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viernes, 14 de diciembre de 2018

FEMBOT 2.0



ADIÓS

El autogiro se dirige hacia el destino programado. Desde el exterior parece una bala surcando el cielo sin dejar rastro.
A pesar de la velocidad el silencio en el interior de la cabina es sepulcral.
Mikel deja de bucear en el pequeño charco que sus lágrimas han creado a sus pies. Seca sus ojos con la manga del jersey y mira a su madre. Ella sigue con la mirada perdida hacía un infinito inexistente en la pared de la nave.
Iván sorbe su nariz con un sonido sordo. Ya no le quedan lágrimas que derramar. Su abuelo era un todo para él: padre, madre, amigo y sobre todo ABUELO. Un hombre sabio, el consejero certero que siempre estaba en el lugar y en el momento preciso.
Huérfano del faro que le guiaba sabe que ha llegado la hora de navegar solo.
—“¡Cómo te voy a echar de menos!” —grita en el interior de su corazón.

El autogiro se detiene en el aire como el perfecto vuelo cernido del ave que sincroniza el ataque a su presa.
El copiloto se levanta del puesto de control y hace una señal. Mikel comprende que ya han llegado a su destino y se libera del arnés de seguridad. Se levanta de su asiento en dirección al que ocupa su madre. Se arrodilla delante de ella y le acaricia el rostro con suavidad.
—Mamá, ya es la hora —susurra Mikel.
Mercedes alza la cabeza, mira a su hijo y a su nieto, con esa mirada del que no sabe que pasa ni dónde está. Iván se acerca a ellos con pasos vacilantes, un poco mareado todavía y ayuda a su padre a liberar a la abuela de los cinturones de seguridad.
Mercedes parece recuperar el control y les muestra lo que lleva acunado en sus brazos.
—El abuelo sería feliz de vernos a los tres juntos en su despedida —dice acongojada.
—Claro que sí mamá —contesta Mikel esforzándose por contener sus emociones.
Las lágrimas vuelven a brotar en los seis ojos a la vez.
Mercedes se levanta y con una ligera cojera se dirige a la pasarela del autogiro para acceder al exterior. Mikel e Iván la sujetan por los brazos con una presión casi inexistente. Ante la puerta de acceso exterior, el copiloto les espera con algo parecido a unas gafas de sol de aviador antiguo y una casaca térmica con arnés que deben ponerse antes de salir. Una vez equipados, el copiloto les coloca los anclajes de sujeción del arnés a la barra de la pasarela y la puerta se abre.
La luz y el viento se unen al momento. El viento les golpea en la cara con la misma fuerza que una brisa marina, esa brisa que trae el olor a mar, la mar de las vacaciones en Asturias, esas que ya nunca serán igual.
Mercedes reúne toda la energía que le queda para levantar la urna y grita al cielo:
—Juanjo, ¿te acuerdas de nuestra promesa?... “Siempre estaremos juntos incluso en el día que nos tengamos que marchar” … El destino no ha querido que cumpliéramos nuestro deseo… y decidió que tu vida tenía que terminar antes de tiempo… —Mercedes esboza una sonrisa forzada mirando a sus seres más queridos. —Hoy tu hijo Mikel, tu nieto Iván y yo te despedimos… y te digo… hasta pronto, te quiero Juanjo.
Los tres al unísono colocan sus manos en la urna, la tapa se abre mientras retiran sus manos. El polvo grisáceo se escapa volando como la alargada sombra que busca refugio entre las nubes.

INTENTO

Una vez han dejado a la abuela en su casa, Mikel e Iván llegan a la suya.
El silencio sigue presente entre padre e hijo después del triste acto.
Es Mikel quién lo rompe en cuanto llegan a la cocina.
—¿Tienes hambre Iván?
Iván se sienta en una de las sillas de la cocina mientras parece concentrado en algo. Tras unos segundos contesta:
—Papá, estoy preocupado por la abuela.
—Yo también Iván —dice Mikel mientras se sienta en la otra silla.
—Pero ¿te diste cuenta de lo que dijo? —Iván insiste.
—¿A qué te refieres? —pregunta el padre.
—Papá, antes de abrir la urna la abuela murmuró “…hasta pronto…” —tartamudea Iván.
—¿Y cuál es el problema? Ella es mayor y sabe que…
Mikel interrumpe la frase, se levanta de la silla y coge las llaves del auto.
—Ven conmigo, vamos a por la abuela —decide Mikel.

La IA avisa a Mercedes.
—Su hijo Mikel y su nieto Iván solicitan entrar.
La abuela se sobresalta y esconde el coctel de fármacos que estaba preparando en el cajón de la mesa de la cocina. Se recompone la bata de andar por casa y se atusa el pelo.
—Déjales entrar —ordena a la IA mientras se acomoda en el sofá del salón y activa su música— ¡Escuchar Tschaikowsky, El Cascanueces!
Iván entra el primero y corre hasta el salón.
—Hola abuela —dice apurado Iván.
Mikel aparece tras Iván con cara de preocupación.
—Hola chicos, ¿ocurre algo? No hace ni una hora que hemos vuelto de…
—No pasa nada mamá —replica Mikel— la verdad es que hemos llegado a casa y no queríamos comer solos, ¿nos invitas? —miente indeciso.
—Claro que si chicos. ¡Fuera música! —ordena Mercedes mientras se levanta para dirigirse a la cocina.
Mikel e Iván la acompañan un par de pasos por detrás.
—Abuela, ¿tienes macarrones? —comenta Iván relamiéndose.
—Sí, ¿tú también quieres Mikel? —propone Mercedes sin querer mirarle a la cara.
—Gracias mamá —susurra Mikel.
Mercedes teclea en la pared de la despensa y en pocos segundos aparecen tres humeantes platos de macarrones carbonara en la bandeja de salida.
Iván abre el cajón de la mesa para coger los cubiertos y no llega a cogerlos. Mira a su padre con la boca abierta mientras Mercedes corre llorando hacia el salón.

SOLUCIÓN

—Mamá ya lo hemos hablado, necesitas ayuda para superar tu depresión.
Mercedes no responde, mientras Mikel ordena la dirección de destino a su vehículo.
—BOTCORP, Torre Asimov. Despacho Reventlov
El auto inicia la marcha incorporándose a la carretera de acceso al aeropuerto en busca de su destino.
—Te sugerí que contratáramos una persona para que estuviera contigo las veinticuatro horas del día. Me dijiste que no querías convivir con nadie —asevera Mikel retirando la vista de la pantalla.

Mientras atraviesan la radial exterior a Nueva Madrid, Mercedes sigue sin hablar. Su rostro tiene unas ojeras muy marcadas y los labios apretados.
—Mamá, por favor. Es la mejor solución. Tendrás compañía y ayuda. No es un vigilante, es un cuidador —asegura Mikel.
Durante quince largos minutos el silencio fue el tercer ocupante del auto.
Mikel rompe el incómodo silencio y mira a su madre a los ojos.
—Es por tu bien.
Mercedes no contesta mientras acceden al túnel de acceso del complejo empresarial BOTCORP.

Señora Duque… doña Mercedes, —la mirada de Mikel ha sido suficiente para que el comercial rectificara— puede elegir entre androide o ginoide.
—¿Cuál es la diferencia? —pregunta Mercedes.
—Las dos opciones son robots humanoides. Ginoide o fembot se refiere a la apariencia femenina y androide a la masculina, —comenta el asesor a la vez que activa una holopantalla delante de la mesa que ocupan —como observa en las imágenes la diferencia es morfológica, por lo demás son programables según las características y requisitos que se demanden. Doña Mercedes ¿qué es lo que precisa? —dice el asesor mientras consulta el formulario que cumplimentó Mikel.
—No sé… —contesta dubitativa Mercedes.
El asesor no le permite continuar alertado por una ligera tos de Mikel.
—Disculpen debería haber leído antes el formulario. Tenemos muy claro que es lo que precisan, aun así, doña Mercedes, debe elegir la apariencia del bot.
—Gi… Fembot. Decide Mercedes.
—Estupendo doña Mercedes —Pelotea el asesor. —Están de moda las fembot con aspecto asiático. Los psicólogos consideran que transmite más tranquilidad y equilibrio…
Interviene Mikel ante el desconcierto patente en el rostro de su madre.
—Sí, asiática es buena idea. Por favor continúe. —Presiona Mikel.
La verdad es que Mikel no tiene ninguna preferencia, sabe que su madre lo está pasando mal y desea terminar cuanto antes.
—Además esta serie dispone de una programación especial para el cuidado de personas…
Mikel vuelve a toser y el asesor entiende el mensaje.
—Para finalizar solo necesito que me diga el nombre al que ella responderá.
Mercedes piensa unos segundos y se decide:
—Anita.

ENTREGA Y PUESTA A PUNTO

El personal de BOTCORP deposita el cuerpo inerte de la fembot en el sofá del salón.
Mikel y Mercedes la observan mientras los operarios la manipulan. La apariencia humana es perfecta, indistinguible de cualquier otra persona. Parece dormida con aspecto de tranquilidad total.
Uno de los operarios, un tal Antonio, despide a los otros dos y se queda al mando de una pequeña pantalla. Muy serio teclea y queda a la espera de respuesta. Unos pocos segundos después nos mira con una sonrisa. Parece que todo ha ido bien.
—Doña Mercedes, desde está tableta —el técnico muestra la pequeña herramienta a Mercedes —podrá acceder a… —consulta en ella —Anita. Podrá activarla, ponerla en posición carga, desactivarla, reprogramarla…
Mikel interviene.
—No se preocupe Antonio, la queremos en posición automática, de forma que la recarga se haga cuando sea necesario y nunca haya una desconexión total.
—Perfecto señor. Una vez aplicado ese formato solo podrá cambiarse a través del código de acceso original del que ustedes disponen en el contrato suscrito con mi empresa. Si están conformes procedo a la activación del modo AUTO.
Mercedes observa a Mikel y él es quién habla.
—Adelante.
—Bien —dice el técnico manipulando la tableta —en estos momentos se está completando el primer ciclo de carga para su funcionamiento, este proceso se repetirá cuando su carga llegue al mínimo del doce por ciento, dicha carga se ejecutará a través de cualquier punto inalámbrico de acceso de red. No se preocupen por la seguridad, el sistema utilizado por el enrutador de… —vuelve a mirar la tableta —Anita para la conexión, tanto de carga como de volcado de datos, está basado en la criptografía de la identidad, un tipo de criptografía asimétrica que convierte al dispositivo en único y no crackeable… Por cierto, si no modifican la configuración, la carga se efectuará con el equi… con Anita en marcha, sin desconexión y con sus facultades en pleno funcionamiento.
—Perfecto, —interrumpe Mikel —entendemos que una vez disponga de la carga total se activará y actuará según lo programado, ¿correcto?
—Si señor. Aproximadamente en dos horas se levantará del sofá, como si despertara de una siesta, les reconocerá e interactuará con ustedes como un miembro de la familia más.

ANITA

Y allí están Mikel y Mercedes, sentados en el sofá de enfrente del otro sofá donde está sentada Anita.
Mikel observa con atención a Dolores. Sus ojos cerrados con los párpados vibrando ligeramente, cejas poco pobladas, cutis liso y juvenil, pelo negro recogido con una coleta, labios rosados y finos que parecen sonreír. Sus manos, delicadas de dedos largos reposan en su regazo. Debajo de su vestido-pantalón se pueden apreciar sus brazos delgados y piernas estilizadas. Los pies están protegidos por unas botas negras que aparentan ser látex. Si fuera una mujer diría que está al límite de la delgadez, aun así, su cuerpo parece fibrado sugiriendo fuerza y potencia.

En un despiste de Mikel y Mercedes, Anita abre los ojos, parpadea repetidas veces y en silencio fija la mirada en Mercedes y luego en Mikel.
—Buenas tardes Mercedes. Hola Mikel.
Los dos dejan de hablar y giran la cabeza hacía la fembot y esos ojos grises y luminosos les absorben.
Mikel consigue articular algunas palabras.
—Ho-hola… Anita.
Mercedes no consigue cerrar su boca.
Anita desliza sus manos hasta las rodillas y con un impulso se incorpora del sofá.
—Mercedes, estoy a su disposición para lo que precise. Mi programación contiene los horarios y costumbres de las que ustedes informaron a BOTCORP. —Su voz es suave, amigable, clara y armoniosa. —Seguiré esas instrucciones y todas las que me den.
La IA de la casa interrumpe la conversación.
—Mercedes, Iván está en la puerta.
Por fin Mercedes reacciona.
—Déjale entrar.
Iván entra en la casa como si estuviera compitiendo en una carrera de cien metros lisos.
Cuando llega al salón frena casi derrapando.
—¡Uala! ¡qué guapa!
Mikel y Mercedes sonríen mirando a una inexpresiva Anita.

CONFESIONES

La visita a Mercedes se ha alargado más de lo esperado. La cena se ha terminado y Anita se dispone a recoger la mesa. Mikel se ofrece a ayudar. Iván hace ademán de levantarse y su padre niega con la cabeza.
—Iván, no hace falta que nos ayudes. Quédate con la abuela charlando mientras recogemos.
Mikel recoge la botella de agua y los tres vasos. Observa a Anita y su habilidad para llevar los platos, los cubiertos, el zumo, las servilletas, los manteles y las pastillas de su madre, todo a la vez.
—“¡Qué habilidad tiene Anita! A pesar de la carga su movimiento es ágil y firme”. —Piensa Mikel.
Anita entra en la cocina. Deja la carga encima de la mesa y se gira para recibir la de Mikel.
—No te preocupes ya la llevo yo —responde Mikel.
Anita pretende volver al salón, pero Mikel se lo impide.
—Espera unos segundos Anita.
Inexpresiva, Anita mira a Mikel.
—¿Necesitas mi ayuda Mikel? —comenta Anita.
—Necesito explicarte algo muy importante y necesito toda tu atención y compromiso. Sé que, en tu programación como en la de todos los bots, priman tres asuntos fundamentales: proteger a los humanos, obedecer sus órdenes y protegerte a ti misma.
—Así es Mikel.
—Bien Anita. ¿Si las órdenes que te dé un humano pretenden hacer daño a otra persona o a ella misma…?
Ni siquiera me deja terminar.
—Imposible procesar esas órdenes y por tanto no las puedo cumplir. Conozco el motivo principal por lo que estoy aquí. Dispongo de sensores que me permiten monitorizar las constantes vitales de las personas a distancia e interpretar las modificaciones que sufran. No permitiré que tu madre sufra ningún daño ni se lo autoinflija.
La programación de Anita incluye todas las respuestas e indicaciones que di en el cuestionario y en la entrevista personal con la psicóloga de BOTCORP, la doctora Calvin.
Es muy extraña la sensación de tranquilidad y paz que emana Anita. No recuerdo haber estado tan bien en las últimas horas como en la cena.
—Mucha gracias, Anita. Iván y yo nos quedamos más tranquilos. Puedes marcharte.
Mikel observa como sale de la cocina y juraría que ha sonreído.
—No es posible —Niega con la cabeza, mientras se sonríe de su ocurrencia. 

A SOLAS

Mercedes y Anita despiden a Mikel y a Iván en la puerta de la casa. El auto se aleja en silencio ganando velocidad hasta desparecer por la esquina de la calle.

La fembot cede el paso a Mercedes al interior de la vivienda. Una vez dentro, Mercedes cambia su semblante y pierde la sonrisa. Vuelven los labios apretados, la mirada perdida y los pensamientos sin futuro.
—Me voy a dormir, estoy cansada —murmura.
Mercedes no tiene más ganas de hablar, solo de descansar.
—Te acompaño y te ayudo Mercedes —contesta Anita.
Su voz ha sonado menos aséptica que de costumbre, ha sido contundente y a la vez sedante.
Se acuesta bajo la supervisión de una Anita que la observa en silencio.
A Mercedes le parece extraño que tras un día como este sea capaz de descansar, de poder dormir sin darle vueltas a la cabeza, de… los ojos ya no se le abren y la mente reposa.

Hace tiempo que no utiliza despertador, su reloj natural la despierta todos los días a las siete de la mañana. Pero hoy ha sido distinto, el despertar se ha acompañado a un olor peculiar: a tostadas recién hechas.
Mercedes se levanta. Va al baño. Al salir de él coge su bata y se dirige a la cocina, siguiendo el agradable efluvio del pan tostado y el sonido de su música preferida: Música de las Esferas de Mike Oldfield.
—Buenos días Mercedes, te he preparado el desayuno —dice Anita sin emoción.
—Hola Anita… ¿cómo has sabido que me estaba levantando y el desayuno que tomo? —dice una más que desconcertada Mercedes.
—El formulario que cumplimentasteis me ayuda a saber cosas sobre ti y tus hábitos sobre todo al principio. Después iré asimilando lo que ocurre día a día.
Mercedes se acomoda en la silla y la empuja hacia la mesa. Ahora, ya no solo el paladar se le hace agua, la vista lo incrementa a toda la boca: dos tostadas, mermelada de melocotón, mantequilla y zumo de naranja.
Anita se retira ligeramente dándole espacio a Mercedes.
Mientras desayuna, Mercedes tiene la sensación de que la bot ha sonreído.
—“No puede ser” —piensa mientras niega con la cabeza.

Quince agradables minutos se han terminado, los recuerdos del día anterior han vuelto llenar su mente. Ya no queda espacio para vivir la vida. Se lamenta que Juanjo ya no esté con ella, que no puedan seguir con sus planes, las vacaciones en la playa, el viaje soñado en el ascensor espacial…
—Mercedes ¿qué te apetece hacer hoy?
Mercedes alza la mirada del plato a la cara de Anita. Ha ocurrido algo muy extraño, ha pasado de querer morirse a sentir una ligera euforia. Ha dejado la tristeza a un lado para sentir ganas de vivir. Las tripas se remueven con sonoridad. Recuerda los paseos bajo la lluvia recibiendo el agua en su cara y oliendo la tierra mojada. Sola en la senda del campo, cerca de la casa de sus padres en Asturias. Observando a las ardillas que trepan nerviosas hacia sus agujeros para resguardarse de las primeras gotas. El verde en toda su extensión cromática, el de las hojas de los árboles, el de la hierba, el del moho de las rocas, el del agua estancada en el pequeño riachuelo… El conejo que la mira, moviendo su nariz con curiosidad antes de salir zumbando hacia uno de los numerosos agujeros que tiene cavados alrededor de la roca.

El flash desaparece. Se sorprende de no haber derramado las lágrimas que empezaban a asomar en sus ojos hace unos segundos. Ha oído la voz de Anita y todo ha cambiado.
—¿Q-qué? ¿cómo? —logra articular.

Ahora sí, Mercedes ve sonreír a Anita.


lunes, 19 de febrero de 2018

Tempus Fugit en el canal de @_RodVox






Cuento corto de José Cascales. Tomado con permiso de: https://josecascalescf.wordpress.com/... #JoseCascales #TempusFugit #RodVox --------------------------------------------------------------------------------------- Twitter: https://twitter.com/_RodVox Facebook: https://www.facebook.com/pg/RodVox08 Ivoox: https://us.ivoox.com/es/podcast-rodvo... --------------------------------------------------------------------------------------

sábado, 23 de diciembre de 2017

TEMPUS FUGIT



AL LÍMITE

Una mano aparece entre las sabanas para golpear al despertador. El pobre solo cumplía con su obligación, pero eso no le importa a Esteban, la resaca nubla la razón.
Abre los ojos e intenta recordar cómo y cuándo llegó a su casa, cuánto tiempo lleva durmiendo o con quién estuvo, si es que estuvo con alguien.
Se incorpora para ir al baño y se da cuenta de que las sábanas, están mojadas y huelen mal.
—Joder, me he meado encima.
Se tapa los ojos con las manos y arranca a llorar.
Un par de minutos más tarde, parece que sus ojos se han secado.
Baja las manos y se apoya en el colchón para levantarse, pero se tambalea y vuelve a sentarse en la cama. Esta vez toma mayor impulso y consigue levantarse. Se acerca al baño, apoyándose en las paredes y en el marco de la puerta.
Está seguro de que no va a acertar y decide sentarse en el váter. Cierra los ojos y sonríe.

Volviendo a la habitación tropieza con sus pantalones, se agacha y los recoge. Revisa su billetera y rebusca en su interior, cinco euros todo su capital.
Se viste y vuelve al baño. Se lava la cara. Ante el espejo, recuerda que hoy es el último día para abandonar su casa.
El casero le dio dos meses de tiempo para pagar el alquiler.
Cae en la cuenta de que ese es el tiempo que lleva solo, desde que Esther se marchó.
Dos meses. Dos meses, quince kilos menos, barba larga y desaliñada como nunca, ropa sucia y rota, zapatos roídos como sus calcetines; pero lo peor era su olor.
Se desviste y vuelve al baño a ducharse.
El agua caliente dejó de llegar hace un mes por impago y los recuerdos no se limpian con la ducha de agua fría.

La mañana del 25 de enero, Esteban se dirigía a la comisaria. Volvía de la redada en Trapattoni, la pizzería de los Lorenzo’s, el clan mafioso que proveía de droga a todo Aragón. Estaba orgulloso. Tras un mes infiltrado en el grupo, averiguó que el 24 de enero tendría lugar una reunión de todo el clan en la Trapattoni de Huesca y decidió que ese era el momento de intervenir. Parecía que iba a ser el golpe definitivo a los Lorenzo’s, pero algo salió mal y Lorenzo Santoro escapó.

Al entrar en la comisaria, sus compañeros dejaron sus quehaceres para mirarle.
Esteban observó a los que pudo y esas miradas le atravesaron el corazón.
Dos tipos muy trajeados, se levantaron de sus respectivas sillas y le enseñaron sus placas.
—Hola Esteban, somos de asuntos internos. Estás detenido como sospechoso de facilitar la huida de Santoro. Por favor, acompáñanos.
Y su mundo se derrumbó.

Baja las escaleras, se detiene en la portería y le coge un cigarro al portero. Sale a la calle y fija su vista en un banco del parque que hay frente a su edificio. Enciende el cigarro y, con los ojos cerrados, aspira todo el humo que le permiten sus pulmones. Lo mantiene dentro de ellos, todo el tiempo que puede, para que el intercambio gaseoso con la sangre sea lo más tóxico posible. Esa primera calada provoca una vuelta a la realidad en forma de tos. Cuando la tos se calma, mira el cigarro y lo tira lejos. Al levantarse del banco, ve un periódico en el suelo, lo recoge y se lo lleva para su casa. Tiene que hacer la mochila… aunque no sabe de qué la va a llenar.

En casa, por mucho que busca no encuentra ni un gramo de alcohol, solo botellas vacías. Se llena un vaso de agua y se sienta en la mesa del salón a leer el periódico. Empieza a leer al revés, desde la última página. Se detiene en las páginas de anuncios y contactos. Hace años leía los anuncios de contactos, y gracias a ellos encerró a varios tratantes de mujeres, macarras de mierda y algún pederasta. Hoy se detiene ante la sección laboral, en un anuncio un poco extraño:
“Se busca compañero para viajar en el tiempo. Esto no es un juego. La paga al volver. Te espero en la siguiente dirección: BAR EL VIAJERO, Paseo de los crononautas, S/N. 28690 Brunete. Puedes llevar tus propias armas. La seguridad no está garantizada, solo lo he hecho una vez. Joseph”

Suena el timbre. Esteban se levanta de la silla y la mira, su silla, la silla donde se sentaba a descansar cuando llegaba a casa después de una misión y repasaba sus acciones del día.
Se dirige a la puerta, mochila en mano. No utiliza la mirilla, de sobra sabe quién llama.
La puerta chirría como la de una casa abandonada.
—Hola Esteban.
—Hola Tomás.
Se miran a los ojos sin saber que decir. Tomás intenta romper el silencio
—Siento…
Esteban lo interrumpe.
—No hay nada que sentir Tomás, tú no tienes culpa de nada.
—Esteban, necesito los ingresos del alquiler…
—No te preocupes, Tomás. Lo entiendo. Gracias por todo.
Tomás le entrega un sobre y añade.
—Te devuelvo la fianza de un mes, son quinientos euros, haz buen uso de ellos.
Esteban los rechaza empujando con su mano la de Tomás.
—No seas tonto Esteban, cógelos y vete a Barcelona con tu mujer.
Esteban agarra el sobre y abraza a Tomás. Llorando le da las gracias, coge la mochila y baja las escaleras a toda prisa.


EL ENCUENTRO

Esteban baja del autobús, el 551 de la compañía Cevesa que tanto le costó encontrar en la estación de autobuses de Príncipe Pío. El autobús que se llevó su último euro.
La parada de Brunete está al borde de la carretera. Enfrente hay un supermercado Aldi y detrás de él un pequeño polígono industrial; todo cerrado menos un “chino”.
—Normal, hoy es domingo, dice para sí.
Desestima la posibilidad de preguntar en el “chino” por su destino y emprende la marcha hacia el centro urbano.
Mientras camina, su estómago le recuerda que no ha desayunado. Se detiene ante un grafiteado muro y se quita la mochila de la espalda. Saca el bocadillo y la botella de agua que compró en el tren. Sonríe, quita el papel de aluminio del “bocata” y se lo come mientras observa las casas cercanas.
Una vez saciado, se coloca la mochila y emprende la marcha guiado por un inconfundible olor a torreznos.

Ha llegado a “EL VIAJERO”.
Se dirige al camarero, pero no ya no le hace falta preguntar. Un tipo está sentado en una mesa ante un vaso vacío. Viste un abrigo tres cuartos de color negro, abotonado hasta el cuello, pantalón y deportivas del mismo color. Alza la vista hacia él y se levanta de la silla. Cara aniñada, con barba de pocos días, ojos marrones y pelo negro muy corto. Complexión delgada y estilizada. Parece un maldito Blade Runner de negro.
Se detiene ante él y sin dejar de mirarle a los ojos, habla:
—Acompáñame, Esteban.
Joseph se pone unas gafas negras mientras camina hacia el exterior del bar.
Esteban no puede ni hablar. Le sigue como un cerdito al matadero. Al salir, el tipo se acerca a un BMW negro que está aparcado delante del bar. Abre la puerta del conductor y se mete dentro. Sin pensarlo, Esteban abre la del copiloto y se sienta a su lado.
El coche arranca con potencia, pero sin mucho ruido.
Siguen en silencio mientras el coche circula por las calles del pueblo. Se incorporan a una rotonda y enfilan rumbo a una urbanización. El tipo mira hacia delante, concentrado en la conducción, sin hablar. Una vez llegan a la urbanización, el coche gira bruscamente a la derecha y aumenta la velocidad por el camino de tierra. Joseph sigue mirando al frente, inexpresivo.
El coche frena con firmeza, pero sin brusquedad. Rodeados de polvo en el exterior, el tipo se quita las gafas y habla.
—Esteban, el periódico lo puse en el banco para ti.
Por fin puede vencer el bloqueo y le contesta.
—¿Por qué?, ¿qué quieres de mí? —dice Esteban.
El rostro serio y frío de Joseph muta hacia una leve sonrisa.
—Sabía que vendrías. Tú eres mi pasado y yo soy tu futuro, Esteban.
—Estimado Joseph, todavía no sé qué cojones me ha traído hasta aquí, pero ¿de qué loquero te has escapado? Los viajes en el tiempo no existen.
—Tienes razón Esteban, en tu tiempo no existen en el mío sí, aunque solo se puede viajar al pasado. Yo pertenezco al año 2110 y tu al 2017. Tú no puedes viajar en el tiempo.
Joseph transmite convicción, pero creer en lo increíble es difícil.
—No entiendo nada Joseph. El periódico decía que necesitabas un compañero para viajar en el tiempo… ¿Quién eres y qué quieres de mí? —dice Esteban, con desespero.
—Tu ayuda. No se puede cambiar el pasado, pero si el futuro, tu futuro todavía no existe, aunque yo sea parte de él.
—Tú quieres que me explote la cabeza, Joseph. Esto no es una novela de ciencia ficción.
Joseph se apoya en un hombro de Esteban y dice.
—Es muy complicado y lo vamos a dejar aquí. Te necesito para impedir que un hijo se quede sin padre, para que el disociador molecular cuántico sea realidad en el futuro.
—Pero, ¿cómo cojones quieres que te ayude? No soy nadie ni tengo aptitudes especiales…
Joseph, relaja su rostro, ahora sí, sonríe.
—Serás padre Esteban y yo tu biznieto.

EPÍLOGO

—Doctor Navarro, el disociador está listo. Las pruebas realizadas no garantizan el retorno. No parece que haya la estabilidad suficiente para recomponerte a la vuelta.
—No me preocupa, Joao. Es necesario que vaya para arreglar esa inestabilidad.
Joseph, hemos enviado dos fotones al año 2017 y la simulación de comportamiento del fotón número dos nos permitió acceder al estudio del comportamiento del fotón número uno. El resultado es estimulante pero no nos garantiza el mismo resultado para grupos de partículas más grandes, como los átomos —advierte Joao.
—Dime algo que no sepa Joao. No disponemos de más tiempo.
—De acuerdo Joseph —dice con resignación. —Adhiere a tu cuerpo el emisor del disociador y acciónalo cuando quieras volver. Te dejo solo y ruego por tu vuelta.
Joao da Silva sale del laboratorio hacia su despacho. Está preocupado por su jefe, este no ha aplicado el método científico y se ha saltado todos los protocolos. El primer viaje temporal carece de garantías.
Al abrir la puerta de su despacho, da un paso atrás y suelta un grito.
—¿Qué haces aquí? ¡Pero cómo narices has llegado antes que yo!
Joseph, está sentado en la silla de Joao con los pies en la mesa y una sonrisa pícara.
—No importa, me alegra que lo hayas pensado mejor —dice Joao.
Joseph se levanta, abraza a Joao y añade:

—Todo está arreglado y para siempre.