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martes, 18 de agosto de 2020

R'BRAIN



LUZ

Raquel se une a los guardias de la empalizada. Desde la ventana de su habitación observa el horizonte, hacia el este, por donde asoma una indecisa canica de tono anaranjado. La chica no se mueve, no parpadea. En cuestión de segundos, la bolita se libera de las montañas a la vez que su brillo se va volviendo cada vez más intenso. El naranja muta a amarillo y al mismo tiempo, el azul oscuro del cielo empieza a clarear anunciando la llegada de un nuevo día. Un gallo le pone música estridente. Muchos vencejos vuelan en todas direcciones gorjeando jubilosos, parece mentira que no se choquen entre ellos. El cielo está limpio, de un azul intenso y el Sol ilumina la vida.
Raquel cierra los ojos y abre los brazos mientras hincha su pecho hasta casi reventar. Lo retiene en su interior empapándose de energía, notando como se ramifica por todo el cuerpo y, cuando ya no puede aguantarlo más, lo suelta con una sonrisa. Va a ser un gran día.

El interior del poblado despierta con el trasiego de los primeros movimientos de personas y animales.
Rodolfo aparece con su carro y sus bueyes en dirección a la compuerta Norte. Es el más madrugador, seguro que lleva mucho tiempo levantado preparando todo lo necesario para su salida. Dos guardias cabalgan a su lado, son sus escoltas en el viaje al clan vecino. Van a intercambiar nuestro grano por otras materias primas, principalmente pieles para el invierno.
Un grupo de labradores, con Ruth y Ramón al frente, se dirigen al sur de la empalizada hacia los invernaderos. Toca recogida de uva para hacer vino.
Otro grupo de gente se arremolina alrededor de almacén de compost. Todos con mascarillas, guantes y con trajes de piel vacuna, cosida al revés.
Van a cargar los carros que nos van a llevar a las Cuevas de los Hongos para preparar la siembra del micelio.

Ricardo irrumpe en la habitación de Raquel con su ímpetu característico.
—¿Pero todavía estás aquí? Venga, espabila que nos vamos a las cuevas —comenta marchándose a toda velocidad.

Raquel arranca a correr tras su hermano y lo alcanza en las escaleras. En un ejercicio bien ensayado salta a la barandilla utilizándola como un tobogán. Ricardo se ve adelantado y grita.
—Así no vale Raquel.
Ella ríe con toda la sonoridad que le permiten sus pulmones. De un salto, tan grácil como felino, vence el último tramo de la barandilla y se frena para darle un abrazo a su hermano.
—Te quiero hermanito. Hoy es nuestro gran día
—Tengo… miedo Raquel. —Ricardo pierde la sonrisa.
—Ya lo hemos hablado. Ha llegado la hora de la independencia, no podemos estar así toda la vida. Necesitamos vivir nuestra vida.
En silencio se dirigen a la cocina.
El panorama les vuelve a provocar alegría.
Ricardo ha preparado un buen desayuno. Leche de cabra, pan de centeno, manteca de cerdo y unas pasas. Energía para hoy, la van a necesitar.
—¡Hala, te has superado hermanito!
Ricardo no contesta, pero enseña sus blancos dientes como aprobación.
—Vamos a darnos prisa, venga —apremia Raquel sentándose en una de las sillas.
Desayunan con fruición.

Raquel se levanta satisfecha y con el estómago lleno. Abre un cajón, coge un par de pequeños sacos de arpillería y le lanza uno su hermano.
—Pon las sobras en el saco… por si necesitamos algo más de comida.
Mientras recogen las sobras y rellenan los saquitos, Ricardo mira a su hermana con admiración.

Raquel y Ricardo son huérfanos desde que recuerdan. Su infancia parece borrada de sus memorias, aunque saben que estuvieron monitorizados por Ruth cuando eran muy pequeños. Hace tiempo, Ruth fue espaciando las visitas a la casa de los niños hasta que lo hizo definitivamente cuando cumplieron los 14 años, ese momento en el que los niños dejan de ser niños.
Ellos no lo sabían, pero Ruth seguía todos sus pasos en la distancia y si la hubieran necesitado habría reaccionado como la madre que siempre deseo ser. A pesar de todo ella desconocía algunos detalles de la vida de los muchachos. Los más internos y personales, las inquietudes de unos adolescentes inconformes con la vida que tenían. Esa sociedad agobiante en su concepto de restringir libertades por el bien común, les agobiaba por la injusticia que representaba. Preguntas sobre el pasado que no podían ser planteadas para no desestabilizar la paz del clan. El miedo insuflado y la constante protección sobre unos enemigos que nunca vieron, pero que siempre estaban muy presentes. Esos rezos a dioses que eran tan omnipotentes como sordos e insensibles.
Raquel no estaba cegada por esa insulsa tranquilidad, por esa paz creada alrededor de lo que ella sospechaba que era una gran mentira. Intuía algo más que “Los Reverendos Protectores” no explicaban, que algo escondían para no descubrir una realidad que seguro poco tenía que ver con la verdad. Muchas veces pensó que era una conspiranoica pero el apoyo de Raúl y Rosa y un mucho del miedoso de su hermano le llevó a pergeñar un plan, una locura.


      FUGA

Rodrigo los saluda. El guardián de la puerta Este hace una indicación a sus ayudantes para que abran la empalizada. Dos hombres accionan la rueda dentada activando el sistema de cadenas y poleas. La puerta cae con fuerza levantando una pequeña ola de polvo que se disipa rápidamente.
El convoy se mueve. Diez jinetes armados con ballestas y lanzas acompañan a las cinco carretas tiradas por bueyes con ocho ocupantes cada una, cuatro adultos y cuatro aprendices. Ellos se harán cargo, en un futuro cercano, del mantenimiento, siembra y recolección de los champiñones de las cuevas. Son escogidos en el clan por Rosa, Rosalía, Rubén y Roque, los responsables de Siembra y Recolección.
El proceso de selección para escoger a los aprendices es complejo y se basa en la habilidad de cada joven, nunca superior a los dieciséis años de edad, en mantener unas plantaciones asignadas a cada grupo de dos, tanto en los invernaderos como en algo parecido a un jardín que tiene cada casa con diferentes especies de plantas y vegetales. Los responsables monitorizan a los jóvenes y sus cultivos, valorando tanto la calidad de sus plantaciones, la estética de estos, así como el resultado final. El manejo de las herramientas de cultivo, la distribución, la destreza en el riego, la administración de compost en el terreno, el ahorro de recursos y los cuidados generales, también se valoran.  

La caravana deja atrás la empalizada y se dirige al Bosque de las Ánimas. Los escoltas se colocan de dos en dos a derecha e izquierda de cada carreta, excepto los dos últimos y los dos primeros que van ligeramente más atrasados unos y más adelantados otros. Los caballos trotan erguidos, gruñen y lanzan pequeños gemidos de placer. Los escoltas charlan animosamente con los conductores y sus acompañantes. Los pájaros ponen música volando muy cerca, incluso algunos se posan en los toldos de los carromatos a cantar su melodía. Los bueyes parecen sonreír mientras arrastran el peso sin aparente esfuerzo. El cielo, como prometió en su amanecer, sigue azul claro y despejado.

La expedición llega al río. Los pájaros se unen en una bandada oscilante que parece decirles adiós mientras vuelan en dirección al poblado. Suena un silbato. Cruzan el río por un viejo puente. Pasan de uno en uno, pero eso no les libra de oscilaciones, ruidos y crujidos que parecen los quejidos de un moribundo queriendo incorporarse.
Una vez reagrupada la expedición, uno de los jinetes hace sonar un silbato mientras galopa de principio a fin de la cola de carromatos. Vuelve a oírse el silbato, esta vez tres tonos cortos. Reemprenden la marcha ascendiendo por una empinada ladera con mucha arena y piedra suelta. Las ruedas de los carromatos patinan, pero los bueyes son tozudos y muy fuertes.  En la curva final del ascenso vuelven a detenerse y observan el camino a seguir, la Planicie Seca.

Las carretas botan y rebotan sobre un suelo casi impracticable abriéndose un camino inexistente. Ni siquiera una brizna de aire circula sobre este terreno tan rocoso y reseco. Es un paisaje yermo, sin una sola mata de hierba, solo arena y rocas con diferentes tonos de grises. Pronto hará un calor insoportable.
En el horizonte ya aparece el Bosque de las Ánimas. Una vez atravesado llegarán a la falda de la Montaña Gris, su destino, Las Cuevas del Champiñón. El Sol empieza a calentar.

Suena un silbato. Han llegado a la entrada del bosque. Los caballos resoplan nerviosos. Los escoltas han dejado de hablar. Unos desenfundan las ballestas y otros aprietan con fuerza las lanzas. Se separan unos metros de cada carromato. Observan arriba, a derecha, a izquierda, atrás, adelante. Un protocolo de actuación de defensa, de supervivencia; muy ensayado, muy entrenado.
Preparan la respuesta a cualquier incidencia que ponga en peligro a la expedición.
La verdad es que hace muchos años que no hay documentado ningún ataque de fieras o de salvajes, pero el miedo inducido es poderoso.

—Atentos chicos, nos acercamos al bosque —dice Samuel, el fornido conductor del carromato.
Raquel, Ricardo, Raúl y Rosa se miran entre si con rostro de asombro en la segunda fila de asientos. Es su primera incursión en el bosque y están muy excitados.
Raquel toma el mando del grupo y pregunta:
—Samuel, nunca hemos visto a salvajes ni fieras, ¿y tú?
—No chicos. Gracias a la protección de los dioses nunca se han cruzado en mi camino.
—No conozco a nadie que se haya encontrado con alguno nunca —comenta una incisiva Raquel.
Raúl y Rosa siguen la conversación con los ojos muy abiertos. Ricardo escucha, aunque mira como el bosque les engulle. Él sabe que pretende su hermana.
—Mi padre se encontró con unos salvajes hace muchos años, antes de que yo naciera. Él luchó contra aquellos hombres alados que echaban fuego por la boca…
—Los hombres dragón —interrumpen Raúl y Rosa al unísono.
—Samu, esa historia no la contó tu padre, la cuenta el Reverendo Protector en sus homilías —añade Raquel.
—Si… es cierto, pero mi padre iba en esa expedición. Mi madre nos lo contó muchas veces. Mi padre fue un valiente —dice Samuel con orgullo.
—Samuel, lo que si es cierto es que no hay ningún ataque documentado desde hace más de cuarenta años —interviene Ricardo.
­­­­—Es cierto, la diosa Fortuna nos ha premiado con ello, pero no debemos bajar la guardia, el miedo nos ayuda a protegernos. —Samuel se persigna.
—El miedo no nos deja ver la realidad —murmura Raquel.
Los otros chicos miran a Raquel.
Ricardo llama la atención a su hermana.
—Raquel…
Las palabras se las ha llevado el viento. Samuel no las ha escuchado.
Raquel insiste, esta vez en voz alta.
—Los únicos animales alados que veremos son los pocos pájaros que se cruzan delante nuestro dándonos la bienvenida a su bosque.
—Que así sea —dice Samuel mientras vuelve a persignarse.

Los cuatro amigos se deslizan sobre el protector que cubre el compost hacia la parte trasera del carromato con la excusa de coger las mochilas. Agazapados los cuatro amigos se miran en silencio. Raquel toma la iniciativa.
—Samuel dijo que pararíamos a la salida del bosque para hacer nuestras necesidades y tomar algún refrigerio. Hemos de aprovechar ese momento.
Los tres amigos imitan a Raquel y se ajustan el cinto. Aseguran el pequeño machete recolector, la linterna de dinamo, los guantes impermeabilizados y desechan las mascarillas. Se colocan la manta y el saco de dormir a la espalda.
La caravana deja atrás el bosque y sale a campo abierto.
Unos kilómetros más adelante, rodeada de una espesa niebla a media altura y nieve en los picos más altos, se observa la cordillera a la que se dirigen. En el centro, la Montaña Gris. Vuelve el paisaje agreste, ni un solo árbol, ni plantas, solo rocas y más rocas. Ni un pájaro. Alguna serpiente culebrea entre piedras y un par de lagartos observan la expedición desde la atalaya de una prominente lancha.
Un repelús activa a Raquel.
—Preparaos, es nuestra oportunidad.
Los tres amigos se miran asustados.
Raquel les reprende.
—Espero que no me dejéis sola.
Ninguno habla.
Los silbatos vuelven a sonar. La caravana se detiene formando algo parecido a un pequeño circulo. Los diez escoltas realizan una ronda por el diámetro para observar si la defensa es la correcta según el protocolo. Ya se detienen. Ocho de ellos se colocan formando un octógono en el exterior del circulo. Los dos restantes enfilan rumbo hacia la Montaña Gris para inspeccionar el terreno, cuando vuelvan la expedición reprenderá la marcha.
Suenan los silbatos, en intervalos de tres en tres pitidos. Hora de bajar hacia el centro del circulo.
Todo el mundo baja de sus carromatos, algunos cojeando ligeramente intentando recuperar sus músculos de tanta inactividad. Se sientan en grupos delante de sus carretas. Utilizan el saco de dormir y la manta como asiento para amortiguar la dureza del suelo. Cada responsable de grupo entrega los zurrones a cada uno de los integrantes con las viandas y agua.
Ninguno de los cuatro amigos come, aunque lo simulan. Se miran en silencio a la espera del permiso para poder ir a hacer sus necesidades… y aprovechar el momento para la fuga.
—Recordad, corred hacia el bosque sin mirar atrás —dice Raquel.
Ricardo, Raúl y Rosa, asienten. Sus rostros se han tensado. Sus ojos parpadean eléctricamente, sus estómagos se encogen y sus bocas salivan en exceso. Están preparados.


      LA CUEVA

Raquel y Ricardo siguen corriendo. Han perdido de vista a los otros dos hermanos. Raúl y Rosa ya no están con ellos. Así lo acordaron, separarse en dos grupos corriendo hacia el bosque, una vez dentro se dirigirían al norte separados por unos metros en paralelo. Pasado un kilómetro, Raúl y Rosa irían dirección Este durante tres kilómetros mientras que Raquel y Ricardo al Norte, también durante tres kilómetros. Se detendrían, buscarían refugio y durante una hora permanecerían quietos observando si les habían seguido. Raúl y Rosa harían lo mismo en su lugar de refugio. Raquel y Ricardo saldrían a su encuentro después de esperar esa hora de seguridad. Para advertirles de su presencia imitarán al cárabo tres veces seguidas cada dos minutos.

Raquel y Ricardo se encaraman a un denso abeto y se sientan en una rama.
—No había corrido tanto en mi vida —comenta Ricardo en voz baja, casi sin resuello.
—Ni yo —dice Raquel con voz entrecortada. —Creo que los hemos despistado.
—Parece que sí. Espero que Rosa y Raúl también lo hayan conseguido.
—Yo también lo espero. En una hora vamos a buscarlos.

Pasadas tres horas desde la escapada el hambre aprieta. Introducen la mano en el zurrón para extraer un pedazo de torta de pasas. Raquel y Raúl han dejado atrás la densidad del bosque. Las altas coníferas están cada vez más dispersas y las lanchas graníticas ganan terreno introduciendo a las elegantes encinas. Se escucha el rumor de un río. El terreno se ha vuelto más escarpado y deciden detenerse a la sombra de un gran chaparro. La torta ya ha caído en sus estómagos.
—Hay un río cerca y el bosque se acaba —dice Raquel.
Ricardo mira a su alrededor y descubre una enorme y alta roca coronada por un solitario y centenario pino.
—Vamos a escalarla —comenta Ricardo señalando la roca, —y nos subimos al árbol. Desde allí tendremos buena visión del lugar y usaremos el reclamo.

En pocos minutos ya están ubicados. Desde su atalaya observan el río y las paredes que lo amurallan.

—Houuuuu, ho, ho, houuuuu… ku-wik, ku-wik, ku-wik. La imitación de Raquel es indistinguible del macho de cárabo haciendo su llamada.
No hace falta ningún reclamo más. Al otro lado del río, descendiendo desde la parte baja del muro vertical, asoman Raúl y Rosa haciendo gestos con sus brazos. Los hermanos bajan del árbol y se dirigen al río. Llegan a un pequeño desnivel desde donde ya se observa al ancho río. Emprenden el descenso.

—Es imposible pasar si no es a nado —grita Ricardo.
Observan a Rosa y Raúl como les hacen gestos para que remonten el curso del río. En paralelo, las dos parejas de hermanos sortean las piedras y los matojos mientras los salmones saltan entre la espuma del agua. Las paredes laterales se convierten en muros cada vez más altos. El ruido del agua aumenta. Se acercan a una pequeña cascada. Raquel y su hermano entienden la maniobra que les obligan a hacer sus amigos. Un poco más arriba hay un enorme pino caído que une las dos orillas.

Unas ensordecedoras grajillas pasan por encima de los amigos avisándoles que el Sol se está escondiendo. Los cuatro amigos están cansados, han remontado el río bastantes kilómetros. Muchas horas de mal camino sorteando troncos, ramas y rocas, que empiezan a pesar en las piernas, en el estómago y en el cerebro.
Se escuchan maullidos de los mochuelos que empiezan a salir de sus escondites. La incipiente oscuridad se une a la dificultad del avance.
Ricardo se separa de sus amigos, se acerca al alto muro y observa lo que parece una abertura en la pared a unos tres metros de altura, relativamente fácil de alcanzar si bien tendrían que escalar un poco. Allí podrían resguardarse del frío de la noche y de las posibles alimañas.
—Chicos, esperadme. Voy a subir a ese hueco a ver si es suficiente profundo para resguardarnos esta noche.
Los tres miran a Ricardo con cara de agotamiento y hambre.
—Vamos todos juntos —dicen Rosa y Raquel a la vez.
El ascenso no entraña mucho riesgo, aunque el ultimo metro es algo resbaladizo, pero Ricardo ayuda a sus compañeros señalándoles los dos escalones que facilitan la entrada a la oquedad.
Una vez arriba descubren que están en una ancha repisa que parece profundizar al interior del muro. Es una cueva, un buen refugio.
Tras una corta conversación descartan bajar a recoger ramas secas para encender fuego. Podrían atraer a sus perseguidores, a alguna bestia o visitas indeseadas.
—Con los sacos y la manta estaremos bien —comenta Ricardo.
Mientras Rosa, Raúl y Raquel permanecen en la repisa y empiezan a rebuscar en sus zurrones algo de comer. Ricardo sigue en su afán explorador y se atreve a encender la linterna de dinamo para adentrarse un poco en el agujero.
A los pocos minutos vuelve.
—Parece que estamos solos, aunque me ha parecido ver algunos murciélagos en el techo de la bóveda, pero no creo que nos molesten si no les molestamos nosotros.
—Vale Ricardo. ¿Por qué no te sientas con nosotros y comes algo? —comenta Raquel con la boca llena.
Ricardo no la escucha y sigue mirando hacia la oscuridad del interior de la cueva alumbrada por la tenue luz de la linterna.
—¡Ricardo! —grita Raúl.
El chico vuelve en sí.
—Perdonad… estaba pensando… hay algo extraño aquí. Unos pocos metros más adelante, el suelo está totalmente liso. He palpado las paredes y también parecen pulidas. En esa zona, la pared tiene unos soportes… algo como para colocar algunas teas…


LA VERDAD

Desde la entrada de la cueva, Raquel mira la Luna en lo alto del cielo. Ya empieza a perder ese redondo perfecto que ha lucido estos días pasados en su fase de plenitud. Gira la vista al horizonte, por donde se pierde el curso del río, allí aparece el rojo anaranjado no tan brillante como ayer. La fiesta se interrumpe poco antes de que todo se vuelva azul. Aparecen unas veloces nubes de un gris oscuro que no presagian nada bueno, aunque no llegan a tapar al naciente Sol no tardarán en cubrirlo en cuanto ascienda. El olor a tierra mojada ya se percibe. Se ven algunos rayos lejanos acompañados por truenos tardíos. Se prepara una buena tormenta. Raquel vuelve la cabeza al interior de la cueva, hoy no va a ser un buen día.
Observa a su hermano y sus dos amigos. Todavía duermen, aunque ya comienzan a moverse.
Un rayo ilumina el exterior y un trueno retumba muy cerca. Se acabó el dormir. El agua suena con fuerza al caer contra las rocas. Los tres amigos se incorporan. No hablan, todavía están un poco confusos. Con algo de torpeza comienzan a doblar los sacos de dormir y las mantas. En el exterior ha vuelto la oscuridad y los goterones se transforman en bolas de hielo.
—Vaya parece que vamos a tener que esperar —comenta Ricardo viendo como rebotan las bolas de hielo en la repisa.
  —¡Parecen huevos! —dice Rosa alejándose de la entrada de la cueva.
—Pues aprovechemos para desayunar —dice Raúl.
Una preocupada Raquel les advierte.
—Vamos a tener que racionar comida, no podremos salir en unas cuantas horas y solo nos queda comida para hoy, como mucho.
—Tampoco nos preocupemos. Tenemos agua en abundancia gracias al río y no creo que nos falten las bayas, ni las moras y me pareció ver unos cuantos madroños unos metros más arriba —reflexiona Raúl.
—Y siempre podemos pescar —añade Ricardo.
La tensión generada por el comentario de Raquel desaparece. Tienen recursos y no es necesario preocuparse

Han terminado de desayunar. Recogen todo a sus mochilas. Ya no graniza, pero la cortina de agua que se observa desde la entrada es muy densa.
¿Exploramos? —dice socarrón Ricardo señalando al interior de la cueva.
Capitaneados por Ricardo “el intrépido” como lo ha bautizado Rosa, llegan a la zona dónde la rugosidad del terreno y las paredes se transforman. Detienen la marcha.
Los cuatro amigos iluminan el suelo delante de ellos. Alejan el foco de las linternas hacia adelante, hacia el techo y hacia la pared en movimientos algo espasmódicos.
—¡Guau! Esto no es muy normal —comenta Raúl con la boca abierta.
 Raquel es la primera en recuperarse del asombro.
—Fijaos parece cristal y en las paredes están esas pequeñas plataformas que nos comentaba ayer Ricardo.
Precisamente Ricardo no escucha y se ha adelantado unos metros y se detiene.
—¡Eh! ¡Venid! —grita entusiasmado.
Con prudencia, por el miedo a resbalarse en ese suelo tan liso, se acercan al lugar que Ricardo está alumbrando.
—Parece una puerta —dice Rosa.
—Mira a este lado —apunta Ricardo desplazando el haz de su linterna.
—¡Que extraños círculos de colores! —señala Raúl.
Raquel se adelanta y, sin saber por qué, toca el blanco. Las pequeñas plataformas de las paredes se convierten en una potente luz que se dirige al techo y el suelo también se ilumina algo más tenue.
Los cuatro amigos caen de culo al suelo presos de un enorme susto. Están rodeados de luz en un lugar que debía estar oscuro.
—Sí, esto no es normal —dice Rosa incorporándose sacudiéndose la ropa.
Ricardo vuelve a los círculos de colores y toca el rojo. Todo vuelve a la oscuridad.
—¡Vaya! —dice divertido.
Vuelve a pulsar el blanco y vuelve la luz.
Los cuatro amigos sonríen y se miran. Sus corazones siguen altos de pulsaciones.
—Nos falta por pulsar el verde —tartamudea Raúl— ¿Quién se atreve?
Raquel es la elegida con la mirada de sus compañeros y ejecuta la petición.
Un ligero ruido y una vibración se percibe en el suelo. Lo que parecía una puerta se desplaza a la derecha dando acceso a una pequeña sala circular iluminada con una tenue luz anaranjada.
Algo temerosos acceden al interior. Tras ellos la puerta se cierra y sus corazones se desbocan.
Un rayo verde desciende del techo hacia el suelo. La representación de un anciano se materializa. Los chicos quieren huir, pero no hay dónde.
Se desploman con los ojos muy abiertos repletos de lágrimas y mocos azules.


      CONTROL

En la Sala Reverencial
La gran sala diáfana está dispuesta en un gran círculo y ligeramente clareada por una luz magmática en su centro. Los Reverendos Protectores ocupan su lugar en el círculo, dejando un espacio libre en la parte superior.

Son la casta de sabios que durante muchas lunas han conseguido hacer evolucionar a las tribus nómadas dispersas, primero en un clan, más tarde a una tribu, y hoy a casi un pueblo con una organización social y económica muy avanzada. El ancestro mitológico sigue presente en la sociedad y ha sido utilizado por los Reverendos como mecanismo de control, aunque poco a poco los habitantes van dejando de respetarlo ante la ausencia de hechos relevantes que avalen su presencia y sus maléficos poderes.
Conscientes de esa situación y no siendo posible una reprogramación de toda la sociedad los Reverendos realizaron un experimento.
El método científico los reúne para la toma de decisiones ante el inminente fracaso.

Rocío, Rodolfo, Rodrigo, Román, Roque, Regina, Rosalía y Rebeca dirigen su mirada al recién llegado Rafael.
Con la parsimonia de la mente reflexiva líder, Rafael ocupa su espacio en el circulo y, sin preámbulos, toma la palabra

—El Proyecto “R” peligra. Los cuatro jóvenes “erres” están a punto de descubrir los orígenes de nuestra misión y esto puede provocar una revolución no programada de los “no erres” y por tanto podemos perder el control del reinicio.
 Las visiones de los jóvenes “erres” han activado sus algoritmos de lógica como la adrenalina activa a los “no erres”. Sus cerebros se han corrompido y no es posible reprogramarlos. El experimento “libre albedrío 1.0” ha fracasado.

Todos asienten. Cierran los ojos y unen sus manos. La luz magmática aumenta su intensidad uniendo todos los círculos.

Juntos vociferan:
—Desactivación y destrucción.


EPÍLOGO.

Un fantasmal anciano aparece tras un rayo verde y habla:

—Bienvenidos. Ya no soy real, no os asustéis. Soy la proyección de lo que queda del último reducto de resistencia en el año 2312 de nuestra era. No hay nadie más y yo pronto me iré. Por favor, escuchad mi mensaje, un mensaje del pasado con la verdad sobre vuestro futuro. —El anciano se calla unos instantes para toser con estruendo.
—En el año 2152 sufrimos las peores pandemias de nuestra existencia que supusieron una drástica reducción de la población mundial. Tuvimos un parón tecnológico que duró cien años. Cien años de lucha contra los enemigos más poderosos que jamas existieron. —Vuelve a toser. Parece que las palabras le cuestan salir de su boca. Continúa.
—Cuando conseguimos controlar a esos virus, quisimos mejorar nuestras vidas creando una herramienta que nos ayudará a ello. Así creamos a los “R”, les dimos nuestra apariencia, los dotamos de autoaprendizaje y los programamos con una sola misión: el cuidado de la humanidad. —Silencio. La mirada del anciano se pierde en algo lejano. De sus ojos afloran lágrimas que no llegan a caer.
—Fue maravilloso. Nuestra evolución tecnológica volvió a la normalidad. Volvimos a recuperar nuestros planes de terraformación de Marte y a preparar el éxodo al planeta rojo. Empezamos a construir naves enormes que transportarían a parte de la población, algunos no querrían marcharse y otros… bueno eso es otra historia. Nuestro planeta había entrado en una situación prácticamente irreversible. El calentamiento global y el cambio climático estaban convirtiendo nuestro hogar en un infierno en menos de doscientos años. —Más toses obligan al anciano a detener el discurso unos instantes.
—Los “R” nos ayudaron. Analizaron la situación y nos ayudaron. Vaya si lo hicieron. Sus algoritmos dieron con la solución a su misión, el cuidado de la humanidad pasaba por la supervivencia de la especie y del planeta. Decidieron diezmarnos a niveles mínimos para reiniciarnos, por nuestro bien, eso dijeron.—El anciano desaparece.

Las paredes de la redondeada sala se convierten en una pantalla repleta de imágenes y gritos de pánico de personas huyendo en la semioscuridad rodeadas de haces de luz roja, explosiones de todos los colores y sangre, mucha sangre. Un cielo lleno de pequeños artefactos escupiendo rayos de muerte hacia un suelo saturado de cuerpos inertes mezclados con restos de edificios, que son pisoteadas por los que luchan por sobrevivir unos pocos segundos.

Las imágenes desaparecen y el anciano vuelve retomando su discurso casi gritando.
 —Los “R” redujeron la humanidad al límite de la supervivencia, nos dejaron sin el conocimiento y la tecnología, pero no pudieron eliminar nuestra fuerza más importante, nuestro cerebro.
La próxima “R” será la de la REVOLUCIÓN. Salid del silo y predicad la verdad, sin violencia. Usad la fuerza de la palabra, esa será nuestra ventaja. Adiós y suerte.

La imagen del anciano se desvanece. La puerta se abre. Los cuatro amigos se miran y asienten. María, José, Eva y Adán, tienen una misión. Dejan atrás la sala y a los cuatro cuerpos que yacen en el suelo bañados en un líquido azul.


FIN, o mejor… REINICIO

sábado, 23 de diciembre de 2017

TEMPUS FUGIT



AL LÍMITE

Una mano aparece entre las sabanas para golpear al despertador. El pobre solo cumplía con su obligación, pero eso no le importa a Esteban, la resaca nubla la razón.
Abre los ojos e intenta recordar cómo y cuándo llegó a su casa, cuánto tiempo lleva durmiendo o con quién estuvo, si es que estuvo con alguien.
Se incorpora para ir al baño y se da cuenta de que las sábanas, están mojadas y huelen mal.
—Joder, me he meado encima.
Se tapa los ojos con las manos y arranca a llorar.
Un par de minutos más tarde, parece que sus ojos se han secado.
Baja las manos y se apoya en el colchón para levantarse, pero se tambalea y vuelve a sentarse en la cama. Esta vez toma mayor impulso y consigue levantarse. Se acerca al baño, apoyándose en las paredes y en el marco de la puerta.
Está seguro de que no va a acertar y decide sentarse en el váter. Cierra los ojos y sonríe.

Volviendo a la habitación tropieza con sus pantalones, se agacha y los recoge. Revisa su billetera y rebusca en su interior, cinco euros todo su capital.
Se viste y vuelve al baño. Se lava la cara. Ante el espejo, recuerda que hoy es el último día para abandonar su casa.
El casero le dio dos meses de tiempo para pagar el alquiler.
Cae en la cuenta de que ese es el tiempo que lleva solo, desde que Esther se marchó.
Dos meses. Dos meses, quince kilos menos, barba larga y desaliñada como nunca, ropa sucia y rota, zapatos roídos como sus calcetines; pero lo peor era su olor.
Se desviste y vuelve al baño a ducharse.
El agua caliente dejó de llegar hace un mes por impago y los recuerdos no se limpian con la ducha de agua fría.

La mañana del 25 de enero, Esteban se dirigía a la comisaria. Volvía de la redada en Trapattoni, la pizzería de los Lorenzo’s, el clan mafioso que proveía de droga a todo Aragón. Estaba orgulloso. Tras un mes infiltrado en el grupo, averiguó que el 24 de enero tendría lugar una reunión de todo el clan en la Trapattoni de Huesca y decidió que ese era el momento de intervenir. Parecía que iba a ser el golpe definitivo a los Lorenzo’s, pero algo salió mal y Lorenzo Santoro escapó.

Al entrar en la comisaria, sus compañeros dejaron sus quehaceres para mirarle.
Esteban observó a los que pudo y esas miradas le atravesaron el corazón.
Dos tipos muy trajeados, se levantaron de sus respectivas sillas y le enseñaron sus placas.
—Hola Esteban, somos de asuntos internos. Estás detenido como sospechoso de facilitar la huida de Santoro. Por favor, acompáñanos.
Y su mundo se derrumbó.

Baja las escaleras, se detiene en la portería y le coge un cigarro al portero. Sale a la calle y fija su vista en un banco del parque que hay frente a su edificio. Enciende el cigarro y, con los ojos cerrados, aspira todo el humo que le permiten sus pulmones. Lo mantiene dentro de ellos, todo el tiempo que puede, para que el intercambio gaseoso con la sangre sea lo más tóxico posible. Esa primera calada provoca una vuelta a la realidad en forma de tos. Cuando la tos se calma, mira el cigarro y lo tira lejos. Al levantarse del banco, ve un periódico en el suelo, lo recoge y se lo lleva para su casa. Tiene que hacer la mochila… aunque no sabe de qué la va a llenar.

En casa, por mucho que busca no encuentra ni un gramo de alcohol, solo botellas vacías. Se llena un vaso de agua y se sienta en la mesa del salón a leer el periódico. Empieza a leer al revés, desde la última página. Se detiene en las páginas de anuncios y contactos. Hace años leía los anuncios de contactos, y gracias a ellos encerró a varios tratantes de mujeres, macarras de mierda y algún pederasta. Hoy se detiene ante la sección laboral, en un anuncio un poco extraño:
“Se busca compañero para viajar en el tiempo. Esto no es un juego. La paga al volver. Te espero en la siguiente dirección: BAR EL VIAJERO, Paseo de los crononautas, S/N. 28690 Brunete. Puedes llevar tus propias armas. La seguridad no está garantizada, solo lo he hecho una vez. Joseph”

Suena el timbre. Esteban se levanta de la silla y la mira, su silla, la silla donde se sentaba a descansar cuando llegaba a casa después de una misión y repasaba sus acciones del día.
Se dirige a la puerta, mochila en mano. No utiliza la mirilla, de sobra sabe quién llama.
La puerta chirría como la de una casa abandonada.
—Hola Esteban.
—Hola Tomás.
Se miran a los ojos sin saber que decir. Tomás intenta romper el silencio
—Siento…
Esteban lo interrumpe.
—No hay nada que sentir Tomás, tú no tienes culpa de nada.
—Esteban, necesito los ingresos del alquiler…
—No te preocupes, Tomás. Lo entiendo. Gracias por todo.
Tomás le entrega un sobre y añade.
—Te devuelvo la fianza de un mes, son quinientos euros, haz buen uso de ellos.
Esteban los rechaza empujando con su mano la de Tomás.
—No seas tonto Esteban, cógelos y vete a Barcelona con tu mujer.
Esteban agarra el sobre y abraza a Tomás. Llorando le da las gracias, coge la mochila y baja las escaleras a toda prisa.


EL ENCUENTRO

Esteban baja del autobús, el 551 de la compañía Cevesa que tanto le costó encontrar en la estación de autobuses de Príncipe Pío. El autobús que se llevó su último euro.
La parada de Brunete está al borde de la carretera. Enfrente hay un supermercado Aldi y detrás de él un pequeño polígono industrial; todo cerrado menos un “chino”.
—Normal, hoy es domingo, dice para sí.
Desestima la posibilidad de preguntar en el “chino” por su destino y emprende la marcha hacia el centro urbano.
Mientras camina, su estómago le recuerda que no ha desayunado. Se detiene ante un grafiteado muro y se quita la mochila de la espalda. Saca el bocadillo y la botella de agua que compró en el tren. Sonríe, quita el papel de aluminio del “bocata” y se lo come mientras observa las casas cercanas.
Una vez saciado, se coloca la mochila y emprende la marcha guiado por un inconfundible olor a torreznos.

Ha llegado a “EL VIAJERO”.
Se dirige al camarero, pero no ya no le hace falta preguntar. Un tipo está sentado en una mesa ante un vaso vacío. Viste un abrigo tres cuartos de color negro, abotonado hasta el cuello, pantalón y deportivas del mismo color. Alza la vista hacia él y se levanta de la silla. Cara aniñada, con barba de pocos días, ojos marrones y pelo negro muy corto. Complexión delgada y estilizada. Parece un maldito Blade Runner de negro.
Se detiene ante él y sin dejar de mirarle a los ojos, habla:
—Acompáñame, Esteban.
Joseph se pone unas gafas negras mientras camina hacia el exterior del bar.
Esteban no puede ni hablar. Le sigue como un cerdito al matadero. Al salir, el tipo se acerca a un BMW negro que está aparcado delante del bar. Abre la puerta del conductor y se mete dentro. Sin pensarlo, Esteban abre la del copiloto y se sienta a su lado.
El coche arranca con potencia, pero sin mucho ruido.
Siguen en silencio mientras el coche circula por las calles del pueblo. Se incorporan a una rotonda y enfilan rumbo a una urbanización. El tipo mira hacia delante, concentrado en la conducción, sin hablar. Una vez llegan a la urbanización, el coche gira bruscamente a la derecha y aumenta la velocidad por el camino de tierra. Joseph sigue mirando al frente, inexpresivo.
El coche frena con firmeza, pero sin brusquedad. Rodeados de polvo en el exterior, el tipo se quita las gafas y habla.
—Esteban, el periódico lo puse en el banco para ti.
Por fin puede vencer el bloqueo y le contesta.
—¿Por qué?, ¿qué quieres de mí? —dice Esteban.
El rostro serio y frío de Joseph muta hacia una leve sonrisa.
—Sabía que vendrías. Tú eres mi pasado y yo soy tu futuro, Esteban.
—Estimado Joseph, todavía no sé qué cojones me ha traído hasta aquí, pero ¿de qué loquero te has escapado? Los viajes en el tiempo no existen.
—Tienes razón Esteban, en tu tiempo no existen en el mío sí, aunque solo se puede viajar al pasado. Yo pertenezco al año 2110 y tu al 2017. Tú no puedes viajar en el tiempo.
Joseph transmite convicción, pero creer en lo increíble es difícil.
—No entiendo nada Joseph. El periódico decía que necesitabas un compañero para viajar en el tiempo… ¿Quién eres y qué quieres de mí? —dice Esteban, con desespero.
—Tu ayuda. No se puede cambiar el pasado, pero si el futuro, tu futuro todavía no existe, aunque yo sea parte de él.
—Tú quieres que me explote la cabeza, Joseph. Esto no es una novela de ciencia ficción.
Joseph se apoya en un hombro de Esteban y dice.
—Es muy complicado y lo vamos a dejar aquí. Te necesito para impedir que un hijo se quede sin padre, para que el disociador molecular cuántico sea realidad en el futuro.
—Pero, ¿cómo cojones quieres que te ayude? No soy nadie ni tengo aptitudes especiales…
Joseph, relaja su rostro, ahora sí, sonríe.
—Serás padre Esteban y yo tu biznieto.

EPÍLOGO

—Doctor Navarro, el disociador está listo. Las pruebas realizadas no garantizan el retorno. No parece que haya la estabilidad suficiente para recomponerte a la vuelta.
—No me preocupa, Joao. Es necesario que vaya para arreglar esa inestabilidad.
—Joseph, hemos enviado dos fotones al año 2017 y la simulación de comportamiento del fotón número dos nos permitió acceder al estudio del comportamiento del fotón número uno. El resultado es estimulante pero no nos garantiza el mismo resultado para grupos de partículas más grandes, como los átomos —advierte Joao.
—Dime algo que no sepa Joao. No disponemos de más tiempo.
—De acuerdo Joseph —dice con resignación. —Adhiere a tu cuerpo el emisor del disociador y acciónalo cuando quieras volver. Te dejo solo y ruego por tu vuelta.
Joao da Silva sale del laboratorio hacia su despacho. Está preocupado por su jefe, este no ha aplicado el método científico y se ha saltado todos los protocolos. El primer viaje temporal carece de garantías.
Al abrir la puerta de su despacho, da un paso atrás y suelta un grito.
—¿Qué haces aquí? ¡Pero cómo narices has llegado antes que yo!
Joseph, está sentado en la silla de Joao con los pies en la mesa y una sonrisa pícara.
—No importa, me alegra que lo hayas pensado mejor —dice Joao.
Joseph se levanta, abraza a Joao y añade:

—Todo está arreglado y para siempre.