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miércoles, 8 de marzo de 2017

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Un rayo de sol me da en los ojos…
—¡Mierda, el despertador no ha sonado!
Me incorporo de la cama, con el extra de agilidad que provoca la situación. En la mesilla, el reloj está apagado.
—Vaya, se ha ido la luz.
Intento localizar el móvil palpando en la mesilla. Al rozarlo se activa la pantalla, son las 8’33. Está sin cobertura y con poca batería.

Se escucha un extraño silencio. Mecánicamente me pongo las zapatillas y me dirijo al baño, acciono el interruptor de la luz y no funciona. Vuelvo sobre mis pasos y, a tientas, levanto la persiana. A pesar de tener los ojos bien abiertos, la grisácea luz no me daña a la vista.

Tengo sed. Voy a la cocina y abro el grifo. Empieza a salir agua y… se acaba. Imposible asearse.
—Joder con el pueblo, ni luz, ni agua…

La presión en la vejiga me recuerda que debo ir al baño. El silencio se rompe por mi meada.

Regreso a la cama y cojo el teléfono, sigue sin cobertura.
—No puedo avisar a mis compañeros, ni a Raquel.

Me visto y bebo los restos del frío café del día anterior.
Cierro de un portazo y salgo a la calle.

Mis ojos se van al cielo para observar al borroso Sol.
Me esfuerzo por escuchar.  No se oyen pájaros; ladridos; ni personas, andando o hablando; ni niños corriendo; ni coches; ni aviones…

El aire entra en mi pecho rascando las paredes de los pulmones, como aquella vez que subí al Teide. Siento una ligera presión en las orejas y en la nuca. Empiezo a sudar. 
Qué raro, la temperatura no es alta, todo lo contrario.

El coche no abre con el mando a distancia, tampoco al accionar la manecilla a pesar de estar justo al lado. Miro a derecha y a izquierda, no hay nadie. Sigo sudando y me siento cansado. Mi cerebro parece que todavía no se ha espabilado.
—Espero que el día termine mejor de cómo ha empezado.
Extraigo la llave que está embutida en el mando y abro el coche a la antigua usanza. Acciono el contacto y el coche ni se entera.
—Dios mío, … no puede ser, pero ¿qué pasa?

Salgo del coche y corro hacia la carretera. Paso por delante del supermercado y está cerrado; la residencia de ancianos no tiene las puertas abiertas; el bar de Manolo no tiene subida la persiana y los chinos también parecen cerrados…
—¿Los chinos cerrados? Ni en el día del juicio final cerrarían.

Me detengo. Me limpio el sudor con la manga del jersey y respiro intentando recuperarme. Saco el teléfono de mi bolsillo. Sigue sin cobertura.

Desde el alto de la calle observo la carretera. La M-501 es una carretera transitada, y más a estas horas, hoy no. Ni un solo vehículo, ni sonido de que se aproxime alguno.
—Es como una pesadilla, … no puede ser.

A lo lejos, posiblemente a un par de kilómetros, parece que un coche blanco está detenido en el carril derecho, ligeramente cruzado. Bajo la calle corriendo hacia la vía de servicio.

Las lluvias han dejado a la vía de servicio como un fangal y se hace difícil andar por ella, pero más difícil es saltar la valla metálica que separa la vía de la carretera. A pesar de que mis zapatos parecen pegarse al camino, corro con la pereza que me obliga el extraño cansancio.

El coche ya se ha hecho más grande a la vista. Todas las puertas parecen cerradas y ni siquiera está señalizado el accidente.
No aparece ningún otro coche. Como si estuviera cortada la carretera en ambos sentidos.
—Todo esto me recuerda a una catástrofe peliculera en la que se ha evacuado a todo el mundo.

Llego a la altura del coche, pero la valla de acceso a la autovía me impide acercarme. Me inclino ligeramente, flexiono las rodillas y pongo mis manos en ellas.
—Tengo que ponerme en forma. Mi cuerpo expulsa agua como si lloviera hacia fuera, es bestial.
Recupero la verticalidad y miro hacia todos lados. Nadie ni nada que me aleje de la soledad.

No puedo romper la valla y mi agilidad para trepar y saltar se perdió hace años.
Tras una vista rápida, veo una pequeña cavidad entre la valla y el fangoso suelo.
El desnivel del terreno me ayudará.
—Joder, me va a tocar hacer la lagartija.
Con la espalda en el suelo, consigo meter la cabeza por el hueco. Ayudado por las manos, empujo la valla y el resto del cuerpo se desliza sobre el barro hasta pasar al otro lado.
Me levanto, me sacudo ligeramente, aunque solo sirva para mancharme más las manos.
Salto el quitamiedos y voy hacia el coche.
La puerta del conductor no está cerrada del todo. En el asiento del copiloto hay un bolso, una mochila infantil del colegio, unas galletas y una botella de agua.

Miro alrededor buscando algún signo de presencia humana o señal de que alguien ha estado por aquí. Ni rastro. Intento no ponerme más nervioso y razonar.
—Han debido marcharse precipitadamente… no lo entiendo, no se han llevado ni el bolso.
Abro la puerta del copiloto y cojo el agua y las galletas.
—Supongo que no las necesitaréis… espero que estéis bien.

El miedo ha explotado en forma de escalofríos y temblores. Sigo sudando muchísimo, pero el silencio es helador. Saco el teléfono del bolsillo del pantalón. Sigue sin cobertura.

La vista se detiene en el poste del kilometraje de la autovía. Kilómetro diecinueve setecientos, a casi diecisiete de mis hijos y exmujer.

Una convulsión me hace perder el equilibrio y caigo al suelo. Me incorporo. Miro al cielo, ligeramente rojizo, parece que va a nevar.

En mi retina aparecen unos dígitos, como un reloj, 02:59:59; 02:59:58; 02:59:57…

—¿Qué está pasando?



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