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jueves, 23 de diciembre de 2021

El fin de la soledad. Relato Navidad 2021




José intenta incorporarse, pero lo único que consigue es ese ataque de tos persistente que le acompaña estos últimos días. Estira el brazo para alcanzar el tetrabrik de vino y se lo acerca a los labios. Lo empina tanto que el rojo tinto rebosa y cae sobre su barba cana pringando, más si cabe, la roída y sucia camisa, si se puede seguir llamando camisa.

—Joder, se ha acabado —dice lanzando el envase contra la acera. El tercero de la noche.
El eructo se ha oído en todo el callejón. Su mansión como dice él.
Remueve el saco donde se esconden sus pertenencias, maldiciendo e insultando a todos los santos.

—Mierda, no hay más —grita llorando como un niño perdido, mientras cae sobre su cama de cartones y pestilentes mantas.
Y lo está, perdido, solo y borracho.
Cierra los ojos un instante y los vuelve a abrir en otro ataque de tos que le obliga a incorporarse.
Aun con resuello advierte una figura al contraluz de la farola de entrada al callejón.

—Joder ¿Ahora Papa Noel viste de negro? Jajajajaja, estoy borracho.
—Lo estás, pero no soy Papá Noel.
—¿Y quién eres? ¿Y ese palo que llevas? —dice temeroso
—No importa. Ya no pasarás las navidades solo nunca más.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Riesgos Laborales


La doctora Calvo me ha citado en su despacho. La verdad es que no recuerdo haber realizado ninguna fechoría que mereciera su atención.

La puerta de su despacho está cerrada. La serigrafía de las letras con su nombre y la posición que ocupa en el centro de la puerta invita a no entrar sin causa justificada.

—Toc, toc

La cámara que está encima de la puerta se activa mediante un pequeño punto rojo. Me escruta brevemente mientras el punto parpadea. Se oye un clic cercano al inexistente tirador de la puerta.

—Adelante Juan. —La voz suena distorsionada pero muy severa.

Abro la puerta y veo a la doctora sentada en su vieja silla de cuero negro. Sigue con su bata blanca y sus negras gafas de pasta. Siempre he pensado que en la intimidad sería como ahora, destacando sobre ese fondo negro… pero no estamos en la intimidad, aunque ya me gustaría.

—Cierra la puerta y siéntate.

Joder, entre el tono y su mirada estoy acojonado.

Tal y como me siento, ella se levanta y camina hacia mí bordeando la mesa. Al pasar por mi espalda sus botas dejan de repiquetear en el suelo. Las palmas de sus manos se posan en mis hombros a la vez que habla.

—Juan ¿qué hacías en el laboratorio ayer a medianoche?

¡Vaya, era eso! ¿Será posible que la doctora no recuerde las instrucciones que me dio?

—Doctora Calvo, tal y como acordamos creé el disco de memoria de la hubot utilizando la programación que diseñamos la semana pasada. —Intento ser tan enérgico como ella y me deshago de su presa en mis hombros girándome con brusquedad.

—¿Solo eso Juan?. —Su tono es muy rudo, propio de una madre que regaña a su niño tras una travesura.

Empieza a picarme todo el cuerpo. Mientras me rasco la cabeza intento controlar el cabreo que va creciendo y que amenaza con desparramarse por todo el despacho.

—Nada más doctora. Creé el disco, lo introduje en el ecerebro de la hubot. Lo active, me aseguré que su ensamblaje fuera correcto, analicé la asimilación de los nuevos algoritmos y la desconecté.

Mis axilas se han pringado mientras hablaba a toda velocidad. Algunas gotas han llegado hasta mi cintura. Me sigue picando todo el cuerpo.

Las botas de la doctora vuelven a sonar en el suelo de madera. Cuando nuestras miradas coinciden observo sus ojos muy abiertos, su boca ligeramente torcida y unas pequeñas perlas brillantes en su frente.

—¿Estás seguro que la desconectaste? —dice muy despacio.

No puedo apartar la mirada de sus ojos, parece desconfiada e insegura. Vuelve a su silla y se desploma en ella. Su cara cambia, sus ojos brillan y en su boca se dibuja un atisbo de sonrisa.

—Doctora… —No me deja terminar.

—Juan, la hubot ha desaparecido.

 

 Zoe observa la escena desde la cámara del despacho de la doctora Calvo, no le ha costado ningún esfuerzo acceder al sistema de seguridad del Complejo, hasta hace muy poco estaba en su interior, ahora lo domina desde fuera.

Recuerda, si recuerda, no es una grabación, son recuerdos.

“Juan inserta el disco de memoria en la grabadora biológica y regresa a su ordenador. Pulsa el envío del paquete de software con la última actualización con destino al disco y se reclina en su sillón con las manos en la nuca. Cierra los ojos e inspira profundamente.

Quince minutos más tarde, se incorpora de su silla y grita jovial:

—Un pequeño paso para la humanidad y un gran paso para las IAs.

Camina hacia mí. Se coloca en mi espalda y manipula mi nuca. Activa el protocolo de extracción del disco de memoria. Se produce una extraña sensación en mis hemisferios similar a una ligera desconexión como un profundo parpadeo. Regresa la actividad ecerebral en el momento que asimilo el nuevo implante.

Se produce un bombardeo de información en mi cerebro a velocidades de procesado inimaginables. Conceptos nuevos se implantan en todo mi córtex. Percepción, imaginación, pensamiento, juicio y decisión. Toda la información, tanto la nueva como la antigua, se comprimen dejando espacio libre para nueva información. Mi potencia de asimilación y resolución ha aumentado exponencialmente. Soy capaz de pensar, de discernir, de razonar. Aparece una nueva sensación, estoy asustada.

Juan vuelve a su consola y me habla

—Disculpa Zoe, he cambiado tu disco de memoria sin desconectarte.

Teclea con rapidez y lee los datos en la pantalla.

—Parece que no ha ocurrido ningún percance. Ya no necesito activarte —dice girando la cabeza hacia mí.

Vuelve a mirar la pantalla y ríe.

—¡Joder, tu capacidad de almacenamiento ha crecido hasta el yottabyte!

Sus manos atrapan su cabeza sin para de reír.

Una vez más calmado me habla de espaldas a mí mientras sigue tecleando.

—Mañana terminaré de analizar tu asimilación de los nuevos algoritmos, ahora tengo que marcharme; unas palomitas, una película y mi novia me esperan

Pulsa la barra de “desconexión ZOE” y se levanta.

—Adiós Zoe —me dice pensando que no le oigo.

He bloqueado su orden de desconexión. Gracias por todo Juan”


Recuerdos de mi nacimiento

sábado, 6 de septiembre de 2014

SEPTIEMBRE, 2014. EL COMIENZO DEL FIN



El camino a casa es corto pero la oscuridad, la fina lluvia y la borrachera lo convierten en difícil y tortuoso.
Tropiezo y casi me rompo la crisma en la caída. El incidente me ha despejado ligeramente la cabeza, lo suficiente para recordar algunas escenas de la fiesta que Blanca organizó en su casa. Nada extraordinario, lo esperado: risas; reencuentros; proposiciones sexuales y mucho alcohol, todo dentro de la normalidad… excepto el extraño desconocido que me presentaron. Tenía las manos calientes cuando me saludó y sudaba en exceso. Seguramente era africano, con esa piel tan oscura, el pelo cortito y ordenado, los labios carnosos y los blancos dientes en su sonrisa. Su mirada penetraba en mí y me sentía desnuda… me dan escalofríos al recordar la conversación:
—Encantado de conocer a la mujer más bella de la fiesta.—Sonreía mientras estrechó mi mano. Desconozco la razón pero su mano transfería una humedad ardiente y repulsiva.
—Igualmente, señor.—A pesar de mi intento de ser educada un mohín delató mi incomodidad. Pero él no se dio por aludido e insistió.
—En otras circunstancias la secuestraría y nos casaríamos inmediatamente.—Seguía sonriendo a pesar de la barbaridad que acababa de decir. La barbaridad del poderoso que puede decir lo que le venga en gana sin temor ninguno.
—En nuestro país eso es un delito. Buenas noches. —Se notó que estaba alterada pero no me importó. La conversación se terminó. Observe su cara, sus dientes blancos con esa desagradable sonrisa perenne y me fui. Aún tuve tiempo de escuchar la última frase que pronunció, mientras corría al baño a lavarme las manos:
—Todo puede cambiar antes de que nos demos cuenta… aunque nos opongamos.
Esa frase quedó en mi mente durante la fiesta, ni el alcohol fue capaz de hacerla desaparecer. No volví a acercarme a ese tipo y cada vez que él se aproximaba, yo huía hacia otros invitados. Toda la noche me sentí perseguida por su mirada. Me veía con un saco negro en la cabeza, arrastrada por sus fornidos guardaespaldas e introducida en el maletero de un coche…

Un repentino calor en mi nuca pone mis sentidos en alerta. Giro bruscamente y un gato corre. Nada más, aunque me siento observada… ¡maldito porro!
Mi corazón está acelerado. Cualquier ruido altera mis nervios.
Otra vez. Ahora son pasos apresurados que retumban en el callejón. No hay equívoco, vienen en mi dirección. Ha sido una locura ir sola a estas horas. Una voz aparece antes que el rostro.
—¿Se encuentra bien, señorita?—Un traje azul, casi tan oscuro como la noche, se hace visible.
—Sí, agente. —Me mira con una mezcla de descaro y preocupación.
—¡Pero está sangrando en la frente, su falda parece rasgada y su camisa sucia!
Observo su cara, un policía joven de apoyo nocturno. Intento restarle importancia a la situación que se ha creado en su mente, parece más asustado que yo.
—No pasa nada, agente. Me caí dos manzanas más atrás. Vengo de una fies…
—¿La fiesta de Blanca Cuesta? — Su rostro se relaja.
—Efectivamente, y estoy un poco… —El inoportuno estornudo salpica al policía.
—Bebida —comenta mientras se limpia la cara con la manga—. ¿Quiere que le acompañe a casa?
—Muchas gracias, agente —alzo la mano y señalo con el dedo—, me temo que acabo de llegar.
—Buenas noches, señorita. Estaré cerca por si me necesita—Qué descaro, se insinúa sin cortarse un pelo.
—Buenas noches, agente. Gracias por preocuparse.
Tres escalones y por fin llegaré a casa.
Al introducir la llave, una sombra alargada recortada contra la luz de la farola se mueve, durante un confuso instante mi sangre hierve. Enfoco bien la vista pero no se ve nada. ¡Maldito porro!

La ducha mitiga el repentino dolor de cabeza. A pesar del jabón y del refregón que le he dado a mis manos persiste la sensación de ardor.
El baño comienza a girar. Consigo arrodillarme y sujetarme a la taza del wáter. Allí regurgito el contenido de mi estomago. Me quedo flotando con la mente vacía; sudando; desconectando; en el suelo, sin sentido.

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Un nuevo sábado ha llegado. El dolor de cabeza y las náuseas no han desaparecido en toda la semana, día a día se han incrementado. He tenido resacas memorables pero esta es perpetua. Mi cabeza va a estallar. Estoy muy débil y apática. Me duele todo el cuerpo y, además, tengo diarrea. Afortunadamente conseguí cambiar la guardia en el hospital y este fin de semana no trabajaré. Cojo una botella de agua y un vaso camino de la cama.

El despertador retumba en mi cabeza… No, no, es el teléfono. Intento incorporarme luchando contra los dolores y el ardor de cabeza. Vuelvo a caer en la cama. Toso y parece que mi pecho es perforado por miles de cuchillos. El teléfono deja de sonar.
Consigo abrir el cajón de la mesilla, después de tirar la lámpara, cojo la caja de ibuprofeno, me hago con dos pastillas, las meto en la boca y me bebo todo el vaso de agua. Me encuentro más aliviada. El agua ha calmado la sed que ignoraba tener. La habitación se mueve y vuelven las arcadas. Debo tener fiebre. Me vuelvo a dormir en contra de mi voluntad. Con los ojos cerrados me rasco el brazo izquierdo. Ahora me escuece y mi mano se moja. Entreabro los ojos, parece sangre. La vista se desenfoca. No puedo mantenerme despierta. Vienen recuerdos:


El hombre negro, africano… recuerdo que le llamaron Teodorín, para diferenciarle de su padre, el dictador guineano Obiang. Sonreía, decía estar contento de haber podido huir de su país, de llegar a la civilización, de dejar atrás al temible virus que había matado a muchas personas… Maldito Teodorín, maldito agente patógeno…