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sábado, 14 de marzo de 2020

VALLES MARINERIS







LA BASE
Noctis Laberynthus es una región extraña, y que no es extraño aquí, con multitud de fracturas al pie de los grandes volcanes del domo de Tarsis.
Valles Marineris-1 es la primera colonia terrestre en Marte. Ocho personas dedicadas en cuerpo y alma a nuestro objetivo principal: buscar rastros de vida de hace más de 3.500 millones de años, cuando el agua líquida cubría buena parte del planeta. La avanzadilla de una colonización que parecía inminente hasta hace pocos años.
La visión es impresionante. Roja, oxidada. Los canales de Chasma Tithonium, que se bifurcan en Chasma Candor e Ius Chasma,  Ophir y Melas Chasma que concluye en el Coprates Chasma,  Eos Chasma y Gangis Chasma.
Todos estos valles estrechos y con forma de cañón han sido el centro de nuestras exploraciones en estos últimos ocho años.
Precisamente hoy es nuestro cumpleaños terrestre, en Marte la cifra no es tan redonda: cuatro con dos años marcianos desde nuestro amartizaje en septiembre del 2035.
Continúo el repaso de la visita virtual que enviaré a la Tierra más tarde con el informe.
Hacia el oeste del Valles Marineris se encuentra una zona caótica con imágenes sugerentes de grandes cauces fluviales pero muy difíciles de explorar con nuestros medios actuales.
Los valles, Ares Vallis (todavía está la sonda Pathfinder varada como si fuera una estatua conmemorativa), Tiu Vallis, Simud Vallis y Shalbatana Vallis y el inmenso canal de Kasei Vallis, son los objetivos de la segunda fase de exploración que comenzará con la llegada de nuestro relevo que… todavía no tiene fecha prevista. Una fecha pospuesta sine die, lo mismo que nuestro regreso.
Abandonados en Marte, parece el título de una novela de Lester del Rey.
Un ligero zumbido y una vibración en mi pulsera me hacen dejar de soñar.
—Fin del periodo de guardia. —La IA me recuerda que es hora del relevo.
Levanto la mano con un gesto circular y cierro el interactivo.
En la parte superior del mirador aparecen las imágenes de las CAM 1, 2, 3 y 4.
El suelo vibra ligeramente, aviso de que el ascensor está activo.
La puerta al Centro de Mando se abre y por ella aparecen John y Aaron.
 Una lejana canica amarilla asoma en la Cam 1
—Hola Alicia —dicen al unísono
—Buenos días chicos.
Asienten con distintos gestos. De forma automática, John se sienta en el cuadro de mandos de los drones y los activa. Están programados desde ayer, con la ruta mapeada. La penúltima ruta que realizarán y con ello habremos explorado todas las zonas Chasma asignadas.
Aaron hace lo propio para ajustar y calibrar las CAM correspondientes a cada dron.
El suelo vuelve a vibrar. Ahora son Anna, Mei Xu y Richard los que nos saludan.
Anna se acerca a mi exhibiendo sus blancos dientes.
—Hola Anna. Sin comunicaciones ni recepción de paquetes de actualizaciones. Los sensores de alerta temprana indican el inicio de una ligera tormenta con previsión de “persistente” en unas seis horas. Posibles “diablos de polvo” en Amazonis Planitia al atardecer. Sin más novedad.
—Gracias Alicia. Ahora vete a descansar —dice Anna, mientras se dispone a ocupar su puesto.

Mientras remito el informe de la noche anterior a la Tierra me asaltan esos pensamientos negativos de los últimos meses.
Nuestra misión es un fracaso y aviva el desinterés de la Tierra por el planeta rojo en favor de las estaciones espaciales en los puntos lagrange de la Tierra - Luna como colonización espacial, económicamente más viables.
Esperábamos encontrar algún vestigio de vida ancestral, fósiles o algo parecido pero tal vez nos estábamos equivocando en el procedimiento.
Anna, nuestra jefa, consciente de la situación, nos reunió hace unos días para consensuar una serie de cambios en los que había estado trabajando para nuestras dos últimas misiones. Propuso dirigir los drones a unas zonas muy fisuradas y escarpadas, con desniveles de más de 5 kilómetros. Esas zonas recibirían rayos de sol durante más de cinco horas, por lo que se esperaba una temperatura entre -25º y 5ºC en el periodo de exploración de los drones. La visibilidad sería buena hasta el mediodía del segundo día, a partir de ese momento la previsión meteorológica empeoraría con una ligera tormenta de polvo de unos 50 kilómetros/hora, momento del fin de la misión Sol192 y del regreso de los drones a la base. Las consecuencias de la primavera marciana.
El análisis y procesado de vídeos e imágenes nos ocupará bastantes soles.
—Informe terminado y enviado.
Me levanto y activo mis botas magnéticas desde el brazalete. Me despido de mis compañeros con un leve saludo que no recibe respuesta. Están concentrados.
La IA me permite franquear la puerta que da al corredor de acceso a los ascensores y a las escaleras de las plantas superiores. Elijo las escaleras. El tintineo de mis botas contra los escalones metálicos me recuerda el sonido rítmico de una batería. Canturreo en silencio mientras dejo atrás la primera planta y el laboratorio. Llego a la segunda y apunto estoy de ceder a los efluvios que se escapan de la cocina. Saludo a James y acelero el ritmo huyendo de la tentación. El soniquete de batería continúa hasta la tercera planta, la de las cabinas individuales y el jardín hidropónico. Me arrepiento y accedo a la última planta, a la pequeña sala para la práctica de ejercicio. Bob está machacándose en la cinta lleno de contrapeso. Le saludo.


ALEGRIA
Estoy en un camión de bomberos y…
—Joder es la alarma.
Me incorporo de la cama con tanto ímpetu que me golpeo en la frente con el techo del habitáculo.
—Puto ataúd.
No hay tiempo para lamentaciones, casi en suspensión me pongo el mono y las botas.  Las activo con tanta rapidez que no me doy cuenta de que no estaba en el suelo, recibiendo un segundo golpe.
La puerta de la cabina se abre y corro, (bueno, eso de correr en Marte…) hacia el laboratorio.
La bajada por las escaleras es más rápida y divertida, las barandillas son un apoyo resbaladizo.
Me fijo en el reloj de entrada al laboratorio; no hace ni cuatro horas que me marché.
La puerta se abre… está el equipo al completo.
Anna me grita por encima del murmullo.
—Alicia, acércate, rápido.
Anna, John, Mei Xu, Richard y Aaron, se han apoderado de una pantalla, según veo la que corresponde a la CAM 4, la que recibe imágenes de uno de los drones.
—Mira Alicia —dice John.
La pantalla muestra una ligera neblina rojiza, la que muchas veces visualizamos cuando el viento es superior a cincuenta kilómetros/hora. Esa niebla que nos obliga a abortar las misiones con drones que no permite la suficiente nitidez en las imágenes y que, además, nos arriesgamos a perderlos.
—Pero, ¿qué hacéis? ¡Abortad la misión!
—Alicia cálmate, es una grabación de hace unos minuto. ¡Fíjate! —ordena Anna.
El dron, empujado por el viento, se dirige a la fisurada ladera. Justo antes de chocar aparece una impureza en el foco de la cámara, una especie de hilillo brillante, tal vez parte de la carcasa del dron se estaba deshilachando por el choque del regolito en suspensión.
Pero, no es posible
—No es una impureza, parece…
—Agua —añade Aaron-


TORMENTA
El Rover nos espera. Martín, John y yo vamos a la zona dónde impactó el dron.
Deberemos descender unos pocos metros, tal vez unos veinte - veinticinco para tener acceso visual a la zona.
El tiempo previsto de transito es de una hora, todavía llegaremos de día. La tormenta no se ha detenido. La duración prevista es de dos días, pero según la previsión, la potencia del viento no aumentará significativamente. Estamos al límite de lo soportable para una acción exterior. No hay que pensar, hay que actuar. La posibilidad de agua corriente sería el espaldarazo moral que necesitamos en la base y a su vez nuestro pasaporte de vuelta a la Tierra.
La cámara intermedia se abre invitándonos a pasar. Se cierran las puertas y se inicia la despresurización. Las luces rojas mutan a verde y la puerta de acceso exterior se desliza hacia un lado en silencio. El Rover nos espera a dos pasos de la puerta.
Nos acomodamos en nuestros puestos. Martín introduce las coordenadas, mientras John revisa el material de escalada recién cargado. Yo compruebo el cierre hermético de la puerta y acciono el paso de oxígeno y los calefactores para hacer habitable el habitáculo.
Dos minutos más tarde recibimos el aviso de la IA.
—Atmósfera respirable. Veinte grados centígrados.
Martín se desprende de la escafandra y pone en marcha el Rover.
Casi no nos da tiempo a John y a mí de sentarnos y fijar nuestros cinturones.
La visibilidad es pobre pero el Rover ya sabe el recorrido.
—Alexa, ¿se prevén cambios en la tormenta actual? —pregunta John.
—En esta estación los cambios son imprevisibles. Según las estadísticas el empeoramiento de las condiciones tiene una probabilidad del 40% —contesta Alexa.
Martín detiene el Rover y nos mira.
—Es nuestra decisión —dice John —yo digo que adelante.
—¿Tu qué opinas Alicia? —Martín me mira inquisitivo.
—No me opongo, pero si la tormenta empeora algo más nos volvemos o buscamos refugio —digo poco convencida.
“El riesgo es grande y el empeoramiento puede ser demasiado rápido. Espero que podamos reaccionar si se produce”. Malos pensamientos invaden mi cabeza.

El recorrido termina sin que el tiempo presente variación alguna.
John detiene el Rover. Martín ya se ha desplazado a la parte trasera para preparar el material. John y yo observamos el descenso, no parece tener excesiva dificultad. Yo seré la primera en bajar. Distingo distintas oquedades, pero la vista no me alcanza a observar la zona exacta dónde aparecía el hilillo de… ¿agua?
Silencio en la radio y solo hablan nuestras miradas con los ojos muy abiertos. Voy con Martín.
Martín fija la bobina al Rover y me alcanza el cable. Me fijo el cable a la cintura, volvemos a mirarnos con ese gesto mezcla de excitación y esperanza.
—Base vamos a salir —dice Martín.
—Su-er-te —contesta alguien robotizado y entrecortado.
Se cierra el acceso al interior del Rover y me quedo sola en la plataforma trasera de salida al exterior.
Se abre la puerta. Espero a que se conecten los focos. Salto accionando los retropropulsores de la parte externa a mis pies y de la espalda. El viento parece aumentar, pero mi aterrizaje en la zona prevista es inminente. La niebla es cada vez más densa. Arriba la luz de los focos se atenúa. El retropropulsor de la espalda hace las funciones de timón aproximándome correctamente a mi destino. A dos metros de mi contacto con la repisa, oigo a John.
—Voy. Alicia hazme sitio.
Los sensores de alerta vibran y se iluminan, han pasado del naranja al rojo parpadeante, advirtiéndonos de un incremento de la velocidad del viento.
—Alicia sujeta el cable —grita John.
Entro en contacto con la pequeña terraza. Me fijo a la pared. Libero mi sujeción y atrapo el cable. El cable se tensa y casi no puedo retenerlo. Intento fijarlo a un saliente de la roca que tengo a mis pies, pero la resistencia limita mi esfuerzo. Empujo con todas mis fuerzas. Mis botas resbalan como si el suelo fuera hielo.
—Mis propulsores están al máximo. No consigo estabilizarme —grita John.
El viento aumenta su potencia. El arnés tensa mis hombros y cintura. Algo se va a romper. La parte más débil cede.  El viento arranca el cable de mis manos a pocos metros de que John llegué a mi posición.
John frena en seco su descenso y el viento lo arrastra con violencia hacia la pared. El impacto con la cornisa es tan brutal como sus gritos.
John se aleja, en silencio, como el globo que se ha escapado de la mano de un niño.
Aseguro mi cable a la fisura de la pared y grito.
—Martín, Martín —más silencio como respuesta.
Intento que mi mirada traspase la roja capa de polvo, cada vez más espesa, para captar cualquier cosa que me de indicios de que Martín está bien.
—Martín, Martín. ¿Me oyes? —insisto en mi llamada.
Una sombra se vislumbra entre la tormenta. Tal vez una gran roca. Es una luz.
—¡Noooooo!
Es el Rover. Impactará cinco kilómetros más abajo.

—Martín, Martín. Responde. Martín, Mar-tín, con-testa.
Cierro los ojos. Mis rodillas ceden y se hunden en la capa de regolito.


¿EL FIN?
Abro los ojos para dejar escapar el río de lágrimas que retienen mis párpados.
La tormenta sigue aumentando de potencia. La opacidad es total. Me acerco a la fisura, ahora parece más grande, lo suficiente para entrar agachada y guarecerme en su interior.
Desbloqueo mis anclajes.
—¿Base?, ¿base? ¿Me oís?… —¿Base?, ¿base? ¿Me oís?… —¿Base?, ¿base? ¿Me oís?
No insisto, es absurdo
“Supongo que la base está haciendo lo posible para conectar con nosotros… ¿con nosotros?, joder, solo quedo yo y no duraré mucho tiempo.
La antena estará destrozada junto al Rover y a tanta distancia la comunicación directa de mi traje es inviable. La baliza personal de señalización no sirve para nada”.
Pulso en mi muñeca y se abre el desplegable ante mis ojos.
Ubicación                             no disponible
Comunicación                     no operativa
Conexión con Rover           rota.
Parpadeo dos veces para cambiar a otra pantalla. Ya la tengo.
Autonomía
Oxígeno                                50% duración estimada 30’
Calefactores                        57% duración estimada 35’
Propulsores                         < 5% no recomendado su uso
Apoyo mi espalda en la pared y me resbalo por ella hasta el suelo. Sujeto mis piernas con las manos y apoyo el casco contra mis rodillas. Me acurruco en el agujero.
“Por lo menos no moriré de frío. Moriré calentita y sin oxígeno. Vaya, humor negro”
No puedo hacer nada, solo esperar… el rescate o la muerte. Estoy tiritando. Vuelvo al desplegable
Autonomía
Oxígeno                                40% duración estimada 25’
Calefactores                        47% duración estimada 28’
Propulsores                         < 5% no recomendado su uso
Tal vez he perdido la consciencia por unos minutos. Sigo tiritando, pero no es de frío. La tensión debe escaparse por algún lado. En realidad, son temblores. Mis brazos casi no pueden sostener las manos y todo mi cuerpo tiembla, vibra.
Intento reaccionar centrándome en la situación. La tormenta no amaina, es lo que tiene Marte, una tormenta comienza y nunca se sabe cuándo parará.
“En mi guarida conejera estoy a salvo… a salvo para morir sin poder hacer nada para evitarlo”
Alejo esos pensamientos. Hasta ahora no se me había ocurrido conectar el foco de mi casco.
Pulso el conector a la altura de mi oreja derecha accionando el dispositivo. Las varillas se alzan unos centímetros. Se doblan por la mitad y la estancia se ilumina. Debo parecer una hormiga luminosa.
“Se me está yendo la cabeza. No me extraña. He de controlar. ¿El qué he de controlar si estoy muerta? No, no lo estoy… pero lo estaré en unos minutos”
Sopeso la posibilidad de salir de mi agujero y saltar al vacío desde la repisa, como si de un trampolín se tratara para caer a una piscina sin agua. “No, viviré estos minutos”
Giro la cabeza hacia el interior de la oquedad y ahora parece una cueva un poco más ancha unos pocos metros más adelante. Me arrastro hacia el interior hasta poder ponerme en pie.
“Quién me iba a decir que me iba a convertir en Alicia “La Exploradora””. Sonrío.
Lo que iba diciendo, se me está yendo la olla.
Levanto la vista y el agujero se ha convertido en una especie de capilla rodeada de una especie de estalactitas en el techo y estalagmitas en el suelo. Hasta donde la vista me alcanza, la capilla se hace más alta alcanzando más de 5 metros de altura. La verdad es que es espectacular.
Recupero el desplegable:
Autonomía
Oxígeno                                25% duración estimada 15’
Calefactores                        29% duración estimada 16’
Propulsores                         < 5% no recomendado su uso
Miro el exterior. La tormenta sigue, inconsciente de mi situación. Decidido, moriré explorando.
Comienzo a caminar sin rumbo observando hacia todas direcciones. El paisaje se ha vuelto monótono, triste acorde con la soledad que me embarga.
“Vaya, parece que he llegado al final. Espera, no. Hay dos oquedades a media altura que parecen continuar”.
Seria divertido si no fuera una situación… mortal.
“Por lo menos puedo elegir, ¿derecha o izquierda? Pues nada, izquierda. A reptar como una lagartija… marciana”.
FIN
Salgo a otra bóveda, esta vez muy baja, casi no puedo ponerme de pie.
Esta vez el desplegable se activa solo. Mal asunto caracteres en rojo
Oxígeno                                17% duración estimada 10’
Calefactores                        22% duración estimada 12’
Propulsores                         < 5% no recomendado su uso

Mis oídos reciben el zumbido de la alarma y la frase que nunca queremos oír.
—Situación crítica. Es necesario reabastecerse. Vida en peligro. Situación crítica.
La bóveda es cada vez más estrecha y baja. Valoro darme la vuelta, pero qué más da morir aquí que morir más allá. Joder. Me detengo y vuelvo a llorar.
La espera es corta y el tiempo se agota sin remedio. Los zumbidos siguen en mis oídos y el desplegable sigue parpadeando, aunque no soy capaz de enfocar mis ojos para ver lo que pone. Tampoco importa, esto se acaba.
Caigo al suelo. Mis ojos se cierran. Convulsiono. La garganta se rasga. La tos retumba en mi cabeza. Mi boca expele espuma. Me muero.
Un ligero e imposible roce en mi hombro me obliga a abrir los ojos. Me agarro el pecho y me lo golpeo. Sigo tosiendo. Adivino más que veo. Estoy rodeada de una extraña luminiscencia en toda la pared de la cueva. Las luces se desprenden de la pared, se acercan, vuelan. La tos desaparece. Sigo alucinando por la falta de riego sanguíneo al cerebro. Las mariposas fosforescentes no aletean, simplemente flotan. Se juntan sobre mi cabeza y forman algo parecido a un cono. El cono crece y crece. De repente, el cono desciende suavemente y me cubre la cabeza, el pecho, las caderas; todo el cuerpo. Desaparecen. Cierro los ojos a la espera de no volver abrirlos nunca más. Vuelvo abrirlos con mucha energía. Mis manos cogen la escafandra y me la quitan, y… no sucede nada.
“¿Estoy alucinando?, ¿es esto la muerte?”
Ya no siento frío. Salgo de la cueva. La tormenta amainó. El regolito en suspensión casi ha desaparecido. Me detengo al final de la repisa. Veo el horizonte y relleno mis pulmones.

“Soy la primera humana, en respirar el aire marciano. ¿Humana?”




domingo, 17 de diciembre de 2017

MARS LEISURE CITY





Primera parte. El viaje


—José Flores Pereira, puede embarcar.
La voz de la IA me autoriza a pasar a la lanzadera y acceder cubículo asignado.

Acoplo el casco y lo conecto al traje. Se activan; el control de temperatura y el suministro de oxígeno y líquidos.
Comienza la despresurización del habitáculo.
Se abre la compuerta de acceso a la lanzadera.
Mis ojos se mueven a toda velocidad, no quieren perderse ningún detalle de mi primer viaje a Marte.
Ante mí, un asiento con arneses. Me siento en él y los anclajes se iluminan con colores, solo hay que unirlos a las cintas y se auto ajustan. Una vez asegurado, la esclusa se cierra y el túnel se ilumina. Delante, diez cubículos como el mío, todos ocupados, detrás no tengo visión, pero hay más. El pasaje está completo, cincuenta pasajeros en total.
En menos de un minuto, la lanzadera se detiene ante una burbuja transparente que se abre y un brazo articulado atrapa mí cubículo para alojarlo en su interior.

—Partida en 3… 2… 1… 0.

El despegue desde la estación espacial Alpha en órbita lunar es suave, gradual y silencioso, nada que ver con los que se realizan desde la Tierra, mi estómago lo agradece.

Me dirijo a Marte, donde me detendré por espacio de diez soles. Mi misión localizar los lugares idóneos para edificar una bóveda vacacional para los adinerados ciudadanos terrestres y conseguir los permisos pertinentes de las autoridades locales, para ser refrendados en la Tierra más tarde.
Una estupenda aventura para un geotécnico como yo.
Me encanta mi trabajo. La auto ironía no es mi fuerte.

Se encienden los pilotos que me permiten liberarme del arnés de sujeción para el despegue y mantengo el resto para evitar que la ausencia de gravedad me levante de mi asiento.

Recibo una inyección en mi brazo izquierdo y el líquido adormecedor penetra en mi corriente sanguínea. En unas horas dormiré durante gran parte del viaje.
Reviso las conexiones del suministro de líquidos. Todo correcto.

Me conecto a la red, desde mi visor, para visualizar el resumen sobre el que he de trabajar, “Investigación geotécnica en los proyectos de edificaciones”:

“Red conectada”.
“Archivo. Viaje a Marte, preguntas frecuentes”
Descarto el archivo cerrando los dos ojos. Lo he leído cinco veces en la sala de espera al embarque.
Aparece mi escritorio.
Mis ojos se mueven hasta la carpeta adecuada. La carpeta se abre después de un parpadeo. Fijo la vista en el archivo que necesito y vuelvo a parpadear.

Se despliega el menú solicitado.

1. Introducción: Link a información completa
Proyecto Mars Leisure City. Creación de una ciudad abovedada en la superficie marciana, solicitada por, ISB corp., Interplanetary Structures and Buildings.

2. Descripción del Proyecto: Link a información completa
Ciudad para el uso vacacional y turístico de lujo.
Tipo de edificación con blindaje anti radiación de escudo electrostático desplegable.
-          Exterior de doble capa de grafeno y regolito marciano.
-          Interior de acero en zonas comunes. Resto, materiales que se adecuen al escenario que se quiera imitar. 
-          La altura de la edificación según máxima legal. Máxima profundidad técnicamente posible. La extensión en plantas, la descripción de características arquitectónicas y estructurales vendrá determinada por el Informe Geotécnico final.

3. Metodología: Link a información completa
Investigación de campo, laboratorio, fuentes de información, procesamiento de datos y métodos de análisis.

4. Ensayos de Campo: Link a información completa
Procedimientos para realizar la investigación de campo, equipos utilizados, normativa local, número de sondeos a efectuar, profundidad de los mismos y cantidad de muestras obtenidas para el cumplimiento de los objetivos de la investigación geotécnica.

5. Ensayos de Laboratorio: Link a información completa
Las muestras obtenidas serán procesadas en el Laboratorio Central, con la finalidad de obtener parámetros que serán utilizados por el ingeniero geotécnico para analizar el comportamiento del terreno y plantear soluciones al sistema «suelo-fundación».

Voy directamente al punto tres. Vuelvo a parpadear y el link se abre.

Demasiado aburrido. Me duermo.


En el visor aparecen mis constantes, todo correcto salvo el hambre que mi estómago se encarga de reclamar. ¡Vaya! El visor me informa de que han transcurrido treinta y ocho días de viaje. Me recomienda que coma y vuelva a inyectarme Dormidina.

Me administro los complejos alimenticios. Espero que en pocos minutos desaparezca la molestia estomacal o tendré que inyectarme más porquerías.

Como me gustaría poder comunicarme con la Tierra y conversar con alguien. Por lo menos, podrían inventar las cabinas dobles. En realidad, hace tiempo leí que técnicamente es posible, pero los psicólogos recomiendan cabinas individuales para evitar discrepancias irresolubles en espacios tan pequeños y viajes tan largos.
El entretenimiento en este viaje es prácticamente nulo, la compañía no los introduce como opción ya que la mayor parte del pasaje va dormida.

Me inyecto la Dormidina en una cantidad más alta que la anterior para que el resto del viaje sea en animación suspendida.
Dispongo de unas horas hasta que me haga efecto.
Desconecto el visor de la red y rebusco en la mochila. Al hacerlo mi mano tropieza con el libro, un libro de verdad, Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, rescatado en mi última visita a mi bisabuelo en la Tierra.

Mi bisabuelo me había advertido de que la descripción de Marte era extraña e irreal (¡está publicado en 1950!), que había sido escrita con conocimientos científicos nulos y que lo interesante era el mensaje que Bradbury transmitía en cada relato.
A pesar del tratamiento antifungicida y del reforzamiento del papel, el tiempo no perdona y algunas hojas están como roídas por un animalillo hambriento.

Nunca había leído un libro de forma directa. Mis ojos se entretienen repasando las líneas de las letras; rectas, curvas. Algunas palabras han desaparecido ligeramente pasando de negro a gris muy suave y se han de adivinar. El contacto con las hojas debe ser aterciopelado, oloroso, un olor que no puedo apreciar por culpa del traje espacial. Me va a costar adaptarme. Mis dedos vuelven a leer esas palabras, ellos me ayudan deteniéndose el tiempo preciso, deslizándose entre palabra y palabra.

“El verano del cohete”, luego “Ylla”, “Noche de verano” … parte de un precioso poema, que leo tres veces para memorizarlo. Es precioso

        Avanza envuelta en belleza como la noche
        de regiones sin nubes y cielos estrellados;
        y todo lo mejor de lo oscuro y lo brillante
        se une en su rostro y sus ojos...

Bradbury maneja el lenguaje de forma magistral estimulando las redes neuronales adecuadas. Los bisabuelos siempre tienen razón.

Sigo con “Los hombres de la Tierra” y “La tercera expedición”
Vuelvo a leer esta historia, es alarmante e inquietante. Dejo de mirar el libro y repaso la historia en mi cerebro

“Llega la tercera expedición de hombres a Marte, comandada por John Black, de ochenta años. Los marcianos ya están preparados para recibir a los terrestres y los esperan en un típico pueblo norteamericano habitado por sus seres queridos (padres, abuelos, hermanos) muertos. Los astronautas aceptan esta maravilla y se separan para visitar a sus familiares. Sin embargo, el capitán se da cuenta de que los marcianos han usado sus memorias y deseos para reconstruir su infancia y que en realidad los que están con ellos no son sus seres amados sino marcianos con su apariencia. Finalmente, todos los hombres de la expedición son asesinados por la noche. A la mañana siguiente dieciséis ataúdes son enterrados entre los llantos de las personas del pueblo”.

Cierro el libro y reflexiono. ¿Y si la vida es una ilusión?, ¿y si alguien se diera cuenta?,

En ese momento desaparece el libro de mis manos, desaparece el asiento, la nave, las estrellas, el espacio… todo tiende al negro, al vacío, a la caída sin fin, o al ascenso…
La gravedad me estira, me comprime, me expande… mi cuerpo desaparece, o desaparecen mis ojos, mis oídos…

—Iniciando maniobras de aproximación.


Segunda parte. Recibimiento

—¿Señor Pereira?
Una mujer, muy delgada y alta, se dirige hacia mí con una sonrisa, una ligera inclinación y con la mano extendida como si fuera a recibir algo en ella.
—Si, soy yo.
Cortésmente estrecho su mano y respondo a su inclinación y a su sonrisa.
Busco en los paneles la indicación de la rampa de salida de equipajes. La chica de la sonrisa sigue muy atenta.
—No se preocupe por su equipaje, señor Pereira, en estos momentos debe estar saliendo para su hotel, ¿me permite su mochila?
—No se moleste señorita…
—¡Oh! Disculpe por mi desconsideración, me llamo Antía, Antía Gonsalves.
Sigo algo desorientado.
—Disculpe Antía, ¿la envían del hotel a recogerme?
—No exactamente. Camino del hotel se lo explico.

Después de un breve recorrido por un pasadizo nos introducimos en un ascensor.
—Vamos a utilizar un servicio privado de suburbano. El ambiente está un poco crispado.
La sonrisa desaparece de la cara de Antía mientras pulsa una combinación en el panel.
—¿Qué es lo que ocurre Antía?
Suspira.
—Hace un tiempo aparecieron algunos corpúsculos independentistas, gente descontenta de cómo se gobernaba desde la Tierra…
Interrumpo su explicación.
—Pero esa gente fue detenida y deportada a la Luna.
—Si José, pero la semilla quedó y los pequeños corpúsculos se convirtieron en células de cuatro o cinco personas, interconectadas mediante una red superpuesta a la nuestra, algo parecido a la red Tor a principios del siglo XXI en la Tierra.

El ascensor se detiene y con él la conversación. Antía sale primero del ascensor y mira a derecha e izquierda. Observo que su mano izquierda está en su cintura presionando un pequeño bulto.
Me hace una indicación para que salga del ascensor hacia una especie de bala gigante.
Al aproximarnos, los laterales de la superbala se desplazan hacia atrás para que podamos entrar.
Me acomodado y el asiento se adapta a mi cuerpo envolviéndome y desplegando unos enormes cinturones, de lado a lado, a la altura de hombros, pecho y cadera. Antía hace lo propio mientras manipula una pantalla que parece una red de suburbano. El vehículo se desplaza por un túnel, sin ruido alguno. Es el momento de reanudar la conversación.

—Antía, ¿quién es usted?
Me mira y su sonrisa vuelve a aparecer.
—Soy su protección mientras dure su estancia en Marte.
Ahora si que estoy confundido.
—Ya me quedo más tranquilo.
No puedo evitarlo, aunque sé que la ironía no es lo mío.


Tercera parte. Exploración

Antía está en la recepción del hotel, sentada en el diván más próximo al ascensor, y se levanta tan pronto me ve.
—Buenos días José.
—Vaya, no esperaba volver a verla tan pronto.
—¿Ha descansado bien?
—Si gracias. La música ambiente del hotel es muy relajante. Sonidos de lluvia, cantos de pájaros y el mar son tranquilizadores.
—Perfecto José. —Mientras habla se dirige a la puerta. —Vamos a inspeccionar uno de sus destinos.

La sigo un par de pasos por detrás. Se desplaza rápido. La puerta del hotel se abre ante nuestra proximidad y, antes de salir, mira a derecha, izquierda, al frente, al suelo y hacía arriba. Con un gesto de su mano me pide que la siga. Su vehículo levita a unos centímetros del suelo a pocos metros. Las puertas se abren en forma de ala y nos metemos en su interior. Las sujeciones actúan al contacto de nuestros cuerpos con los asientos. Sigo en silencio intentando comprender la situación.
Antía despliega un mapa holográfico en el frontal del parabrisas y señala un punto en él y me mira. Asiento.
El vehículo se mueve. Antía me mira en silencio.

—Antía, ¿cómo sabe cuáles son mis destinos?, ¿está contratada por mi empresa?
Sonríe.
—José, además de ser su protección pertenezco a la policía de Marte.
Vaya, esto no me lo esperaba.

Me conecto a la red con mi visor para ver las características geotécnicas del cráter que vamos a visitar. En realidad, me lo sé de memoria, pero así puedo intentar asimilar lo que está ocurriendo.


El vehículo frena su marcha como si hubiera chocado con una pared invisible y la parte trasera se levanta con violencia en medio de un estallido luminoso y poco sonoro. Volcamos y volteamos varias veces. Envueltos en polvo nos detenemos contra unas rocas.
Antía reacciona.
—José, ¿Estás bien?
—Aturdido, pero bien.
Las sujeciones de seguridad han hecho su trabajo a la perfección.
Las puertas se abren y manos veloces nos liberan de los asientos y nos sacan del vehículo. Tres individuos, completamente vestidos de rojo terroso sujetan a Antía y dos más a mí. Nos inyectan algo en el cuello y nos llevan a una especie de furgón del que ya no soy capaz ni de ver el color, solo palabras inconexas y lejanas se oyen en mi cabeza.

  
Cuarta parte. Secuestro.


Parpadeo. Parece que estoy borracho. Abro los ojos y sigo inmóvil.
El furgón o lo que sea está parado. Tengo la boca tapada con una especie de cinta que se ha adherido a mi boca como una segunda piel. Las muñecas están juntas, una contra otra, unidas por otra cinta. No hay ruido en el interior del vehículo. Con mucho esfuerzo logró girar sobre mí y verifico mi soledad. Tenía la esperanza de que Antía estuviera a mi espalda todavía inconsciente.

Se oye ruido en el exterior y las puertas del furgón se abren.
—Don José, bienvenido a nuestra morada —dice una voz.
La ligera luz exterior me obliga a entrecerrar los ojos e intento hablar.
—¿Có-mo...?
—Disculpe la brusquedad de nuestra invitación, pero necesitábamos que viniera a nuestra casa y no podíamos permitirnos retrasos. —Risas retumban en la caja del furgón. —Sacadlo y dadle de comer y beber, luego llevadlo a mi despacho.
Su voz es profunda, rotunda, esa voz del que sabe mandar.


—De todo corazón le pido disculpas por las formas.
Modula la voz. Sin perder su tono de superioridad, sus palabras suenan bien.
Su despacho es un revival de un despacho de principios del siglo XX en la Tierra. Mesas y sillas de madera de nogal, algunas plumas, un abrecartas y varios utensilios de despacho más. Todo ello rodeado de estanterías repletas de libros.
—Vuelvo a pedirle disculpas por mi escasa hospitalidad, soy Joao D’Almeida y soy el líder de la rebelión que, —mira el reloj de su mesa—, se ha producido hace unos minutos. El gobierno de Marte ha caído y sus integrantes están presos por mis tropas.
Me sorprendo con mi reacción.
—¿Dónde está Antía?
Joao sonríe.
—No se preocupe, las personas que pertenecen a la seguridad del estado deben tratarse de otra forma, con más vigilancia y menos libertad de la que tiene usted.
Me paso las manos por mi cara, me froto los ojos y caigo en que no estoy atado.
—Señor D’Almeida, ¿y qué pinto yo en todo esto?
Me mira, se levanta de la silla ayudándose de sus brazos contra la mesa. Es muy mayor, ahora lo aprecio mejor. Se desplaza hacia a mí con una ligera cojera. Tiene la piel muy arrugada. Pelo canoso y muy corto; diríase que es militar. Muy delgado, parece que va a quebrarse como una rama seca. Se detiene muy cerca de mí, sonríe y habla.
—José, usted se dirigía a un lugar, donde está ahora, nuestro Cuartel General.
Durante unos segundos se calla y sus ojos se clavan en los míos como si quisiera penetrar en mi cabeza a través de ellos. Vuelve a hablar.

—Necesitamos de sus servicios profesionales, ahora trabajará para mí.



—CONTINUARÁ—

sábado, 22 de noviembre de 2014

MUTACIÓN



Los ojos de Eve se abren mientras el líquido amniótico de los cubículos desaparece absorbido por los tubos de succión. Un violento espasmo obliga a su compañero Adam a incorporarse expulsando los restos de líquido acuoso a través de su nariz y boca. El despertar de Eve es más tranquilo, algo de tos y contenidas nauseas.
La nave se ha activado, han llegado a su destino.
Pasados unos minutos consiguen salir de su lecho y se abrazan.
—¿Puedes hablar, Eve?—La voz de Adam suena grave en un claro esfuerzo por recuperar la normalidad en el mínimo tiempo posible.
Eve mueve su boca sin conseguir emitir sonido alguno.
—No te preocupes, en unos minutos te recuperarás. Apóyate en mí. Vamos a desprendernos de los restos del amnios.
Durante diez minutos, la solución líquida micropulverizada elimina los restos acuosos de sus cuerpos.
Ligeramente aturdido, Adam se enfunda en su traje. Eve ha sido más hábil y lo ha hecho en menos tiempo, inmediatamente se dirige al cuadro de mandos e inicia la conexión al OC.
Una gran pantalla holográfica se despliega delante de ellos. Datos astronómicos sobre la ubicación de la nave aparecen en pantalla, Eve no está interesada en ellos.
Adam observa con atención, en silencio, la rapidez de movimientos de las manos de Eve, pasando pantallas y abriendo otras hasta encontrar lo que busca: El estatus de la carga.

CAMBIOS REALIZADOS SEGÚN PROGRAMA NIOBE
-       Se han realizado correctamente los siguientes cambios:
o    Reconstrucción celular profunda.
o    Inseminación de entidades virales y bacterianas.
o    Actualización sistemática.
o    Revisión de secuencias de ADN y modificaciones.
-       Programa finalizado hace 2.590 días, registro terrestre.

CONSTANTES VITALES DE LOS FETOS
-       25.185 embriones muestran constantes vitales correctas.
-       4.815 embriones se encuentran en estado fallido.
-       Eclosión prevista en 96 horas.

Sus miradas se encuentran. A Eve se le escapan algunas lágrimas. Adam reacciona.
—Tranquila, no son buenas noticias pero disponemos de los suficientes embriones para tener éxito en la misión—.Vuelven a abrazarse.

Ahora es Adam quien manipula la pantalla para buscar los datos astronómicos y conocer la posición en la que se encuentran con respecto al planeta.
El OC da la lectura: DISTANCIA A DESTINO: 0,3 UA.
El planeta Niobe, en la constelación Cisne, el quinto y último planeta de su sistema, recibirá a los fetos genéticamente modificados, sus primeros habitantes.

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El Sol agotaba su combustible en tránsito para convertirse en una Gigante Roja.
La Humanidad había preparado enormes naves que partirían de La Tierra, Marte, Encelado y Europa hacia destinos prefijados con el objetivo de terraformar planetas, una ardua y larga tarea que la Humanidad estaba obligada a realizar si no quería desaparecer.

Previamente se había experimentado con mutaciones genéticas en humanos como solución para colonizar planetas de los que se disponían datos suficientes para tener éxito. Una solución muchísimo más rápida, en el tiempo, que la terraformación; pero la probabilidad de supervivencia, después del tratamiento de modificación genética, era inferior al 0,7%. Sin embargo, en embriones era superior al 87%.
El tratamiento en embriones tendría éxito siempre y cuando el proceso fuera lento y carente de la agresividad que debería desarrollarse en humanos adultos.

Se desarrolló una segunda opción: Una nave gobernada por dos tripulantes modificados. Toda la historia de la Humanidad y embriones mutados genéticamente.
Un reducido equipo de científicos, apoyados por el Centro de Mando, decidió buscar a sujetos que tuvieran la máxima compatibilidad posible al tratamiento y preparar a treinta mil embriones que sufrirían los cambios en el largo viaje estelar convirtiéndolos en fetos adaptados a un planeta de la constelación Cisne, Niobe

Adam y Eve, no fueron consultados. La misión les fue asignada y la tuvieron que aceptar sin objeción alguna. Desde el primer momento supieron que su destino sería el lugar donde pasarían el resto de sus días, esa fue toda la información que recibieron. Fueron aislados en cabinas especiales. Sufrieron tratamientos de reconstrucción celular profunda. Una mezcla de entidades virales y bacterianas creadas mediante ingeniería genética fue introducida en sus cuerpos. Virus de diseño provocaron una actualización sistemática completa, parcheando o revisando secuencias de ADN, mientras cultivos bacterianos eliminaron metales tóxicos y repararon los daños físicos obvios. Sus sistemas inmunológicos se resistieron. El tratamiento fue equivalente a una enfermedad debilitante de veinte meses de duración; fiebres, dolores musculares y articulares, debilidad. Durante ese tiempo el peligro de los efectos secundarios negativos estuvo cerca, los fallos multifuncionales de sus organismos pudieron ser reducidos y eliminados, en gran parte gracias a su particular resistencia física y genética.
La selección de los individuos había sido correcta. Ellos nunca sabrían de los miles de fracasos anteriores.
En la segunda fase del tratamiento, ciertos órganos entraron en violencia reproductiva. Las células de la piel morían y fueron reemplazadas en inhumana sucesión endureciendo el exterior; el tejido nervioso se regeneraba espontánea y adaptativamente. El proceso fue extremadamente debilitador, pero lo superaron y mutaron según lo previsto.  
Ellos tendrían el honor, sin saberlo, de realizar el más importante experimento jamás soñado: El origen de una raza extraterrestre.

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El OC ha elegido los puntos del planeta más adecuados para el aterrizaje. Pronto se ponen de acuerdo y escogen el más cercano al ecuador.
Adam y Eve introducen los datos definitivos y el OC comienza la maniobra de entrada en la densa atmósfera de Niobe. Actúan mecánicamente en un protocolo muchas veces entrenado. No es necesaria la comunicación verbal.
Una vez realizada la programación e iniciada la automatización de la maniobra, el disco central de la nave se separa dejándolos como únicos espectadores privilegiados en órbita del planeta.
El acercamiento del resto de la nave al planeta se produce. Todas las lecturas son correctas excepto unos sensores ubicados en la parte inferior del módulo donde se encuentran los fetos que parecen dañados y no aportan datos.
Adam se adelanta a Eve.
—Disponemos de suficientes lecturas, el resto de los sensores señala que la temperatura está dentro de los márgenes. No…
Eve le interrumpe a gritos al ver que la temperatura sube exponencialmente.
—¡Debemos abortar, Adam! ¡Hazlo!—Eve se levanta con la intención de arrebatar el control a Adam.
Adam la detiene con todo el cariño posible, le coge la cara y consigue que le mire.
—No hay nada que hacer—.Con lágrimas en los ojos, mueve la cabeza en sentido negativo.
Abrazados contemplan el espectáculo de colores que se produce por la fricción de la nave y la atmósfera del planeta. Las luces se intensifican y alargan en tres estelas diferentes.

Se abrazan en silencio. Durante un tiempo indeterminado sollozan y se acarician.

Eve se separa de Adam y lo mira a los ojos. Lo que ve en él arrasa con la tristeza y abre en su alma un nuevo camino. Él es Adam, ella es Eve; están juntos y sonríen.