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sábado, 6 de septiembre de 2014

SEPTIEMBRE, 2014. EL COMIENZO DEL FIN



El camino a casa es corto pero la oscuridad, la fina lluvia y la borrachera lo convierten en difícil y tortuoso.
Tropiezo y casi me rompo la crisma en la caída. El incidente me ha despejado ligeramente la cabeza, lo suficiente para recordar algunas escenas de la fiesta que Blanca organizó en su casa. Nada extraordinario, lo esperado: risas; reencuentros; proposiciones sexuales y mucho alcohol, todo dentro de la normalidad… excepto el extraño desconocido que me presentaron. Tenía las manos calientes cuando me saludó y sudaba en exceso. Seguramente era africano, con esa piel tan oscura, el pelo cortito y ordenado, los labios carnosos y los blancos dientes en su sonrisa. Su mirada penetraba en mí y me sentía desnuda… me dan escalofríos al recordar la conversación:
—Encantado de conocer a la mujer más bella de la fiesta.—Sonreía mientras estrechó mi mano. Desconozco la razón pero su mano transfería una humedad ardiente y repulsiva.
—Igualmente, señor.—A pesar de mi intento de ser educada un mohín delató mi incomodidad. Pero él no se dio por aludido e insistió.
—En otras circunstancias la secuestraría y nos casaríamos inmediatamente.—Seguía sonriendo a pesar de la barbaridad que acababa de decir. La barbaridad del poderoso que puede decir lo que le venga en gana sin temor ninguno.
—En nuestro país eso es un delito. Buenas noches. —Se notó que estaba alterada pero no me importó. La conversación se terminó. Observe su cara, sus dientes blancos con esa desagradable sonrisa perenne y me fui. Aún tuve tiempo de escuchar la última frase que pronunció, mientras corría al baño a lavarme las manos:
—Todo puede cambiar antes de que nos demos cuenta… aunque nos opongamos.
Esa frase quedó en mi mente durante la fiesta, ni el alcohol fue capaz de hacerla desaparecer. No volví a acercarme a ese tipo y cada vez que él se aproximaba, yo huía hacia otros invitados. Toda la noche me sentí perseguida por su mirada. Me veía con un saco negro en la cabeza, arrastrada por sus fornidos guardaespaldas e introducida en el maletero de un coche…

Un repentino calor en mi nuca pone mis sentidos en alerta. Giro bruscamente y un gato corre. Nada más, aunque me siento observada… ¡maldito porro!
Mi corazón está acelerado. Cualquier ruido altera mis nervios.
Otra vez. Ahora son pasos apresurados que retumban en el callejón. No hay equívoco, vienen en mi dirección. Ha sido una locura ir sola a estas horas. Una voz aparece antes que el rostro.
—¿Se encuentra bien, señorita?—Un traje azul, casi tan oscuro como la noche, se hace visible.
—Sí, agente. —Me mira con una mezcla de descaro y preocupación.
—¡Pero está sangrando en la frente, su falda parece rasgada y su camisa sucia!
Observo su cara, un policía joven de apoyo nocturno. Intento restarle importancia a la situación que se ha creado en su mente, parece más asustado que yo.
—No pasa nada, agente. Me caí dos manzanas más atrás. Vengo de una fies…
—¿La fiesta de Blanca Cuesta? — Su rostro se relaja.
—Efectivamente, y estoy un poco… —El inoportuno estornudo salpica al policía.
—Bebida —comenta mientras se limpia la cara con la manga—. ¿Quiere que le acompañe a casa?
—Muchas gracias, agente —alzo la mano y señalo con el dedo—, me temo que acabo de llegar.
—Buenas noches, señorita. Estaré cerca por si me necesita—Qué descaro, se insinúa sin cortarse un pelo.
—Buenas noches, agente. Gracias por preocuparse.
Tres escalones y por fin llegaré a casa.
Al introducir la llave, una sombra alargada recortada contra la luz de la farola se mueve, durante un confuso instante mi sangre hierve. Enfoco bien la vista pero no se ve nada. ¡Maldito porro!

La ducha mitiga el repentino dolor de cabeza. A pesar del jabón y del refregón que le he dado a mis manos persiste la sensación de ardor.
El baño comienza a girar. Consigo arrodillarme y sujetarme a la taza del wáter. Allí regurgito el contenido de mi estomago. Me quedo flotando con la mente vacía; sudando; desconectando; en el suelo, sin sentido.

______________________________________________________________________

Un nuevo sábado ha llegado. El dolor de cabeza y las náuseas no han desaparecido en toda la semana, día a día se han incrementado. He tenido resacas memorables pero esta es perpetua. Mi cabeza va a estallar. Estoy muy débil y apática. Me duele todo el cuerpo y, además, tengo diarrea. Afortunadamente conseguí cambiar la guardia en el hospital y este fin de semana no trabajaré. Cojo una botella de agua y un vaso camino de la cama.

El despertador retumba en mi cabeza… No, no, es el teléfono. Intento incorporarme luchando contra los dolores y el ardor de cabeza. Vuelvo a caer en la cama. Toso y parece que mi pecho es perforado por miles de cuchillos. El teléfono deja de sonar.
Consigo abrir el cajón de la mesilla, después de tirar la lámpara, cojo la caja de ibuprofeno, me hago con dos pastillas, las meto en la boca y me bebo todo el vaso de agua. Me encuentro más aliviada. El agua ha calmado la sed que ignoraba tener. La habitación se mueve y vuelven las arcadas. Debo tener fiebre. Me vuelvo a dormir en contra de mi voluntad. Con los ojos cerrados me rasco el brazo izquierdo. Ahora me escuece y mi mano se moja. Entreabro los ojos, parece sangre. La vista se desenfoca. No puedo mantenerme despierta. Vienen recuerdos:


El hombre negro, africano… recuerdo que le llamaron Teodorín, para diferenciarle de su padre, el dictador guineano Obiang. Sonreía, decía estar contento de haber podido huir de su país, de llegar a la civilización, de dejar atrás al temible virus que había matado a muchas personas… Maldito Teodorín, maldito agente patógeno…

sábado, 5 de julio de 2014

La justicia siempre llega - Justice always comes




Tantas horas de huida me han vaciado todas las reservas de energía. Mis piernas dejan de responder, las rodillas se doblan sin permiso y mi cara impacta contra el suelo. Van a atraparme, he de continuar. Me incorporo y corro hacia esa casa que mis ojos no consiguen enfocar.
La puerta está abierta. Alguien la ha abandonado con prisas. Subo las escaleras y me desplomo al entrar en una habitación. Esta vez me cuesta levantarme, hasta mis brazos se niegan a ayudarme. Consigo llegar al interior del vestidor. Mi corazón se queja, cada latido me provoca un ardor insoportable. Intento acompasar la respiración… el silencio desaparece con la llegada de voces lejanas.
Huelo la proximidad de esos monstruos, los imagino relamerse, reírse, sus ojos enrojecidos… Desean torturarme, matarme… ¡Malditos!
No dejan de hacer ruido, de gritar mi nombre pero ya no tengo fuerzas para huir, seguiré escondido, sin moverme, casi sin respirar… tal vez pasen de largo, tal vez no me vean, tal vez… ¡quieren mi sangre!
Ya llegan. Suben las escaleras hacia la habitación, parecen tres, demasiados para este cuerpo cansado y malherido, tal vez pueda con alguno pero sucumbiré matando.
-          ¡Ya estamos aquíiii, Frank! Esta vez no escaparáaaas.
¡Alimañas! Se sienten vencedores al percibir a su presa acorralada.
Abro la puerta y salgo a su encuentro. Tres linternas me iluminan y me abalanzo hacia ellos gritando:
-          ¡No me clavaréis las estacas!
______________________________________________________

So many hours of escape have emptying me all energy reserves. My legs don´t answer, knees bent without permission and my face bumps against ground. They will catch me, I must continue. I sit up and run toward that house my eyes can´t focus.
The door is open. Someone has left it hurry. I climb the stairs and I came down when I entered in a room. I find it hard to get up this time, even my arms refuse to help me. I managed to get to the dressing. My heart whimpers, every heart beat brings me an unbearable burning. I try to mark the rhythm of breathing…. Silent disappears when far voices arrive.
I smell those monsters proximity, I imagine them gloating, laughing, their eyes blushed…The want to torture me, kill me… ¡Damned!
They keep making noise, shouting my name, but I don´t have strength to escape, I´ll continue hidden, without moving, almost breathless… perhaps they pass by, perhaps they don´t see me, perhaps…they want my blood!
They are coming. Climb upstairs to the room, they seem three, overmuch for this tired and wounded body, perhaps I can beat someone but I´ll succumb killing
-           We´re hereeee, Frank! This time you´ll not escaaaape.
Vermins! They fell winners perceiving their prey cornered.
I open the door and go out to meet them. Three lanterns lighted me and I pounce on them screaming:

-           You don´t nail me the sticks!


sábado, 21 de junio de 2014

Cambio de historia



Sus pasos retumban en el oscuro pasillo. Se acerca sin vacilación. Mucho me temo que viene a liquidarme. Se detiene en el umbral de la puerta, extiende su mano con precisión y la luz invade la habitación.

-     No puedo dormir, John. La historia que me contaste no es creíble y no me transmite confianza. Me has engañado.

Moira, observa mi reacción intentando anticiparse a los movimientos que se producirán.
No lo entiendo mi actuación fue de Oscar. Mi primera patrulla nocturna no pudo ser más provechosa:

•  A las doce cuarenta y cinco detuve a cuatro pandilleros que estaban dando una brutal paliza a un repartidor de pizzas. Cuando llegó la policía ya se habían marchado con las pizzas.

•  Una hora más tarde auxilié a una pareja que se accidentó con su vehículo. Por algún motivo el coche les llevó a chocar contra una fuente. Los chicos estaban bien pero respondían a mis preguntas con mucha lentitud. La ambulancia los traslado a un hospital.

•  Más tarde, sobre las tres y media, acompañé a una desorientada chica a su casa. Fue un trabajo arduo y difícil ya que casi no podía andar. Perdía el sentido constantemente y se despertaba canturreando canciones.
¡Joder Moira, ser superhéroe no es fácil!

-     John, no eres lo que esperaba.

De ella depende mi existencia... tengo que convencerla.

-     He tomado una decisión, adiós John.

Mi vida se va junto a los restos de la goma de borrar.

miércoles, 2 de abril de 2014

Reprogramación




Acto I

Eran las siete de la mañana y el ritual acontecía como todos los días desde el pasado veintinueve de Julio. No importaba si era Navidad, domingo, llovía o hacía calor; Henry caminaba con el mismo rumbo y número de pasos, ciento cincuenta vueltas a la manzana para terminar sentado en el portal de su casa durante una hora; bebiendo agua y cerrando los ojos sin reacción a ningún estimulo externo. Un trance profundo como un viaje astral del alma sin el cuerpo.

Agazapada tras la ventana Fiona arrancaba a llorar recordando al hombre atlético y bien parecido que fue; el hombre vital y enamorado de la vida ejemplo para muchos, incluso para ella misma…
Desde la muerte de su mujer y de su hijo había adelgazado hasta extremos insostenibles, su aspecto era desolador: barba descuidada, cabellos largos y desordenados, ropa desgarrada y pestilente, andares cansinos y, lo peor su cara… mirada ausente, perdida… no durará mucho más en el mundo de los vivos aunque su mente ya murió el día que sus seres queridos desaparecieron en aquel horrible atentado.

Desde entonces como buena vecina, colega y amiga, intentaba ayudarle pero siempre rechazada volvía a intentarlo con constancia y con el mismo fracaso.
Henry se había auto impuesto una muerte lenta, una degradación agónica irreversible, un sufrimiento in crescendo cuya explosión final sería una muerte horrible por dolor consentido.

Pero esta vez sería diferente, Fiona tenía un plan. Había convencido a sus jefes de Korztsweil Technologies para utilizar a Henry como cobaya en el proyecto de  reprogramación mental que estaban desarrollando para el gobierno, destinado a los astronautas que pasarían largos periodos en el espacio y que podían desestabilizarse emocionalmente, perjudicando el trabajo en equipo desembocando en enfrentamientos violentos e incluso en el suicidio y, por supuesto, en la destrucción del costoso equipo tecnológico que manejarían.
Su jefe fue tajante.
-  Fiona, necesitaremos la autorización voluntaria de Henry o no podremos realizar ninguna acción en su cerebro. Es una oportunidad importante para nuestro proyecto pero no la podemos ejecutar saltándonos las barreras legales.

- Gracias, Dmitry. Estoy segura que su deterioro mental es reversible y su estado actual me permitirá convencerlo, yo sigo siendo psicóloga… él ya no.


Acto II

Henry ha despertado en una camilla, inmovilizado, rodeado de pantallas, cables y tubos. Sus ojos no son capaces de fijarse en un lugar en concreto intentando averiguar donde se encuentra; luces y sonidos irreconocibles no le ayudan a definir su situación. 
Una voz conocida le distrae de su incomprensión.

-  Hola Henry, soy Fiona. No te asustes, estás desconectado de tu cuerpo solo tu cerebro se encuentra en pleno funcionamiento. Puedes hablar aunque con cierta dificultad pero si te excitas, los  calmantes fluirán, automáticamente, por este tubo hasta tu cabeza.

Los monitores que controlan la presión sanguínea y los latidos de su corazón se tornan rojos activándose un molesto y penetrante pitido.  
Henry recibe la primera dosis de calmante, la siguiente le hará perder el conocimiento por varias horas. El efecto es inmediato y su mirada se estabiliza en la cara de la doctora.

-  Fiona, ¿Qué me has hecho? –susurra con una voz gutural casi incomprensible.

-  Todavía nada. Voy a intentar salvarte la vida. Ahora dormirás doce horas seguidas, durante ese tiempo intentaremos regenerarte físicamente lo mejor posible, supliendo tus deficiencias vitamínicas y algún que otro aporte necesario, cuando despiertes te explicaré como vamos a conseguir que te recuperes.

Los ojos de Henry se inundan de impotencia en forma de lágrimas esforzándose en articular palabras comprensibles pero solo son audibles las últimas cuatro:
-  …No me dejes despertar.


Acto III

-  Hola Henry, sé que me puedes escuchar, no te esfuerces en acelerar tu despertar. La medicación se metaboliza lentamente, es normal no te preocupes. Volveré en treinta minutos.

Fiona retorna a la habitación pasado el tiempo estipulado. Henry ya está totalmente despierto pero sigue inmovilizado. Le recibe con un gesto de disgusto y le espeta.

-  Fiona esto es un secuestro. No tienes derecho a…
La interrupción por parte de Fiona es inmediata y su reacción,  contundente.

-   No me digas a que tengo derecho, eres tú el que ha perdido sus derechos y yo quien te los va a devolver.
Se mantienen las miradas uno al otro y perderá el que primero hable.

-   No podrás hacer nada sin mi autorización. Suéltame y llévame a mi casa.
Ella no se amilana sigue manteniendo la mirada fija en los ojos de Henry. Tras unos segundos habla con la calma de quien se sabe ganadora.

- No puedo obligarte ni quiero –sonríe– simplemente… te convenceré.

-  ¡Imposible!, ¡suéltame!
Lo tiene donde quería, Henry ha sido rotundo, inflexible, dispuesto a mantenerse en su criterio cueste lo que cueste.
-  ¿Y si te digo que dispones de la posibilidad de volver hacia atrás en tus recuerdos y vivirlos con la misma intensidad como los viviste?
Tal vez porque lo que escucha le suena tan bien como increíble, tal vez por los aportes vitamínicos o porque Fiona le está liberando de las ataduras que le inmovilizan a la camilla; su cerebro funciona como ya no lo recordaba, equilibrado, reflexivo, atento… Henry se incorpora y comienza a masajearse el cuello y las muñecas.
- ¿Estoy entendiendo que habéis desarrollado algún tipo de estimulo en el hipocampo que permite desconectar de la realidad y rememorar el pasado en el presente?

-   Sí. No solo estimularlo, además podemos recrear una realidad virtual con los recuerdos con un grado de verosimilitud perfecto, tanto que no será posible distinguir en que realidad se encuentra el individuo.

Henry se sorprendió pensando con rapidez, rememorando los acontecimientos minutos antes de la desgracia. Los tres disfrutando de la primera lección de natación del enano Michael. Tan solo reían ellos ya que el pequeño no veía claro que sumergirse en tal cantidad de agua fuera divertido pero estaba decidido. Rose, desde el inicio de la calle de la piscina y Henry, en la llegada, le animaban aplaudiéndole y gritando su nombre alabando su decisión, hasta que el niño saltó y todo se tiñó de luz.
-    Quiero… quiero volver a verlos, Fiona.


Acto IV

-    Gracias por prestarte al tratamiento Henry.

Completamente desnudo, en posición vertical, con cables adheridos a gran parte de su cuerpo, tubos en su nariz y una especie de cascos en sus oídos, Henry miraba a su interlocutor; este estaba rodeado por cuatro personas con bata blanca y mascarilla y, cerca de ellos, dos mesillas repletas de instrumental que era mejor no preguntar para que se iban a utilizar.

-    Dmitry, gracias a vosotros volveré a ver a mi familia.

-   Vamos a grabar desde este momento todo lo que ocurra en esta habitación. Fiona te explicará de forma concisa, el tratamiento al que te vamos a someter y necesitamos tu autorización de forma clara. Adelante doctora.

Fiona había permanecido a su espalda revisando dos de los monitores y se acercaba a la camilla vertical. Su taconeo al andar se había vuelto inconfundible.

- Son tres fases, la primera, que será continuada en todo el proceso, constará de unas descargas eléctricas con un sonido específico y de intensidades cambiantes y elevadas; cercanas al stress, directamente al hipocampo. La segunda fase se iniciará al transformar las proteínas que generaran esos sonidos, las potenciaremos con el fin de activar las neuronas adecuadas evocando la situación que queremos recordar a través de las imágenes que introduciremos en la tercera fase.

-    ¿Y dónde están las malas noticias?
Los ojos de Fiona observan los de Henry, a pesar de la pregunta sabía que la decisión estaba tomada.

-   Es la primera prueba en humanos y sabemos que dañaremos tu cerebro pero desconocemos si será reversible.

-  ¿Me garantizas que los primeros recuerdos serán los de mi familia en su último día?

-   Por supuesto no tenemos otro deseo. Monitorizaremos todo el proceso y veremos en la pantalla lo que tú verás, lo que oirás y lo que dirás.

Desde que Fiona le liberó de la camilla Henry sabía que no se negaría a nada con tal de revivir los últimos instantes con su familia.

-   Doy mi conformidad al tratamiento, conozco los riesgos a los que me expongo y soy plenamente consciente de mis actos.
La solemne autorización hizo que los presentes se miraran unos a otros esperando las órdenes oportunas. Fiona fue la encargada.

-   Adelante, comenzamos el tratamiento.

Ágilmente, los doctores, divididos en tres grupos de aparatos de control  y medición procedieron a activar diferentes teclados, pantallas y pulsadores.

-  Henry, pronto no serás consciente de lo que ocurre, hemos comenzado a inyectarte ciertos inhibidores y calmantes; más tarde te inyectaremos algunos potenciadores. Vas a perder la consciencia en pocos minutos, ¿quieres decir algo?

-    Si. Sé que ellos morirán pero cerraré ese bucle.
Las lágrimas fluyen mientras Fiona coge la mano de Henry.


Acto IV

Los gritos le hacen abrir los ojos a pesar del sueño que todavía le mantiene en estado de sopor.

-    ¡Papá, Papá!

Mira el reloj de la mesilla, son las 07h30’…hoy no va al trabajo… ¡hoy es el gran día, Michael va a aprender a nadar!

-   Hola Michael –Lo sube a la cama y le abraza, cierra los ojos  intentando contener sus lagrimas.

Se gira a su derecha y Rose está a su lado remoloneando, sonríen, hoy será un día único... será el último. 





viernes, 7 de febrero de 2014

Nueva Oportunidad



I

La ausencia de luna permite rastrear el cielo con claridad. La Estrella Polar,  la Osa Mayor, la brillante Arturo del Boyero y un poco más lejos la Espiga de Virgo. Desde la Osa Menor; Deneb, Vega, Altair… Todo lo que comienza tiene un final y el azabache salpicado de luces titilantes muta lentamente a claridad opalescente, preludio de la llegada del poderoso titán que reactiva nuestros sentidos, el que nos da luz y calor; al que veneramos como el Dios de la vida: SunRa.

Cumplo con la tradición. Arrodillado con la barbilla en contacto con mí pecho, ojos cerrados y los brazos abiertos con las palmas hacia arriba. Así es el rito atávico que los hombres y mujeres del clan ofrendan a su Dios como prueba de agradecimiento por el nuevo día.
Una inscripción en la roca del mirador lo recuerda:
“La Mentor Klano devus ĉeesti la alvenon de la suno ĉiutage el lia vivo”
(“El Mentor del Clan debe asistir a la llegada del astro rey todos los días de su vida”).

Han transcurrido dieciocho mil doscientas cincuenta lunas desde mi primera vez… hoy será la última.
Ancestrales ritos que mañana desaparecerán y que pronto se olvidarán.
La vorágine de cambios tecno-sociológicos y la velocidad con la que se producirán no dejará espacio para el recuerdo.

La llegada del amanecer reactiva a la comunidad. Los primeros sembradores y sus protectores, emprenden la marcha hacia las cuevas agrícolas acarreando los excrementos de nuestro ganado en carromatos empujados por los más fuertes o ayudados por los escasos bueyes de los que disponemos.
A mi señal, los vigilantes se apostan en posición de defensa con sus arcos armados preparados para abatir cualquier alimaña que intente penetrar en el interior de la aldea. El centinela de la torre libera las cadenas, iniciándose la caída de la compuerta de la empalizada.
Pedro, el brigadier, levanta la cabeza buscando la atalaya y levanta la mano acompañándola con una sonrisa. Le respondo con las dos manos en alto mientras emprenden su viaje.

Durante quince lunas los sembradores permanecerán en las cuevas realizando tareas agrícolas; renovaran el sustrato y controlaran los parámetros básicos: nutrientes, temperatura, humedad y dióxido de carbono. Las zonas donde el compost alcance la temperatura ideal serán inyectadas con los micelios y el sustrato se mantendrá caliente, para así estimular el crecimiento de las raíces blancas.

Por la Puerta Sur aparece otro grupo de unos cincuenta individuos, escoltados por seis protectores armados y tres carros con sus asnos correspondientes. Vuelve aparecer en el aire el chirrido de las cadenas a mi señal de autorización. 

-          Adiaŭ (Adiós) Jesús. Ĝis la nokto (Hasta la noche) –Grita la joven Salomé
-          Bon voyage kaj bonan revenon (Buen viaje y mejor regreso) –Mis manos vuelven a alzarse hacia el cielo dándoles mi bendición.

Regresarán al anochecer con el alimento para el Clan; los hongos que nacen en la oscuridad de la atmosfera pura de las cuevas: las setas de París.
París, una ciudad importante en el pasado del planeta, un icono de modernidad y tecnología, cuna de cultura y ocio; conceptos que el Clan nunca ha conocido. Solo las  historias que cuentan los ancianos, que a su vez relataban sus abuelos, se aproximan a esa época remota que no ha de volver.

El impacto del meteorito nos dio la oportunidad de comenzar un nuevo ciclo, con la ventaja de las muchas lecciones aprendidas. La principal: la convivencia con la naturaleza, que se convirtió en una ley imposible transgredir y yo en uno de sus mentores.

Hoy es mi último día en el Clan. No me apena la situación aunque me esfuerzo por retrasar el momento… intento que mis circuitos de memoria almacenen especialmente estos instantes… si bien sé que es en vano, serán vivencias como todas las que almacenan en el banco de memoria.

II

Como resultado de la reagrupación de los supervivientes a la terrible colisión, subsisten 1500 clanes. Se han desarrollado social y tecnológicamente de forma independiente, aunque amparados en un programa evolutivo común que ha de impedir que los errores de la anterior humanidad vuelvan a repetirse.
Los avances tecnológicos han estado controlados y supervisados en su desarrollo, preservando el entorno y no influyendo negativamente en el planeta.

Pocos animales sobrevivieron, algunos fueron domesticados otros mutaron desarrollando una fiereza extrema siendo en su mayoría alimañas cuadrúpedas. Las aves se extinguieron, no así los insectos que proliferan en cantidades ingentes, sobretodo en humedales. Las plantas redujeron su población tras el apagón temporal del Sol. Las peor tratadas fueron las más fotosintéticas, aunque el efecto se mitigó transcurridos pocos años del desastre, cuando la nube de polvo desapareció y su población se recupera sostenidamente.
El único campo en el que se decidió que no hubiera límite fue en la medicina. La población humana era escasa y había que combatir la posibilidad de que una enfermedad diezmara a la especie hasta ponerla en peligro de extinción.
La magia fue el vehículo que enmascaró la evolución de esa ciencia; mixturas de hierbas y líquidos extraños acompañados de cánticos y conjuros convirtieron a los primeros druidas en mentores.

Unos pasos sordos advierten de la llegada de alguien.
-    Saluton (Saludos) Jesús. La gardistoj jam tendumis en la Stockade (Los vigilantes ya están apostados en la empalizada)
-       Danke (Gracias) María. Bonvolu komuniki al la estraro, ke la kunveno okazos kiam la unuaj radioj de la SunRa tra truo unuan sanktulon. (Por favor comunica al consejo que la reunión tendrá lugar cuando el primer rayo de Sunra atraviese el primer agujero sagrado).

La fiel María desaparece tras la cortina que cierra la entrada de acceso al interior de la garita de vigilancia. Me acompaña desde que su madre muriera hace muchas lunas, sacrificando su juventud al heredar la tarea más respetada por el Clan.

Ha llegado la hora de descansar. Mi naturaleza no precisa de ese acto aunque es preciso fingir la necesidad. El turno de guardia ocupa mi lugar.

El camino hacia mi oquedad de descanso es completamente oscuro.
“La Mentor ne bezonas lumon por vidi kaj ĉeesti por auxdi, Sciante”
(“El Mentor no necesita luz para ver ni estar presente para escuchar, todo lo sabe”). 
Los niños aprenden máximas similares y veneran al Mentor como un ser con conocimientos inalcanzables para el común de los mortales. Todo el mundo me respeta, me admira y me quiere; el Clan sabe que la función del Mentor es la de vivir por y para el colectivo.

Mañana se encontraran huérfanos y desorientados pero lo superaran en cuanto sean conscientes de su independencia.

La oquedad donde descanso es la más recóndita de la cueva principal, no dispone de acceso al exterior y es la única que puede ser sellada completamente.
Las rocas que ocultan el acceso al habitáculo advierten mi presencia girando en silencio permitiéndome el acceso. Una vez en su interior retornan al punto de sellado.

Cierro los ojos y me desplazo al centro de la habitación donde las rodillas ceden al peso de mi cuerpo y se acoplan con el frío suelo, a la vez que una fosforescencia aparece por debajo de ellas. Desconecto.

III

Cenáculo (Planta superior de la cueva del Clan)

Un rayo de SunRa atraviesa el agujero sagrado en el instante que el grupo se sienta alrededor de la losa de granito. Las miradas fijas en mi llegada y el silencio expectante inundan la sala.
Los siete no han sido capaces de descubrir que se esconde en la magna convocatoria aunque esperan algo importante, muy importante.

De pie y sin tomar asiento me dirijo a ellos:

-    Estimadas Helen y Marie; estimados René, Alexander, Nikola, Leonardo e Isaac, ha llegado el momento de comunicaros vuestros nuevos cometidos —Unos a los otros se miran queriendo encontrar las respuestas a sus preguntas— Os he preparado durante muchas lunas para que asumáis la jefatura del Clan bajo las diez leyes. Hoy, esas leyes dejan de ser inmutables, debéis desarrollarlas y evolucionarlas… desde este instante ese es vuestro único cometido: dirigir la evolución de la humanidad por la senda correcta. Los avances tecnológicos acordes con los tiempos futuros están al llegar… —Los murmullos ya son inevitables y Nikola se atreve a hablar. 

-          Jesús disculpa la interrupción, nosotros no podemos hacernos cargo del Clan, según la Primera Ley no es posible.

-          Nikola, la Ley dice que la desaparición del Mentor genera automáticamente el ascenso del sustituto propuesto por el propio…

-          Pero… no has desaparecido —Cruzan miradas, los siete saben lo que van a oír.

-          En breve comenzaréis a comunicaros con otros clanes, descubriréis sistemas de comunicación en los que no será necesaria la presencia física, realizaréis hallazgos que os harán cuestionar vuestra vida actual y querréis desentrañar el pasado lejano, ¡no lo hagáis! pensad en el futuro y olvidar lo acontecido antes del impacto… todos esos momentos se han de perder en el tiempo... como lágrimas en la lluvia… es hora de morir.


Epílogo

Dos millones novecientas veinte lunas han transcurrido.

En la cabina de control de la Nave NewEarth II el comandante Jesús Giskard observa como se aproximan a la esfera azul. Si tuviera corazón, seguramente sufriría una aceleración en él pero sus algoritmos no le generan ninguna duda.
Involuntariamente rememora hechos del pasado, en realidad repasa la historia, su historia, su programación, la que le ayudará a tener éxito en su nuevo desafío.

Su destino: Marte, el gemelo terraformado que acogerá a los primeros seres humanos… una nueva oportunidad.