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domingo, 10 de julio de 2016

OBSERVACIONES DESDE LA VENTANA. LA DORADA ASESINA





Al borde del quicio de la ventana aparece una pequeña araña. 
Tiene mucha prisa.
Su entramado invisible ha atrapado a un insecto soldado. 
Salta sobre su presa y consigue voltearlo en un perfecto ippon. 
El insecto sabe que, boca arriba, sus posibilidades de seguir viviendo son mínimas e intenta hacer valer su corpulencia para recuperar la verticalidad. 
La superioridad del pequeño arácnido durará poco y se pone a trabajar en un estudiado ritual. Su abdomen segrega un fino y pegajoso hilo blanco con el que une las extremidades de su captura. El soldado imprime más violencia en los movimientos, pero el amarre hace su trabajo a la perfección. 
La araña interrumpe su labor, levanta sus patas delanteras y arremete contra la cabeza de la presa, alza su cuerpo como un escorpión e inyecta el veneno paralizante. 
Tras unos segundos, se separa de su botín y analiza su labor. Insatisfecha emprende otra carrera alrededor del indefenso animal creando una malla que lo fija al suelo.  

Un ligero siseo parece escapar de la escena, tal vez es el capturado que grita con todas sus fuerzas o el atacante que acompaña el baile con cantos ancestrales. 

La araña interrumpe su danza saltando a la cabeza del vencido. Clava sus fauces y vuelve a inyectar más veneno. Mueve el cuerpo, más y más rápido, más cercana al éxtasis.  
Suelta la cabeza y observa paciente. 

Pequeñas convulsiones sustituyen a los movimientos que buscan libertad. 
Paralizado, el insecto siente como la araña teje ese maldito hilo blanco, que sale del abultado abdomen. 

El pequeño arácnido parece descansar sobre su captura hasta que baja de ella para cortar las fijaciones al suelo y empujar el ovillo hasta la pared cercana.

El insecto seguro que maldice su suerte:
—Asqueroso mutante.

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