos: firme, precavido, imposible de hacer tropezar.

Viste una sencilla camiseta de flores, ligeramente ceñida a su cuerpo, que deja entrever una figura esbelta y unos brazos potentes. Brazos capaces de empuñar una espada con la mano derecha y otra con la izquierda...

—Alto. ¿Qué está pasando?

La camiseta comienza a transformarse.

Ante mis ojos, la tela desaparece bajo una brillante y recargada armadura de acero pulido, adornada con miles de rosas esculpidas en oro y engarzadas con piedras preciosas.

Es él.

El arrogante y célebre vencedor de las justas. El carismático y, demasiadas veces, imprudente buscador de gloria. El temerario en el campo de batalla, pero cortés con sus enemigos. El irresistible casanova que hace suspirar a las mujeres.

Es él.

Ser Loras Tyrell.

Al fondo, cinco policías a caballo se acercan por la avenida. Se dirigen hacia el Retiro para patrullar.

¿A patrullar?

No.

Son miembros de la Guardia Real.

Sus compañeros.

El comandante Jaime Lannister, el Matarreyes.

Ser Meryn Trant, el sumiso.

Ser Boros Blount, Boros el Panzón.

El caballero errante Ser Osmund.

Y el honorable, valiente y hábil Ser Balon Swann.

Abro los ojos.

—Pero... ¿qué magia es esta?

Los vuelvo a cerrar.

Y el Retiro desaparece.

En su lugar surge el camino hacia Rocadragón. El aire huele a sal y a humo. A lo lejos, el mar golpea con furia contra los acantilados. Allí se dirigen los seis integrantes de la Guardia Real, preparados para comandar el asedio contra los Hombres de Hierro y liberar la flota real.

Vuelvo a abrir los ojos.

Pero esta vez soy yo quien escapa de la prisión mental.

Salto muros.

Esquivo flechas y lanzas.

Ignoro los gritos que intentan arrastrarme de nuevo hacia la realidad, hacia el ruido, hacia la distracción que amenaza con disolver mi concentración.

Pero esta vez no lo conseguirán.

La novela ha tomado forma.

El manantial ha empezado a crecer y ya no es un simple hilo de agua. Ahora es un río. Ancho, denso, impetuoso. Una corriente vigorosa que avanza sin vacilar porque conoce perfectamente su destino.

Llego a casa.

Abro el portátil.

Y escribo.