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domingo, 22 de octubre de 2017

MIND UPLOADING







Auditorio de la Fundación GO.
En el centro del estrado un hombre de mediana edad levanta las manos reclamando nuestra atención.

—Señoras y señores. Les pido un aplauso para nuestro presidente, Dmitry Mask.

Al unísono, los asistentes se levantan y baten las manos con admiración. El señor Mask es el mecenas más importante del mundo y por ese motivo estoy en el auditorio.
Aparece por un extremo sin iluminar. Su traje azul oscuro, de una sola pieza, realza su paso firme y acompasado. Llega al estrado y estrecha la mano del speaker. Sonríe, se le nota feliz.
—Gracias Bill —dice al separarse de él.
Reacio a dejar el escenario, Bill añade.
—El señor Mask nos honrará con la lectura de los finalistas a la beca 10.
Ahora sí, Bill se marcha.
Dmitry bebe un poco de agua del vaso que hay en el atril. Deja el vaso, apoya sus manos en los extremos de la mesilla y se toma unos segundos para observarnos. Extrae algo parecido unas gafas y se las pone.
—Gracias por venir. Es un placer informarles de la identidad de los tres finalistas a la beca 10. Antes quiero hacerles patente la dificultad para elegir solo tres proyectos de los quinientos ochenta presentados. La humanidad puede estar satisfecha de esta generación de científicos.

Aplausos.

—El orden es aleatorio y no significa preferencia alguna. Los tres parten con las mismas oportunidades. Empecemos.

Se lleva la mano al bolsillo superior de su traje y saca algo parecido a unos sobres. Extrae una lámina translucida del primero y vuelve a tomarse unos segundos para observarnos. El silencio es absoluto.
Proyecto “Instant communications with interplanetary colonies” de la hindú Zahra Desai, de la University of Madras, consistente en el descifrado de la información de los fotones que corresponden a un solo estado cuántico conjunto.

Aplausos.

Dmitry coge el segundo sobre, se ajusta las lentes y levanta la vista de la lámina.

—Proyecto Immortality. Genetic manipulation” de la malasia Suhana Chandra de la Universiti Putra Malaysia (UPM), que se centra en la reprogramación de una célula normal para convertirla en una célula madre capaz de dividirse y mutar su naturaleza.

Aplausos.

El presidente coge el tercer sobre y ya no me quedan uñas. Es la última oportunidad de oír mi nombre.
El señor Mask extrae la tercera lámina del sobre y dice:

Proyecto “Mind uploader” de la española Alma Avalos de la Universidad Politécnica de Catalunya (Informática) y Universidad Complutense de Madrid (Física), sobre la transferencia mental como continuación del yo hasta el transvase a otro cuerpo humano, o ente.

Aplausos.

Casi inaudible el presidente añade:
—Se abre el periodo de votaciones. Buenas noches.
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La ganadora de la beca 10 fue la hindú Zahara Desai. Estaba cantado, era el proyecto más comercial y el más útil para la colonia marciana. El lobby marciano tenía mucho poder en la fundación GO, por algo era su segundo máximo valedor económico.

Lo peor no fue perder la oportunidad de mi vida, lo peor fue el accésit con el que premiaron a la malasia Suhana Chandra. Eso incrementó mi castigo interno, era la condena definitiva a mi proyecto y el olvido de mí persona.

El recuerdo de la ilusión con la que recibí la carta como finalista de la beca 10, no atenuaba mi frustración. La ganadora conseguiría una beca de ensueño: la financiación y el equipo técnico-científico necesario para desarrollar su proyecto durante diez años.

Aquellos hechos marcaron mi vida, en realidad marcaron mi mente con un dolor impensado, con un sufrimiento profundo que me impedía pensar en el futuro.

Pero la vida es lo que tiene, cuando todo sale mal… todavía puede empeorar. La humillación fue máxima, por lo menos eso pensé en ese instante, cuando me propusieron trabajar en la creación del software que debía desarrollar las simulaciones de reprogramación genética del proyecto “Immortality. Genetic manipulation” de Suhana. Fue ella la que se empeñó en contratarme.

Me envío una preciosa comunicación glosando mis logros y su admiración por mis trabajos. Mi ego suturó mi odio hacia ella, que yo sabía que no merecía, y accedí a visitarla en su despacho privado.

Suhana vestía una camiseta negra, unos pantalones negros y una coleta que sujetaba su pelo negro como el carbón. Al entrar yo, ella se levantó de su silla dejando atrás una mesa repleta de pantallas.

—Hola Alma, muchas gracias por venir.
Sus dientes blancos parecían ser los que hablaban, en contraste con su piel oscura. Después de un cálido abrazo, con su mano, me señaló una silla al lado de la suya para que me sentara.
—Gracias por citarme Suhana… estoy un poco desubicada con tu ofrecimiento
No me dejó terminar.
—Alma, no existe nadie con tu preparación para desarrollar ese software de simulación. He consultado con varios expertos y todos concluyen que tú eres la persona adecuada.

Es muy probable que tuviera razón, pero habíamos sido enemigas y yo había perdido. Suhana adivinó, en mi silencio, mis pensamientos.

—No debes pensar en que hemos sido rivales. En el plano más positivo para ti, vas a poder acceder a tecnología de primer orden y eso puede ayudarte en tus proyectos.
Me guiñó un ojo del modo más atractivo y cómplice posible.
—Te invito a cenar.
No pude articular palabra y ella, ni siquiera esperó mi respuesta, me cogió de la mano y me arrastró fuera del despacho.

Nos casamos tres meses más tarde y me convertí en su “ampliación de memoria”, las dos fuimos una sola mente.
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Transcurridos treinta años, el proyecto de Suhana aportó avances en cuanto a la longevidad humana, pero la inmortalidad todavía estaba lejos de ser alcanzada.
A pesar de todo, la financiación seguía alimentando el proyecto, los resultados eran lo suficientemente interesantes para los mentores. El equipo científico que continuaba el legado de mi mujer era de primer orden y ya no me necesitaban.
Mientras esparcía las cenizas de Suhana en los jardines del complejo “Chandra” decidí que era el momento de hacer lo que no pude hacer con ella.

Durante nuestra convivencia, Suhana me permitió tener mi espacio individual. Me dio la libertad para desarrollar mis inquietudes. Creé un software que realizaba el seguimiento de mis redes sociales, correos electrónicos, llamadas telefónicas, apps, juegos, agenda, ubicación. Es decir, toda la huella digital.
También creé un Avatar que chateaba conmigo con la intención de dar sentido a los datos recogidos en todo el proceso y fabricaba un espejo de mis emociones, sentimientos y reacciones.
Con los datos recogidos por el Avatar, se generaron unos patrones que se transferirían a un software que replicaría la información a un molde neuronal y que culminaría con el trasvase final.
Hice lo mismo con Suhana, pero ella se lo tomo como un juego y siempre pensé que lo hacía más por mí por ella.


Suhana se infectó manipulando un cóctel de virus que intentaba desactivar. Afortunadamente se dio cuenta y se encerró en la sala de cuarentena para proteger al Complejo. Y allí la encontré cuando fui a recogerla para ir a cenar. Me miró con sus ojos negros y nuestras manos se unieron sobre el cristal.
—No te preocupes mi amor, será rápido —dijo.
Yo no paraba de llorar, casi no la veía.
Suha, podemos intentarlo, —grité, golpeando el cristal.
Ella me miró, sus ojos negros pasaron al blanco y se desmayó.
Yo gritaba mientras varias personas me sacaban fuera del laboratorio.

Suhana entró en coma y ya no despertó.


Es hora de dejar los recuerdos atrás y finalizar mi proyecto.
Sola, acostada en la camilla y conectada con los ordenadores, me dispongo a dormir. Cuando mi sueño entre en la fase REM se activará el protocolo de transferencia.

Me despierto, en realidad no, estoy consciente. No tengo cuerpo, pero me siento succionada. Todo es negro. No existe ningún punto de referencia para calcular mi velocidad de desplazamiento. Percibo como atravieso capas que disminuyen mi velocidad. Asimilo recuerdos, sensaciones, reacciones… y vuelvo a acelerar. El desplazamiento sigue a otra capa y otra y otra más. El movimiento es global, total, “¡no, no me desplazo, estoy expandiéndome como la explosión de una supernova!”

Me detengo. No veo nada, todo es oscuro, negro. Estoy viva, pero no sé dónde estoy.


Mi experimento ha tenido éxito, un éxito que necesito compartir con la humanidad, aunque todavía no sé cómo hacerlo.

jueves, 13 de julio de 2017

¿FUTURO?




Estocolmo, 10 de diciembre de 2030

El profesor Drexler no sabe a quién mirar ni a quién atender.
Preguntas, abrazos, sonrisas de satisfacción, miradas cómplices, choques de manos, palmadas en la espalda.

—Enhorabuena profesor es usted un genio.
—El Nobel más merecido de los últimos años.
—Grande muy grande, profesor.
Y muchas más felicitaciones que no es capaz de entender.

Comienza a sudar, aunque la temperatura es agradable, teme manchar su camisa y el frac. Con la mirada busca a Adela, su becaria y su alumna más aventajada.

Adela interpreta el lenguaje corporal del viejo profesor y va en su ayuda.
—Profesor, el Rey le reclama para su discurso.
Adela coge al profesor por el brazo y lo empuja hacia la sala Real.

El profesor sigue con la sonrisa en sus labios, pero consigue agradecer la acción.
—Gracias Adela, me faltaba el aire y estaba a punto de desmayarme.

La sonrisa forzada que dibujaba la cara del profesor se borra después de varias horas. Cae en la cuenta de que le duele hasta la comisura de los labios.

Adela abre la puerta de la sala y el Rey Gustavo de Suecia les espera de pie, junto al gran ventanal en el que se reflejan las luces del exterior.
—Majestad.
El saludo se acompaña por una ligera inclinación de cabeza por parte de Adela.

El profesor no se detiene y extiende la mano que no es rechazada por el anciano Rey.
—Jajaja. En 86 años que tengo, nunca nadie me había estrechado la mano como lo hace usted, profesor.
El profesor se sonroja, gesticula e intenta pronunciar alguna palabra. El Rey le interrumpe.
—Profesor, no se preocupe, no tiene importancia. Le he llamado porque me gustaría que improvisara un pequeño discurso justo antes de los postres. Un mensaje de concienciación medio ambiental que los dos mil invitados puedan transmitir a sus gobiernos, un mensaje que sea transmitido por los medios de comunicación del mundo, como el mensaje de un premio Nobel a la humanidad.

El profesor, para horror de Adela, se toma unos segundos de reflexión.
—Majestad, tenemos la misma edad, ¿cree que alguien hará caso a un par de vejestorios?
Adela se tapa la boca ahogando una carcajada, mientras los dos ancianos ríen.



—“… y podemos decir, con absoluta rotundidad, que el cáncer, en cualquiera de sus manifestaciones, ha sido derrotado. Aun así, deberemos seguir realizando las analíticas pertinentes para su detección, con el fin de que los nanorrobots hagan su trabajo en asociación con nuestros leucocitos”.

El profesor detiene el speech para tomar algo de aire.

“Pero de poco servirán estos avances en medicina si no somos capaces de detener el daño que estamos infringiendo al planeta, es por ello, que desde esta tribuna solicito la cura que necesita el planeta para no destruirnos a nosotros mismos. Y esa cura no es una medicina, no, es mucho más simple, solo hemos de concienciarnos y juntos, exigir a las grandes corporaciones y a los gobernantes que pronto no habrá forma de enriquecerse a costa de los ciudadanos… la humanidad dejará de existir gracias a unos pocos. Por favor, el futuro está en vuestras manos.”  

El rey Gustavo se levanta y avanza el aplauso general.




La cena llega a su fin. El doctor Marcus Steiner, uno de los compañeros de mesa, se ofrece a llevarle al hotel en su coche.
—Profesor, sería un placer acompañarle al hotel en mi coche. Fuera nos espera mi chofer.

El profesor Drexler no conoce al doctor Steiner, pero accede. Se extraña de que el doctor le haga ese ofrecimiento después de estar toda la noche tan poco participativo en las conversaciones. Sacude ligeramente la cabeza.

—Gracias Marcus, será un placer poder continuar charlando con usted.

El profesor, al sentarse en la parte trasera del Rolls se duerme en el acto.

Despierta algo desorientado, sentado en una silla y en una sala rodeado varias personas.
—¡Vaya!, o mi habitación ha crecido en mi ausencia o no estamos en el hotel.

Un anciano que rivaliza en edad con él mismo se levanta de la silla, pone las manos sobre la mesa y habla llenando la sala con su voz grave.
—Profesor Drexler somos los dirigentes del “VHEMT”*.

*VMEHT (MOVIMIENTO POR LA EXTINCIÓN HUMANA VOLUNTARIA)
El VHEMT por sus siglas en inglés (Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria), es un movimiento ambiental que pide a la gente que se abstenga de reproducirse para así provocar la extinción gradual del ser humano, y evitar en el futuro una catástrofe digna de la mejor ficción apocalíptica. Su lema es “que vivamos largo tiempo y luego desaparezcamos”

Silencio.

—Conozco su movimiento, pero yo intento curar enfermos y alargar la vida en calidad y cantidad, parece que somos algo antagonistas en nuestras ideas, ¿no?
El profesor habla sin levantarse, parece algo mareado. Deduce que le han drogado.

—Profesor, —continua el anciano— usted, como todos nosotros, sabe que el ser humano va a matar este planeta, nosotros abogamos por una reducción paulatina del ser humano hasta la extinción, de esta forma evitaremos una catástrofe en el planeta y nuevas formas de vida se generarán en un planeta sano y recuperado…

El profesor interrumpe al anciano.
—Señor, discúlpeme, yo no opino como ustedes. Confío en el ser humano.

—Profesor, aceptamos ese desacuerdo, pero vamos a utilizar sus investigaciones y resultados en beneficio del planeta y de las posibles humanidades venideras. Vamos a crear nanorrobots que esterilicen a todo ser humano viviente. Usted puede unirse y capitanear el equipo o bien no hacerlo.

Asustado por el cariz que toma la situación, intenta ganar tiempo.
—¿Puedo pensarlo? —pregunta sin convicción.

—Por supuesto.
Los doce integrantes de la mesa, y el anciano, se levantan desapareciendo por el fondo de la sala.

A los pocos segundos, una figura femenina aparece por el mismo sitio.
—¿Profesor?

—¿Adela? —Se levanta como impulsado por un muelle.

—Si, soy yo.

—Pero…

—Profesor, no se preocupe, nadie va a hacerle daño.

—No me preocupo, a mi edad no hay daño posible.
Sabe que le escuchan e intenta aparentar dureza.

—Profesor Drexler, mi experiencia como becaria en su grupo ha sido enriquecedora…
El profesor interrumpe.

—Sospecho que poco tienes de becaria.

—Si, es cierto. A pesar de mi juventud la nanotecnología molecular y la biología asociada a esta son mi vida.

—¿Has venido a convencerme, Adela?

—No necesariamente. Disponemos de todos los archivos correspondientes a los estudios y he configurado un nuevo equipo. Algunos de sus integrantes son conocidos por usted.

—Pero, la documentación es reservada. está en manos del Gobierno y con acceso limitado a unas pocas personas. ¿Cómo es posible?

—Se me ha olvidado comentarle que la informática tampoco tiene muchos secretos para mí. Además, mi trabajo de becaria en su proyecto me permitió aprender mucho.

Silencio y miradas directas a los ojos. Adela no puede aguantar más la presión de los ojos del profesor Drexler.

-Isaac las cosas están así, con usted en el equipo se reducirán los tiempos, sin usted lo conseguiremos, aunque tardaremos más. Usted elige, no obligue a elegir a mi abuelo.

—Si eso es verdad, ¿para qué me necesitan? El tiempo no debe ser un factor que les preocupe, ¿no?

Adela se marcha por donde entró y apaga la luz. Silencio, oscuridad y reflexión.




El profesor, se cansa del duermevela de toda la noche. Se levanta y a oscuras intenta recordar donde están la sillas y mesas de la sala para moverse un poco, pero no le da tiempo. Regresa la luz y vuelven los integrantes del “VHEMT”, capitaneados por el anciano que habló ayer.

Una vez toman asiento alrededor del profesor, el anciano vuelve a hablar.

—Profesor, en unos instantes le traerán algo para desayunar. Antes nos gustaría conocer su decisión.

—Si, la he tomado.
Una sonrisa adorna el arrugado rostro del profesor Drexler.

El abuelo de Adela ofrece la mano derecha al profesor en un gesto invitándole a hablar.

—Señores, les ayudaré. Tal vez sea la solución para que el planeta no muera con nosotros, pero la humanidad debe tener la oportunidad de salvarse.

Se percibe un ligero suspiro general.

—¿Cómo profesor? —pregunta el abuelo de Adela. Visiblemente más relajado.

—Dependiendo del equipo del que disponga, la consecución de la fórmula para la esterilización humana no será inferior a tres años. Durante ese tiempo trabajaré alejado del mundo concentrado en ello, pero los gobernantes deben ser informados de esta situación y tendrán la oportunidad de revertirla.

—Profesor, eso no funcionará. Lo hemos intentado de todas las formas posibles.

—Cierto, pero ahora dispondrán de un arma que podrán usar sin pedir permiso. Los gobiernos mundiales firmaran un documento con los compromisos que nosotros les expongamos y si los respetan… vivirán. Señores estas son mis condiciones. Por cierto, mi vejiga ya no aguanta más.




Algún lugar de la Tierra, 10 de diciembre de 2033


Los 89 años pesan mucho. El profesor se siente cansado, consumido. No sabe si es más una cuestión biológica o un deseo: su vida se está acabando.

Como todas las mañanas, de los últimos tres años, llega al laboratorio el primero, a pesar de la merma en su desplazamiento. En dos años, la artrosis de su pierna derecha ha pasado de ligera cojera a total inmovilidad. Renunció a una silla de ruedas por un garrote de aluminio endurecido porque decía que se movería más rápido, no lamenta su decisión.

La IA, ante su presencia, enciende las luces, abre las ventanas y saluda al profesor.
—Buenos días, profesor.

El anciano no contesta y entra con rapidez, igual que todas las mañanas.
Hoy es el día en el que cumplirá su compromiso. El arma esterilizadora está lista y en una hora se hará oficial a todos los miembros de la “VHEMT”.
Se detiene ante el gran ventanal. Observa la inmensidad del cielo, nubes y más nubes.

Tres años en el interior de la bóveda, relacionándose con un pequeño grupo de personas, sin recibir información del exterior; concentrado en su trabajo, el que no deseaba pero que se vio forzado a realizar.

El bastón se queda apoyado en la pared. Lo mira y sonríe, ya no lo necesita.

Vuelve sobre sus pasos y le dedica una mirada a las impolutas mesas, a las pantallas, al techo, a las paredes… a los refrigeradores con su creación; ese líquido repleto de nanomáquinas dispuestas a ejecutar las órdenes que transportan en sus circuitos

Cierra los ojos; sabe que no volverá. Sabe que su trabajo ha terminado y que él ya es prescindible y también sabe que la “VHEMT” no va a cumplir su pacto y no va a informar a los gobiernos.
Lo supo desde la muerte del abuelo de Adela, cuando Adela fue nombrada la “jefa”. Siempre sonriente y repleta de frases cariñosas para él, pero sus ojos no mentían.


Sala del acontecimiento

El profesor es acompañado por uno de los asistentes hacia el estrado. La lentitud de su desplazamiento es deliberada, quiere ser el dueño del tiempo.

Cuatro mil ojos, todos los integrantes del “VHEMT” a nivel mundial, lo observan y se impacientan.

El acompañante deja al profesor en la tarima. El profesor apoya las manos en el atril y mira a Adela y a su reloj.

—Estimados todos. En quince segundos recibirán lo que se merecen, aunque no lo que esperan.

Vuelve a mirar a Adela. Sus miradas se cruzan, uno sonríe; la otra grita mientras se levanta de la silla. Corre hacia la tarima, pero su cuerpo se detiene y se envuelve de rojo y amarillo.
Todo es rojo y amarillo… hasta virar al negro.
El bastón ha hecho su trabajo.