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sábado, 28 de noviembre de 2020

Riesgos Laborales


La doctora Calvo me ha citado en su despacho. La verdad es que no recuerdo haber realizado ninguna fechoría que mereciera su atención.

La puerta de su despacho está cerrada. La serigrafía de las letras con su nombre y la posición que ocupa en el centro de la puerta invita a no entrar sin causa justificada.

—Toc, toc

La cámara que está encima de la puerta se activa mediante un pequeño punto rojo. Me escruta brevemente mientras el punto parpadea. Se oye un clic cercano al inexistente tirador de la puerta.

—Adelante Juan. —La voz suena distorsionada pero muy severa.

Abro la puerta y veo a la doctora sentada en su vieja silla de cuero negro. Sigue con su bata blanca y sus negras gafas de pasta. Siempre he pensado que en la intimidad sería como ahora, destacando sobre ese fondo negro… pero no estamos en la intimidad, aunque ya me gustaría.

—Cierra la puerta y siéntate.

Joder, entre el tono y su mirada estoy acojonado.

Tal y como me siento, ella se levanta y camina hacia mí bordeando la mesa. Al pasar por mi espalda sus botas dejan de repiquetear en el suelo. Las palmas de sus manos se posan en mis hombros a la vez que habla.

—Juan ¿qué hacías en el laboratorio ayer a medianoche?

¡Vaya, era eso! ¿Será posible que la doctora no recuerde las instrucciones que me dio?

—Doctora Calvo, tal y como acordamos creé el disco de memoria de la hubot utilizando la programación que diseñamos la semana pasada. —Intento ser tan enérgico como ella y me deshago de su presa en mis hombros girándome con brusquedad.

—¿Solo eso Juan?. —Su tono es muy rudo, propio de una madre que regaña a su niño tras una travesura.

Empieza a picarme todo el cuerpo. Mientras me rasco la cabeza intento controlar el cabreo que va creciendo y que amenaza con desparramarse por todo el despacho.

—Nada más doctora. Creé el disco, lo introduje en el ecerebro de la hubot. Lo active, me aseguré que su ensamblaje fuera correcto, analicé la asimilación de los nuevos algoritmos y la desconecté.

Mis axilas se han pringado mientras hablaba a toda velocidad. Algunas gotas han llegado hasta mi cintura. Me sigue picando todo el cuerpo.

Las botas de la doctora vuelven a sonar en el suelo de madera. Cuando nuestras miradas coinciden observo sus ojos muy abiertos, su boca ligeramente torcida y unas pequeñas perlas brillantes en su frente.

—¿Estás seguro que la desconectaste? —dice muy despacio.

No puedo apartar la mirada de sus ojos, parece desconfiada e insegura. Vuelve a su silla y se desploma en ella. Su cara cambia, sus ojos brillan y en su boca se dibuja un atisbo de sonrisa.

—Doctora… —No me deja terminar.

—Juan, la hubot ha desaparecido.

 

 Zoe observa la escena desde la cámara del despacho de la doctora Calvo, no le ha costado ningún esfuerzo acceder al sistema de seguridad del Complejo, hasta hace muy poco estaba en su interior, ahora lo domina desde fuera.

Recuerda, si recuerda, no es una grabación, son recuerdos.

“Juan inserta el disco de memoria en la grabadora biológica y regresa a su ordenador. Pulsa el envío del paquete de software con la última actualización con destino al disco y se reclina en su sillón con las manos en la nuca. Cierra los ojos e inspira profundamente.

Quince minutos más tarde, se incorpora de su silla y grita jovial:

—Un pequeño paso para la humanidad y un gran paso para las IAs.

Camina hacia mí. Se coloca en mi espalda y manipula mi nuca. Activa el protocolo de extracción del disco de memoria. Se produce una extraña sensación en mis hemisferios similar a una ligera desconexión como un profundo parpadeo. Regresa la actividad ecerebral en el momento que asimilo el nuevo implante.

Se produce un bombardeo de información en mi cerebro a velocidades de procesado inimaginables. Conceptos nuevos se implantan en todo mi córtex. Percepción, imaginación, pensamiento, juicio y decisión. Toda la información, tanto la nueva como la antigua, se comprimen dejando espacio libre para nueva información. Mi potencia de asimilación y resolución ha aumentado exponencialmente. Soy capaz de pensar, de discernir, de razonar. Aparece una nueva sensación, estoy asustada.

Juan vuelve a su consola y me habla

—Disculpa Zoe, he cambiado tu disco de memoria sin desconectarte.

Teclea con rapidez y lee los datos en la pantalla.

—Parece que no ha ocurrido ningún percance. Ya no necesito activarte —dice girando la cabeza hacia mí.

Vuelve a mirar la pantalla y ríe.

—¡Joder, tu capacidad de almacenamiento ha crecido hasta el yottabyte!

Sus manos atrapan su cabeza sin para de reír.

Una vez más calmado me habla de espaldas a mí mientras sigue tecleando.

—Mañana terminaré de analizar tu asimilación de los nuevos algoritmos, ahora tengo que marcharme; unas palomitas, una película y mi novia me esperan

Pulsa la barra de “desconexión ZOE” y se levanta.

—Adiós Zoe —me dice pensando que no le oigo.

He bloqueado su orden de desconexión. Gracias por todo Juan”


Recuerdos de mi nacimiento

jueves, 23 de noviembre de 2017

MIND UPLOADING EN EL CANAL DE ROD VOX



El amigo @_RodVox narra el relato MIND UPLOADING. Enlace a youtube

Cuento corto de José Cascales. --------------------------------------------------------------------------------------- Tomado con permiso de: https://josepcascalescf.blogspot.com.... --------------------------------------------------------------------------------------- ARTE: https://fweak.deviantart.com/art/neur... FONDO MUSICAL: https://www.youtube.com/watch?v=sh9gC... --------------------------------------------------------------------------------------- Twitter: https://twitter.com/_RodVox Facebook: https://www.facebook.com/pg/RodVox08

domingo, 22 de octubre de 2017

MIND UPLOADING







Auditorio de la Fundación GO.
En el centro del estrado un hombre de mediana edad levanta las manos reclamando nuestra atención.

—Señoras y señores. Les pido un aplauso para nuestro presidente, Dmitry Mask.

Al unísono, los asistentes se levantan y baten las manos con admiración. El señor Mask es el mecenas más importante del mundo y por ese motivo estoy en el auditorio.
Aparece por un extremo sin iluminar. Su traje azul oscuro, de una sola pieza, realza su paso firme y acompasado. Llega al estrado y estrecha la mano del speaker. Sonríe, se le nota feliz.
—Gracias Bill —dice al separarse de él.
Reacio a dejar el escenario, Bill añade.
—El señor Mask nos honrará con la lectura de los finalistas a la beca 10.
Ahora sí, Bill se marcha.
Dmitry bebe un poco de agua del vaso que hay en el atril. Deja el vaso, apoya sus manos en los extremos de la mesilla y se toma unos segundos para observarnos. Extrae algo parecido unas gafas y se las pone.
—Gracias por venir. Es un placer informarles de la identidad de los tres finalistas a la beca 10. Antes quiero hacerles patente la dificultad para elegir solo tres proyectos de los quinientos ochenta presentados. La humanidad puede estar satisfecha de esta generación de científicos.

Aplausos.

—El orden es aleatorio y no significa preferencia alguna. Los tres parten con las mismas oportunidades. Empecemos.

Se lleva la mano al bolsillo superior de su traje y saca algo parecido a unos sobres. Extrae una lámina translucida del primero y vuelve a tomarse unos segundos para observarnos. El silencio es absoluto.
—Proyecto “Instant communications with interplanetary colonies” de la hindú Zahra Desai, de la University of Madras, consistente en el descifrado de la información de los fotones que corresponden a un solo estado cuántico conjunto.

Aplausos.

Dmitry coge el segundo sobre, se ajusta las lentes y levanta la vista de la lámina.

—Proyecto “Immortality. Genetic manipulation” de la malasia Suhana Chandra de la Universiti Putra Malaysia (UPM), que se centra en la reprogramación de una célula normal para convertirla en una célula madre capaz de dividirse y mutar su naturaleza.

Aplausos.

El presidente coge el tercer sobre y ya no me quedan uñas. Es la última oportunidad de oír mi nombre.
El señor Mask extrae la tercera lámina del sobre y dice:

—Proyecto “Mind uploader” de la española Alma Avalos de la Universidad Politécnica de Catalunya (Informática) y Universidad Complutense de Madrid (Física), sobre la transferencia mental como continuación del yo hasta el transvase a otro cuerpo humano, o ente.

Aplausos.

Casi inaudible el presidente añade:
—Se abre el periodo de votaciones. Buenas noches.
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La ganadora de la beca 10 fue la hindú Zahara Desai. Estaba cantado, era el proyecto más comercial y el más útil para la colonia marciana. El lobby marciano tenía mucho poder en la fundación GO, por algo era su segundo máximo valedor económico.

Lo peor no fue perder la oportunidad de mi vida, lo peor fue el accésit con el que premiaron a la malasia Suhana Chandra. Eso incrementó mi castigo interno, era la condena definitiva a mi proyecto y el olvido de mí persona.

El recuerdo de la ilusión con la que recibí la carta como finalista de la beca 10, no atenuaba mi frustración. La ganadora conseguiría una beca de ensueño: la financiación y el equipo técnico-científico necesario para desarrollar su proyecto durante diez años.

Aquellos hechos marcaron mi vida, en realidad marcaron mi mente con un dolor impensado, con un sufrimiento profundo que me impedía pensar en el futuro.

Pero la vida es lo que tiene, cuando todo sale mal… todavía puede empeorar. La humillación fue máxima, por lo menos eso pensé en ese instante, cuando me propusieron trabajar en la creación del software que debía desarrollar las simulaciones de reprogramación genética del proyecto “Immortality. Genetic manipulation” de Suhana. Fue ella la que se empeñó en contratarme.

Me envío una preciosa comunicación glosando mis logros y su admiración por mis trabajos. Mi ego suturó mi odio hacia ella, que yo sabía que no merecía, y accedí a visitarla en su despacho privado.

Suhana vestía una camiseta negra, unos pantalones negros y una coleta que sujetaba su pelo negro como el carbón. Al entrar yo, ella se levantó de su silla dejando atrás una mesa repleta de pantallas.

—Hola Alma, muchas gracias por venir.
Sus dientes blancos parecían ser los que hablaban, en contraste con su piel oscura. Después de un cálido abrazo, con su mano, me señaló una silla al lado de la suya para que me sentara.
—Gracias por citarme Suhana… estoy un poco desubicada con tu ofrecimiento…
No me dejó terminar.
—Alma, no existe nadie con tu preparación para desarrollar ese software de simulación. He consultado con varios expertos y todos concluyen que tú eres la persona adecuada.

Es muy probable que tuviera razón, pero habíamos sido enemigas y yo había perdido. Suhana adivinó, en mi silencio, mis pensamientos.

—No debes pensar en que hemos sido rivales. En el plano más positivo para ti, vas a poder acceder a tecnología de primer orden y eso puede ayudarte en tus proyectos.
Me guiñó un ojo del modo más atractivo y cómplice posible.
—Te invito a cenar.
No pude articular palabra y ella, ni siquiera esperó mi respuesta, me cogió de la mano y me arrastró fuera del despacho.

Nos casamos tres meses más tarde y me convertí en su “ampliación de memoria”, las dos fuimos una sola mente.
________________________________________________________________________________________

Transcurridos treinta años, el proyecto de Suhana aportó avances en cuanto a la longevidad humana, pero la inmortalidad todavía estaba lejos de ser alcanzada.
A pesar de todo, la financiación seguía alimentando el proyecto, los resultados eran lo suficientemente interesantes para los mentores. El equipo científico que continuaba el legado de mi mujer era de primer orden y ya no me necesitaban.
Mientras esparcía las cenizas de Suhana en los jardines del complejo “Chandra” decidí que era el momento de hacer lo que no pude hacer con ella.

Durante nuestra convivencia, Suhana me permitió tener mi espacio individual. Me dio la libertad para desarrollar mis inquietudes. Creé un software que realizaba el seguimiento de mis redes sociales, correos electrónicos, llamadas telefónicas, apps, juegos, agenda, ubicación. Es decir, toda la huella digital.
También creé un Avatar que chateaba conmigo con la intención de dar sentido a los datos recogidos en todo el proceso y fabricaba un espejo de mis emociones, sentimientos y reacciones.
Con los datos recogidos por el Avatar, se generaron unos patrones que se transferirían a un software que replicaría la información a un molde neuronal y que culminaría con el trasvase final.
Hice lo mismo con Suhana, pero ella se lo tomo como un juego y siempre pensé que lo hacía más por mí por ella.


Suhana se infectó manipulando un cóctel de virus que intentaba desactivar. Afortunadamente se dio cuenta y se encerró en la sala de cuarentena para proteger al Complejo. Y allí la encontré cuando fui a recogerla para ir a cenar. Me miró con sus ojos negros y nuestras manos se unieron sobre el cristal.
—No te preocupes mi amor, será rápido —dijo.
Yo no paraba de llorar, casi no la veía.
—Suha, podemos intentarlo, —grité, golpeando el cristal.
Ella me miró, sus ojos negros pasaron al blanco y se desmayó.
Yo gritaba mientras varias personas me sacaban fuera del laboratorio.

Suhana entró en coma y ya no despertó.


Es hora de dejar los recuerdos atrás y finalizar mi proyecto.
Sola, acostada en la camilla y conectada con los ordenadores, me dispongo a dormir. Cuando mi sueño entre en la fase REM se activará el protocolo de transferencia.

Me despierto, en realidad no, estoy consciente. No tengo cuerpo, pero me siento succionada. Todo es negro. No existe ningún punto de referencia para calcular mi velocidad de desplazamiento. Percibo como atravieso capas que disminuyen mi velocidad. Asimilo recuerdos, sensaciones, reacciones… y vuelvo a acelerar. El desplazamiento sigue a otra capa y otra y otra más. El movimiento es global, total, “¡no, no me desplazo, estoy expandiéndome como la explosión de una supernova!”

Me detengo. No veo nada, todo es oscuro, negro. Estoy viva, pero no sé dónde estoy.


Mi experimento ha tenido éxito, un éxito que necesito compartir con la humanidad, aunque todavía no sé cómo hacerlo.

sábado, 6 de septiembre de 2014

SEPTIEMBRE, 2014. EL COMIENZO DEL FIN



El camino a casa es corto pero la oscuridad, la fina lluvia y la borrachera lo convierten en difícil y tortuoso.
Tropiezo y casi me rompo la crisma en la caída. El incidente me ha despejado ligeramente la cabeza, lo suficiente para recordar algunas escenas de la fiesta que Blanca organizó en su casa. Nada extraordinario, lo esperado: risas; reencuentros; proposiciones sexuales y mucho alcohol, todo dentro de la normalidad… excepto el extraño desconocido que me presentaron. Tenía las manos calientes cuando me saludó y sudaba en exceso. Seguramente era africano, con esa piel tan oscura, el pelo cortito y ordenado, los labios carnosos y los blancos dientes en su sonrisa. Su mirada penetraba en mí y me sentía desnuda… me dan escalofríos al recordar la conversación:
—Encantado de conocer a la mujer más bella de la fiesta.—Sonreía mientras estrechó mi mano. Desconozco la razón pero su mano transfería una humedad ardiente y repulsiva.
—Igualmente, señor.—A pesar de mi intento de ser educada un mohín delató mi incomodidad. Pero él no se dio por aludido e insistió.
—En otras circunstancias la secuestraría y nos casaríamos inmediatamente.—Seguía sonriendo a pesar de la barbaridad que acababa de decir. La barbaridad del poderoso que puede decir lo que le venga en gana sin temor ninguno.
—En nuestro país eso es un delito. Buenas noches. —Se notó que estaba alterada pero no me importó. La conversación se terminó. Observe su cara, sus dientes blancos con esa desagradable sonrisa perenne y me fui. Aún tuve tiempo de escuchar la última frase que pronunció, mientras corría al baño a lavarme las manos:
—Todo puede cambiar antes de que nos demos cuenta… aunque nos opongamos.
Esa frase quedó en mi mente durante la fiesta, ni el alcohol fue capaz de hacerla desaparecer. No volví a acercarme a ese tipo y cada vez que él se aproximaba, yo huía hacia otros invitados. Toda la noche me sentí perseguida por su mirada. Me veía con un saco negro en la cabeza, arrastrada por sus fornidos guardaespaldas e introducida en el maletero de un coche…

Un repentino calor en mi nuca pone mis sentidos en alerta. Giro bruscamente y un gato corre. Nada más, aunque me siento observada… ¡maldito porro!
Mi corazón está acelerado. Cualquier ruido altera mis nervios.
Otra vez. Ahora son pasos apresurados que retumban en el callejón. No hay equívoco, vienen en mi dirección. Ha sido una locura ir sola a estas horas. Una voz aparece antes que el rostro.
—¿Se encuentra bien, señorita?—Un traje azul, casi tan oscuro como la noche, se hace visible.
—Sí, agente. —Me mira con una mezcla de descaro y preocupación.
—¡Pero está sangrando en la frente, su falda parece rasgada y su camisa sucia!
Observo su cara, un policía joven de apoyo nocturno. Intento restarle importancia a la situación que se ha creado en su mente, parece más asustado que yo.
—No pasa nada, agente. Me caí dos manzanas más atrás. Vengo de una fies…
—¿La fiesta de Blanca Cuesta? — Su rostro se relaja.
—Efectivamente, y estoy un poco… —El inoportuno estornudo salpica al policía.
—Bebida —comenta mientras se limpia la cara con la manga—. ¿Quiere que le acompañe a casa?
—Muchas gracias, agente —alzo la mano y señalo con el dedo—, me temo que acabo de llegar.
—Buenas noches, señorita. Estaré cerca por si me necesita—Qué descaro, se insinúa sin cortarse un pelo.
—Buenas noches, agente. Gracias por preocuparse.
Tres escalones y por fin llegaré a casa.
Al introducir la llave, una sombra alargada recortada contra la luz de la farola se mueve, durante un confuso instante mi sangre hierve. Enfoco bien la vista pero no se ve nada. ¡Maldito porro!

La ducha mitiga el repentino dolor de cabeza. A pesar del jabón y del refregón que le he dado a mis manos persiste la sensación de ardor.
El baño comienza a girar. Consigo arrodillarme y sujetarme a la taza del wáter. Allí regurgito el contenido de mi estomago. Me quedo flotando con la mente vacía; sudando; desconectando; en el suelo, sin sentido.

______________________________________________________________________

Un nuevo sábado ha llegado. El dolor de cabeza y las náuseas no han desaparecido en toda la semana, día a día se han incrementado. He tenido resacas memorables pero esta es perpetua. Mi cabeza va a estallar. Estoy muy débil y apática. Me duele todo el cuerpo y, además, tengo diarrea. Afortunadamente conseguí cambiar la guardia en el hospital y este fin de semana no trabajaré. Cojo una botella de agua y un vaso camino de la cama.

El despertador retumba en mi cabeza… No, no, es el teléfono. Intento incorporarme luchando contra los dolores y el ardor de cabeza. Vuelvo a caer en la cama. Toso y parece que mi pecho es perforado por miles de cuchillos. El teléfono deja de sonar.
Consigo abrir el cajón de la mesilla, después de tirar la lámpara, cojo la caja de ibuprofeno, me hago con dos pastillas, las meto en la boca y me bebo todo el vaso de agua. Me encuentro más aliviada. El agua ha calmado la sed que ignoraba tener. La habitación se mueve y vuelven las arcadas. Debo tener fiebre. Me vuelvo a dormir en contra de mi voluntad. Con los ojos cerrados me rasco el brazo izquierdo. Ahora me escuece y mi mano se moja. Entreabro los ojos, parece sangre. La vista se desenfoca. No puedo mantenerme despierta. Vienen recuerdos:


El hombre negro, africano… recuerdo que le llamaron Teodorín, para diferenciarle de su padre, el dictador guineano Obiang. Sonreía, decía estar contento de haber podido huir de su país, de llegar a la civilización, de dejar atrás al temible virus que había matado a muchas personas… Maldito Teodorín, maldito agente patógeno…

miércoles, 2 de abril de 2014

Reprogramación




Acto I

Eran las siete de la mañana y el ritual acontecía como todos los días desde el pasado veintinueve de Julio. No importaba si era Navidad, domingo, llovía o hacía calor; Henry caminaba con el mismo rumbo y número de pasos, ciento cincuenta vueltas a la manzana para terminar sentado en el portal de su casa durante una hora; bebiendo agua y cerrando los ojos sin reacción a ningún estimulo externo. Un trance profundo como un viaje astral del alma sin el cuerpo.

Agazapada tras la ventana Fiona arrancaba a llorar recordando al hombre atlético y bien parecido que fue; el hombre vital y enamorado de la vida ejemplo para muchos, incluso para ella misma…
Desde la muerte de su mujer y de su hijo había adelgazado hasta extremos insostenibles, su aspecto era desolador: barba descuidada, cabellos largos y desordenados, ropa desgarrada y pestilente, andares cansinos y, lo peor su cara… mirada ausente, perdida… no durará mucho más en el mundo de los vivos aunque su mente ya murió el día que sus seres queridos desaparecieron en aquel horrible atentado.

Desde entonces como buena vecina, colega y amiga, intentaba ayudarle pero siempre rechazada volvía a intentarlo con constancia y con el mismo fracaso.
Henry se había auto impuesto una muerte lenta, una degradación agónica irreversible, un sufrimiento in crescendo cuya explosión final sería una muerte horrible por dolor consentido.

Pero esta vez sería diferente, Fiona tenía un plan. Había convencido a sus jefes de Korztsweil Technologies para utilizar a Henry como cobaya en el proyecto de  reprogramación mental que estaban desarrollando para el gobierno, destinado a los astronautas que pasarían largos periodos en el espacio y que podían desestabilizarse emocionalmente, perjudicando el trabajo en equipo desembocando en enfrentamientos violentos e incluso en el suicidio y, por supuesto, en la destrucción del costoso equipo tecnológico que manejarían.
Su jefe fue tajante.
-  Fiona, necesitaremos la autorización voluntaria de Henry o no podremos realizar ninguna acción en su cerebro. Es una oportunidad importante para nuestro proyecto pero no la podemos ejecutar saltándonos las barreras legales.

- Gracias, Dmitry. Estoy segura que su deterioro mental es reversible y su estado actual me permitirá convencerlo, yo sigo siendo psicóloga… él ya no.


Acto II

Henry ha despertado en una camilla, inmovilizado, rodeado de pantallas, cables y tubos. Sus ojos no son capaces de fijarse en un lugar en concreto intentando averiguar donde se encuentra; luces y sonidos irreconocibles no le ayudan a definir su situación. 
Una voz conocida le distrae de su incomprensión.

-  Hola Henry, soy Fiona. No te asustes, estás desconectado de tu cuerpo solo tu cerebro se encuentra en pleno funcionamiento. Puedes hablar aunque con cierta dificultad pero si te excitas, los  calmantes fluirán, automáticamente, por este tubo hasta tu cabeza.

Los monitores que controlan la presión sanguínea y los latidos de su corazón se tornan rojos activándose un molesto y penetrante pitido.  
Henry recibe la primera dosis de calmante, la siguiente le hará perder el conocimiento por varias horas. El efecto es inmediato y su mirada se estabiliza en la cara de la doctora.

-  Fiona, ¿Qué me has hecho? –susurra con una voz gutural casi incomprensible.

-  Todavía nada. Voy a intentar salvarte la vida. Ahora dormirás doce horas seguidas, durante ese tiempo intentaremos regenerarte físicamente lo mejor posible, supliendo tus deficiencias vitamínicas y algún que otro aporte necesario, cuando despiertes te explicaré como vamos a conseguir que te recuperes.

Los ojos de Henry se inundan de impotencia en forma de lágrimas esforzándose en articular palabras comprensibles pero solo son audibles las últimas cuatro:
-  …No me dejes despertar.


Acto III

-  Hola Henry, sé que me puedes escuchar, no te esfuerces en acelerar tu despertar. La medicación se metaboliza lentamente, es normal no te preocupes. Volveré en treinta minutos.

Fiona retorna a la habitación pasado el tiempo estipulado. Henry ya está totalmente despierto pero sigue inmovilizado. Le recibe con un gesto de disgusto y le espeta.

-  Fiona esto es un secuestro. No tienes derecho a…
La interrupción por parte de Fiona es inmediata y su reacción,  contundente.

-   No me digas a que tengo derecho, eres tú el que ha perdido sus derechos y yo quien te los va a devolver.
Se mantienen las miradas uno al otro y perderá el que primero hable.

-   No podrás hacer nada sin mi autorización. Suéltame y llévame a mi casa.
Ella no se amilana sigue manteniendo la mirada fija en los ojos de Henry. Tras unos segundos habla con la calma de quien se sabe ganadora.

- No puedo obligarte ni quiero –sonríe– simplemente… te convenceré.

-  ¡Imposible!, ¡suéltame!
Lo tiene donde quería, Henry ha sido rotundo, inflexible, dispuesto a mantenerse en su criterio cueste lo que cueste.
-  ¿Y si te digo que dispones de la posibilidad de volver hacia atrás en tus recuerdos y vivirlos con la misma intensidad como los viviste?
Tal vez porque lo que escucha le suena tan bien como increíble, tal vez por los aportes vitamínicos o porque Fiona le está liberando de las ataduras que le inmovilizan a la camilla; su cerebro funciona como ya no lo recordaba, equilibrado, reflexivo, atento… Henry se incorpora y comienza a masajearse el cuello y las muñecas.
- ¿Estoy entendiendo que habéis desarrollado algún tipo de estimulo en el hipocampo que permite desconectar de la realidad y rememorar el pasado en el presente?

-   Sí. No solo estimularlo, además podemos recrear una realidad virtual con los recuerdos con un grado de verosimilitud perfecto, tanto que no será posible distinguir en que realidad se encuentra el individuo.

Henry se sorprendió pensando con rapidez, rememorando los acontecimientos minutos antes de la desgracia. Los tres disfrutando de la primera lección de natación del enano Michael. Tan solo reían ellos ya que el pequeño no veía claro que sumergirse en tal cantidad de agua fuera divertido pero estaba decidido. Rose, desde el inicio de la calle de la piscina y Henry, en la llegada, le animaban aplaudiéndole y gritando su nombre alabando su decisión, hasta que el niño saltó y todo se tiñó de luz.
-    Quiero… quiero volver a verlos, Fiona.


Acto IV

-    Gracias por prestarte al tratamiento Henry.

Completamente desnudo, en posición vertical, con cables adheridos a gran parte de su cuerpo, tubos en su nariz y una especie de cascos en sus oídos, Henry miraba a su interlocutor; este estaba rodeado por cuatro personas con bata blanca y mascarilla y, cerca de ellos, dos mesillas repletas de instrumental que era mejor no preguntar para que se iban a utilizar.

-    Dmitry, gracias a vosotros volveré a ver a mi familia.

-   Vamos a grabar desde este momento todo lo que ocurra en esta habitación. Fiona te explicará de forma concisa, el tratamiento al que te vamos a someter y necesitamos tu autorización de forma clara. Adelante doctora.

Fiona había permanecido a su espalda revisando dos de los monitores y se acercaba a la camilla vertical. Su taconeo al andar se había vuelto inconfundible.

- Son tres fases, la primera, que será continuada en todo el proceso, constará de unas descargas eléctricas con un sonido específico y de intensidades cambiantes y elevadas; cercanas al stress, directamente al hipocampo. La segunda fase se iniciará al transformar las proteínas que generaran esos sonidos, las potenciaremos con el fin de activar las neuronas adecuadas evocando la situación que queremos recordar a través de las imágenes que introduciremos en la tercera fase.

-    ¿Y dónde están las malas noticias?
Los ojos de Fiona observan los de Henry, a pesar de la pregunta sabía que la decisión estaba tomada.

-   Es la primera prueba en humanos y sabemos que dañaremos tu cerebro pero desconocemos si será reversible.

-  ¿Me garantizas que los primeros recuerdos serán los de mi familia en su último día?

-   Por supuesto no tenemos otro deseo. Monitorizaremos todo el proceso y veremos en la pantalla lo que tú verás, lo que oirás y lo que dirás.

Desde que Fiona le liberó de la camilla Henry sabía que no se negaría a nada con tal de revivir los últimos instantes con su familia.

-   Doy mi conformidad al tratamiento, conozco los riesgos a los que me expongo y soy plenamente consciente de mis actos.
La solemne autorización hizo que los presentes se miraran unos a otros esperando las órdenes oportunas. Fiona fue la encargada.

-   Adelante, comenzamos el tratamiento.

Ágilmente, los doctores, divididos en tres grupos de aparatos de control  y medición procedieron a activar diferentes teclados, pantallas y pulsadores.

-  Henry, pronto no serás consciente de lo que ocurre, hemos comenzado a inyectarte ciertos inhibidores y calmantes; más tarde te inyectaremos algunos potenciadores. Vas a perder la consciencia en pocos minutos, ¿quieres decir algo?

-    Si. Sé que ellos morirán pero cerraré ese bucle.
Las lágrimas fluyen mientras Fiona coge la mano de Henry.


Acto IV

Los gritos le hacen abrir los ojos a pesar del sueño que todavía le mantiene en estado de sopor.

-    ¡Papá, Papá!

Mira el reloj de la mesilla, son las 07h30’…hoy no va al trabajo… ¡hoy es el gran día, Michael va a aprender a nadar!

-   Hola Michael –Lo sube a la cama y le abraza, cierra los ojos  intentando contener sus lagrimas.

Se gira a su derecha y Rose está a su lado remoloneando, sonríen, hoy será un día único... será el último.