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sábado, 14 de marzo de 2020

VALLES MARINERIS







LA BASE
Noctis Laberynthus es una región extraña, y que no es extraño aquí, con multitud de fracturas al pie de los grandes volcanes del domo de Tarsis.
Valles Marineris-1 es la primera colonia terrestre en Marte. Ocho personas dedicadas en cuerpo y alma a nuestro objetivo principal: buscar rastros de vida de hace más de 3.500 millones de años, cuando el agua líquida cubría buena parte del planeta. La avanzadilla de una colonización que parecía inminente hasta hace pocos años.
La visión es impresionante. Roja, oxidada. Los canales de Chasma Tithonium, que se bifurcan en Chasma Candor e Ius Chasma,  Ophir y Melas Chasma que concluye en el Coprates Chasma,  Eos Chasma y Gangis Chasma.
Todos estos valles estrechos y con forma de cañón han sido el centro de nuestras exploraciones en estos últimos ocho años.
Precisamente hoy es nuestro cumpleaños terrestre, en Marte la cifra no es tan redonda: cuatro con dos años marcianos desde nuestro amartizaje en septiembre del 2035.
Continúo el repaso de la visita virtual que enviaré a la Tierra más tarde con el informe.
Hacia el oeste del Valles Marineris se encuentra una zona caótica con imágenes sugerentes de grandes cauces fluviales pero muy difíciles de explorar con nuestros medios actuales.
Los valles, Ares Vallis (todavía está la sonda Pathfinder varada como si fuera una estatua conmemorativa), Tiu Vallis, Simud Vallis y Shalbatana Vallis y el inmenso canal de Kasei Vallis, son los objetivos de la segunda fase de exploración que comenzará con la llegada de nuestro relevo que… todavía no tiene fecha prevista. Una fecha pospuesta sine die, lo mismo que nuestro regreso.
Abandonados en Marte, parece el título de una novela de Lester del Rey.
Un ligero zumbido y una vibración en mi pulsera me hacen dejar de soñar.
—Fin del periodo de guardia. —La IA me recuerda que es hora del relevo.
Levanto la mano con un gesto circular y cierro el interactivo.
En la parte superior del mirador aparecen las imágenes de las CAM 1, 2, 3 y 4.
El suelo vibra ligeramente, aviso de que el ascensor está activo.
La puerta al Centro de Mando se abre y por ella aparecen John y Aaron.
 Una lejana canica amarilla asoma en la Cam 1
—Hola Alicia —dicen al unísono
—Buenos días chicos.
Asienten con distintos gestos. De forma automática, John se sienta en el cuadro de mandos de los drones y los activa. Están programados desde ayer, con la ruta mapeada. La penúltima ruta que realizarán y con ello habremos explorado todas las zonas Chasma asignadas.
Aaron hace lo propio para ajustar y calibrar las CAM correspondientes a cada dron.
El suelo vuelve a vibrar. Ahora son Anna, Mei Xu y Richard los que nos saludan.
Anna se acerca a mi exhibiendo sus blancos dientes.
—Hola Anna. Sin comunicaciones ni recepción de paquetes de actualizaciones. Los sensores de alerta temprana indican el inicio de una ligera tormenta con previsión de “persistente” en unas seis horas. Posibles “diablos de polvo” en Amazonis Planitia al atardecer. Sin más novedad.
—Gracias Alicia. Ahora vete a descansar —dice Anna, mientras se dispone a ocupar su puesto.

Mientras remito el informe de la noche anterior a la Tierra me asaltan esos pensamientos negativos de los últimos meses.
Nuestra misión es un fracaso y aviva el desinterés de la Tierra por el planeta rojo en favor de las estaciones espaciales en los puntos lagrange de la Tierra - Luna como colonización espacial, económicamente más viables.
Esperábamos encontrar algún vestigio de vida ancestral, fósiles o algo parecido pero tal vez nos estábamos equivocando en el procedimiento.
Anna, nuestra jefa, consciente de la situación, nos reunió hace unos días para consensuar una serie de cambios en los que había estado trabajando para nuestras dos últimas misiones. Propuso dirigir los drones a unas zonas muy fisuradas y escarpadas, con desniveles de más de 5 kilómetros. Esas zonas recibirían rayos de sol durante más de cinco horas, por lo que se esperaba una temperatura entre -25º y 5ºC en el periodo de exploración de los drones. La visibilidad sería buena hasta el mediodía del segundo día, a partir de ese momento la previsión meteorológica empeoraría con una ligera tormenta de polvo de unos 50 kilómetros/hora, momento del fin de la misión Sol192 y del regreso de los drones a la base. Las consecuencias de la primavera marciana.
El análisis y procesado de vídeos e imágenes nos ocupará bastantes soles.
—Informe terminado y enviado.
Me levanto y activo mis botas magnéticas desde el brazalete. Me despido de mis compañeros con un leve saludo que no recibe respuesta. Están concentrados.
La IA me permite franquear la puerta que da al corredor de acceso a los ascensores y a las escaleras de las plantas superiores. Elijo las escaleras. El tintineo de mis botas contra los escalones metálicos me recuerda el sonido rítmico de una batería. Canturreo en silencio mientras dejo atrás la primera planta y el laboratorio. Llego a la segunda y apunto estoy de ceder a los efluvios que se escapan de la cocina. Saludo a James y acelero el ritmo huyendo de la tentación. El soniquete de batería continúa hasta la tercera planta, la de las cabinas individuales y el jardín hidropónico. Me arrepiento y accedo a la última planta, a la pequeña sala para la práctica de ejercicio. Bob está machacándose en la cinta lleno de contrapeso. Le saludo.


ALEGRIA
Estoy en un camión de bomberos y…
—Joder es la alarma.
Me incorporo de la cama con tanto ímpetu que me golpeo en la frente con el techo del habitáculo.
—Puto ataúd.
No hay tiempo para lamentaciones, casi en suspensión me pongo el mono y las botas.  Las activo con tanta rapidez que no me doy cuenta de que no estaba en el suelo, recibiendo un segundo golpe.
La puerta de la cabina se abre y corro, (bueno, eso de correr en Marte…) hacia el laboratorio.
La bajada por las escaleras es más rápida y divertida, las barandillas son un apoyo resbaladizo.
Me fijo en el reloj de entrada al laboratorio; no hace ni cuatro horas que me marché.
La puerta se abre… está el equipo al completo.
Anna me grita por encima del murmullo.
—Alicia, acércate, rápido.
Anna, John, Mei Xu, Richard y Aaron, se han apoderado de una pantalla, según veo la que corresponde a la CAM 4, la que recibe imágenes de uno de los drones.
—Mira Alicia —dice John.
La pantalla muestra una ligera neblina rojiza, la que muchas veces visualizamos cuando el viento es superior a cincuenta kilómetros/hora. Esa niebla que nos obliga a abortar las misiones con drones que no permite la suficiente nitidez en las imágenes y que, además, nos arriesgamos a perderlos.
—Pero, ¿qué hacéis? ¡Abortad la misión!
—Alicia cálmate, es una grabación de hace unos minuto. ¡Fíjate! —ordena Anna.
El dron, empujado por el viento, se dirige a la fisurada ladera. Justo antes de chocar aparece una impureza en el foco de la cámara, una especie de hilillo brillante, tal vez parte de la carcasa del dron se estaba deshilachando por el choque del regolito en suspensión.
Pero, no es posible
—No es una impureza, parece…
—Agua —añade Aaron-


TORMENTA
El Rover nos espera. Martín, John y yo vamos a la zona dónde impactó el dron.
Deberemos descender unos pocos metros, tal vez unos veinte - veinticinco para tener acceso visual a la zona.
El tiempo previsto de transito es de una hora, todavía llegaremos de día. La tormenta no se ha detenido. La duración prevista es de dos días, pero según la previsión, la potencia del viento no aumentará significativamente. Estamos al límite de lo soportable para una acción exterior. No hay que pensar, hay que actuar. La posibilidad de agua corriente sería el espaldarazo moral que necesitamos en la base y a su vez nuestro pasaporte de vuelta a la Tierra.
La cámara intermedia se abre invitándonos a pasar. Se cierran las puertas y se inicia la despresurización. Las luces rojas mutan a verde y la puerta de acceso exterior se desliza hacia un lado en silencio. El Rover nos espera a dos pasos de la puerta.
Nos acomodamos en nuestros puestos. Martín introduce las coordenadas, mientras John revisa el material de escalada recién cargado. Yo compruebo el cierre hermético de la puerta y acciono el paso de oxígeno y los calefactores para hacer habitable el habitáculo.
Dos minutos más tarde recibimos el aviso de la IA.
—Atmósfera respirable. Veinte grados centígrados.
Martín se desprende de la escafandra y pone en marcha el Rover.
Casi no nos da tiempo a John y a mí de sentarnos y fijar nuestros cinturones.
La visibilidad es pobre pero el Rover ya sabe el recorrido.
—Alexa, ¿se prevén cambios en la tormenta actual? —pregunta John.
—En esta estación los cambios son imprevisibles. Según las estadísticas el empeoramiento de las condiciones tiene una probabilidad del 40% —contesta Alexa.
Martín detiene el Rover y nos mira.
—Es nuestra decisión —dice John —yo digo que adelante.
—¿Tu qué opinas Alicia? —Martín me mira inquisitivo.
—No me opongo, pero si la tormenta empeora algo más nos volvemos o buscamos refugio —digo poco convencida.
“El riesgo es grande y el empeoramiento puede ser demasiado rápido. Espero que podamos reaccionar si se produce”. Malos pensamientos invaden mi cabeza.

El recorrido termina sin que el tiempo presente variación alguna.
John detiene el Rover. Martín ya se ha desplazado a la parte trasera para preparar el material. John y yo observamos el descenso, no parece tener excesiva dificultad. Yo seré la primera en bajar. Distingo distintas oquedades, pero la vista no me alcanza a observar la zona exacta dónde aparecía el hilillo de… ¿agua?
Silencio en la radio y solo hablan nuestras miradas con los ojos muy abiertos. Voy con Martín.
Martín fija la bobina al Rover y me alcanza el cable. Me fijo el cable a la cintura, volvemos a mirarnos con ese gesto mezcla de excitación y esperanza.
—Base vamos a salir —dice Martín.
—Su-er-te —contesta alguien robotizado y entrecortado.
Se cierra el acceso al interior del Rover y me quedo sola en la plataforma trasera de salida al exterior.
Se abre la puerta. Espero a que se conecten los focos. Salto accionando los retropropulsores de la parte externa a mis pies y de la espalda. El viento parece aumentar, pero mi aterrizaje en la zona prevista es inminente. La niebla es cada vez más densa. Arriba la luz de los focos se atenúa. El retropropulsor de la espalda hace las funciones de timón aproximándome correctamente a mi destino. A dos metros de mi contacto con la repisa, oigo a John.
—Voy. Alicia hazme sitio.
Los sensores de alerta vibran y se iluminan, han pasado del naranja al rojo parpadeante, advirtiéndonos de un incremento de la velocidad del viento.
—Alicia sujeta el cable —grita John.
Entro en contacto con la pequeña terraza. Me fijo a la pared. Libero mi sujeción y atrapo el cable. El cable se tensa y casi no puedo retenerlo. Intento fijarlo a un saliente de la roca que tengo a mis pies, pero la resistencia limita mi esfuerzo. Empujo con todas mis fuerzas. Mis botas resbalan como si el suelo fuera hielo.
—Mis propulsores están al máximo. No consigo estabilizarme —grita John.
El viento aumenta su potencia. El arnés tensa mis hombros y cintura. Algo se va a romper. La parte más débil cede.  El viento arranca el cable de mis manos a pocos metros de que John llegué a mi posición.
John frena en seco su descenso y el viento lo arrastra con violencia hacia la pared. El impacto con la cornisa es tan brutal como sus gritos.
John se aleja, en silencio, como el globo que se ha escapado de la mano de un niño.
Aseguro mi cable a la fisura de la pared y grito.
—Martín, Martín —más silencio como respuesta.
Intento que mi mirada traspase la roja capa de polvo, cada vez más espesa, para captar cualquier cosa que me de indicios de que Martín está bien.
—Martín, Martín. ¿Me oyes? —insisto en mi llamada.
Una sombra se vislumbra entre la tormenta. Tal vez una gran roca. Es una luz.
—¡Noooooo!
Es el Rover. Impactará cinco kilómetros más abajo.

—Martín, Martín. Responde. Martín, Mar-tín, con-testa.
Cierro los ojos. Mis rodillas ceden y se hunden en la capa de regolito.


¿EL FIN?
Abro los ojos para dejar escapar el río de lágrimas que retienen mis párpados.
La tormenta sigue aumentando de potencia. La opacidad es total. Me acerco a la fisura, ahora parece más grande, lo suficiente para entrar agachada y guarecerme en su interior.
Desbloqueo mis anclajes.
—¿Base?, ¿base? ¿Me oís?… —¿Base?, ¿base? ¿Me oís?… —¿Base?, ¿base? ¿Me oís?
No insisto, es absurdo
“Supongo que la base está haciendo lo posible para conectar con nosotros… ¿con nosotros?, joder, solo quedo yo y no duraré mucho tiempo.
La antena estará destrozada junto al Rover y a tanta distancia la comunicación directa de mi traje es inviable. La baliza personal de señalización no sirve para nada”.
Pulso en mi muñeca y se abre el desplegable ante mis ojos.
Ubicación                             no disponible
Comunicación                     no operativa
Conexión con Rover           rota.
Parpadeo dos veces para cambiar a otra pantalla. Ya la tengo.
Autonomía
Oxígeno                                50% duración estimada 30’
Calefactores                        57% duración estimada 35’
Propulsores                         < 5% no recomendado su uso
Apoyo mi espalda en la pared y me resbalo por ella hasta el suelo. Sujeto mis piernas con las manos y apoyo el casco contra mis rodillas. Me acurruco en el agujero.
“Por lo menos no moriré de frío. Moriré calentita y sin oxígeno. Vaya, humor negro”
No puedo hacer nada, solo esperar… el rescate o la muerte. Estoy tiritando. Vuelvo al desplegable
Autonomía
Oxígeno                                40% duración estimada 25’
Calefactores                        47% duración estimada 28’
Propulsores                         < 5% no recomendado su uso
Tal vez he perdido la consciencia por unos minutos. Sigo tiritando, pero no es de frío. La tensión debe escaparse por algún lado. En realidad, son temblores. Mis brazos casi no pueden sostener las manos y todo mi cuerpo tiembla, vibra.
Intento reaccionar centrándome en la situación. La tormenta no amaina, es lo que tiene Marte, una tormenta comienza y nunca se sabe cuándo parará.
“En mi guarida conejera estoy a salvo… a salvo para morir sin poder hacer nada para evitarlo”
Alejo esos pensamientos. Hasta ahora no se me había ocurrido conectar el foco de mi casco.
Pulso el conector a la altura de mi oreja derecha accionando el dispositivo. Las varillas se alzan unos centímetros. Se doblan por la mitad y la estancia se ilumina. Debo parecer una hormiga luminosa.
“Se me está yendo la cabeza. No me extraña. He de controlar. ¿El qué he de controlar si estoy muerta? No, no lo estoy… pero lo estaré en unos minutos”
Sopeso la posibilidad de salir de mi agujero y saltar al vacío desde la repisa, como si de un trampolín se tratara para caer a una piscina sin agua. “No, viviré estos minutos”
Giro la cabeza hacia el interior de la oquedad y ahora parece una cueva un poco más ancha unos pocos metros más adelante. Me arrastro hacia el interior hasta poder ponerme en pie.
“Quién me iba a decir que me iba a convertir en Alicia “La Exploradora””. Sonrío.
Lo que iba diciendo, se me está yendo la olla.
Levanto la vista y el agujero se ha convertido en una especie de capilla rodeada de una especie de estalactitas en el techo y estalagmitas en el suelo. Hasta donde la vista me alcanza, la capilla se hace más alta alcanzando más de 5 metros de altura. La verdad es que es espectacular.
Recupero el desplegable:
Autonomía
Oxígeno                                25% duración estimada 15’
Calefactores                        29% duración estimada 16’
Propulsores                         < 5% no recomendado su uso
Miro el exterior. La tormenta sigue, inconsciente de mi situación. Decidido, moriré explorando.
Comienzo a caminar sin rumbo observando hacia todas direcciones. El paisaje se ha vuelto monótono, triste acorde con la soledad que me embarga.
“Vaya, parece que he llegado al final. Espera, no. Hay dos oquedades a media altura que parecen continuar”.
Seria divertido si no fuera una situación… mortal.
“Por lo menos puedo elegir, ¿derecha o izquierda? Pues nada, izquierda. A reptar como una lagartija… marciana”.
FIN
Salgo a otra bóveda, esta vez muy baja, casi no puedo ponerme de pie.
Esta vez el desplegable se activa solo. Mal asunto caracteres en rojo
Oxígeno                                17% duración estimada 10’
Calefactores                        22% duración estimada 12’
Propulsores                         < 5% no recomendado su uso

Mis oídos reciben el zumbido de la alarma y la frase que nunca queremos oír.
—Situación crítica. Es necesario reabastecerse. Vida en peligro. Situación crítica.
La bóveda es cada vez más estrecha y baja. Valoro darme la vuelta, pero qué más da morir aquí que morir más allá. Joder. Me detengo y vuelvo a llorar.
La espera es corta y el tiempo se agota sin remedio. Los zumbidos siguen en mis oídos y el desplegable sigue parpadeando, aunque no soy capaz de enfocar mis ojos para ver lo que pone. Tampoco importa, esto se acaba.
Caigo al suelo. Mis ojos se cierran. Convulsiono. La garganta se rasga. La tos retumba en mi cabeza. Mi boca expele espuma. Me muero.
Un ligero e imposible roce en mi hombro me obliga a abrir los ojos. Me agarro el pecho y me lo golpeo. Sigo tosiendo. Adivino más que veo. Estoy rodeada de una extraña luminiscencia en toda la pared de la cueva. Las luces se desprenden de la pared, se acercan, vuelan. La tos desaparece. Sigo alucinando por la falta de riego sanguíneo al cerebro. Las mariposas fosforescentes no aletean, simplemente flotan. Se juntan sobre mi cabeza y forman algo parecido a un cono. El cono crece y crece. De repente, el cono desciende suavemente y me cubre la cabeza, el pecho, las caderas; todo el cuerpo. Desaparecen. Cierro los ojos a la espera de no volver abrirlos nunca más. Vuelvo abrirlos con mucha energía. Mis manos cogen la escafandra y me la quitan, y… no sucede nada.
“¿Estoy alucinando?, ¿es esto la muerte?”
Ya no siento frío. Salgo de la cueva. La tormenta amainó. El regolito en suspensión casi ha desaparecido. Me detengo al final de la repisa. Veo el horizonte y relleno mis pulmones.

“Soy la primera humana, en respirar el aire marciano. ¿Humana?”




lunes, 23 de diciembre de 2019

Navidad 2019. Bendita confusión



Junto a la soledad y la noche, me doy un frío paseo por mi nuevo pueblo.

Se oyen villancicos y sonidos navideños cerca del centro. Intento no hacer caso a la llamada, pero mis pies no obedecen y ya estoy en el Ayuntamiento. Desde las escaleras observo que están montando un belén. La plaza rebosa de abrigadas risas y cánticos que se mezclan con el vaho invernal. Niños, papás y mamás, alejan sus preocupaciones y viven la felicidad de la Navidad en familia.
El escalofrío es profundo. Las lágrimas rebasan el límite de los párpados venciendo la resistencia de mis deseos de no llorar.

Un niño captura mis ojos tristes. Se acerca. Me mira y su guante, rojo y verde, coge mi mano. En mi cerebro una vocecita habla:
—No llores, te ayudaré a encontrar a tu mamá.

Feliz Navidad 2019

lunes, 24 de diciembre de 2018

viernes, 14 de diciembre de 2018

FEMBOT 2.0



ADIÓS

El autogiro se dirige hacia el destino programado. Desde el exterior parece una bala surcando el cielo sin dejar rastro.
A pesar de la velocidad el silencio en el interior de la cabina es sepulcral.
Mikel deja de bucear en el pequeño charco que sus lágrimas han creado a sus pies. Seca sus ojos con la manga del jersey y mira a su madre. Ella sigue con la mirada perdida hacía un infinito inexistente en la pared de la nave.
Iván sorbe su nariz con un sonido sordo. Ya no le quedan lágrimas que derramar. Su abuelo era un todo para él: padre, madre, amigo y sobre todo ABUELO. Un hombre sabio, el consejero certero que siempre estaba en el lugar y en el momento preciso.
Huérfano del faro que le guiaba sabe que ha llegado la hora de navegar solo.
—“¡Cómo te voy a echar de menos!” —grita en el interior de su corazón.

El autogiro se detiene en el aire como el perfecto vuelo cernido del ave que sincroniza el ataque a su presa.
El copiloto se levanta del puesto de control y hace una señal. Mikel comprende que ya han llegado a su destino y se libera del arnés de seguridad. Se levanta de su asiento en dirección al que ocupa su madre. Se arrodilla delante de ella y le acaricia el rostro con suavidad.
—Mamá, ya es la hora —susurra Mikel.
Mercedes alza la cabeza, mira a su hijo y a su nieto, con esa mirada del que no sabe que pasa ni dónde está. Iván se acerca a ellos con pasos vacilantes, un poco mareado todavía y ayuda a su padre a liberar a la abuela de los cinturones de seguridad.
Mercedes parece recuperar el control y les muestra lo que lleva acunado en sus brazos.
—El abuelo sería feliz de vernos a los tres juntos en su despedida —dice acongojada.
—Claro que sí mamá —contesta Mikel esforzándose por contener sus emociones.
Las lágrimas vuelven a brotar en los seis ojos a la vez.
Mercedes se levanta y con una ligera cojera se dirige a la pasarela del autogiro para acceder al exterior. Mikel e Iván la sujetan por los brazos con una presión casi inexistente. Ante la puerta de acceso exterior, el copiloto les espera con algo parecido a unas gafas de sol de aviador antiguo y una casaca térmica con arnés que deben ponerse antes de salir. Una vez equipados, el copiloto les coloca los anclajes de sujeción del arnés a la barra de la pasarela y la puerta se abre.
La luz y el viento se unen al momento. El viento les golpea en la cara con la misma fuerza que una brisa marina, esa brisa que trae el olor a mar, la mar de las vacaciones en Asturias, esas que ya nunca serán igual.
Mercedes reúne toda la energía que le queda para levantar la urna y grita al cielo:
—Juanjo, ¿te acuerdas de nuestra promesa?... “Siempre estaremos juntos incluso en el día que nos tengamos que marchar” … El destino no ha querido que cumpliéramos nuestro deseo… y decidió que tu vida tenía que terminar antes de tiempo… —Mercedes esboza una sonrisa forzada mirando a sus seres más queridos. —Hoy tu hijo Mikel, tu nieto Iván y yo te despedimos… y te digo… hasta pronto, te quiero Juanjo.
Los tres al unísono colocan sus manos en la urna, la tapa se abre mientras retiran sus manos. El polvo grisáceo se escapa volando como la alargada sombra que busca refugio entre las nubes.

INTENTO

Una vez han dejado a la abuela en su casa, Mikel e Iván llegan a la suya.
El silencio sigue presente entre padre e hijo después del triste acto.
Es Mikel quién lo rompe en cuanto llegan a la cocina.
—¿Tienes hambre Iván?
Iván se sienta en una de las sillas de la cocina mientras parece concentrado en algo. Tras unos segundos contesta:
—Papá, estoy preocupado por la abuela.
—Yo también Iván —dice Mikel mientras se sienta en la otra silla.
—Pero ¿te diste cuenta de lo que dijo? —Iván insiste.
—¿A qué te refieres? —pregunta el padre.
—Papá, antes de abrir la urna la abuela murmuró “…hasta pronto…” —tartamudea Iván.
—¿Y cuál es el problema? Ella es mayor y sabe que…
Mikel interrumpe la frase, se levanta de la silla y coge las llaves del auto.
—Ven conmigo, vamos a por la abuela —decide Mikel.

La IA avisa a Mercedes.
—Su hijo Mikel y su nieto Iván solicitan entrar.
La abuela se sobresalta y esconde el coctel de fármacos que estaba preparando en el cajón de la mesa de la cocina. Se recompone la bata de andar por casa y se atusa el pelo.
—Déjales entrar —ordena a la IA mientras se acomoda en el sofá del salón y activa su música— ¡Escuchar Tschaikowsky, El Cascanueces!
Iván entra el primero y corre hasta el salón.
—Hola abuela —dice apurado Iván.
Mikel aparece tras Iván con cara de preocupación.
—Hola chicos, ¿ocurre algo? No hace ni una hora que hemos vuelto de…
—No pasa nada mamá —replica Mikel— la verdad es que hemos llegado a casa y no queríamos comer solos, ¿nos invitas? —miente indeciso.
—Claro que si chicos. ¡Fuera música! —ordena Mercedes mientras se levanta para dirigirse a la cocina.
Mikel e Iván la acompañan un par de pasos por detrás.
—Abuela, ¿tienes macarrones? —comenta Iván relamiéndose.
—Sí, ¿tú también quieres Mikel? —propone Mercedes sin querer mirarle a la cara.
—Gracias mamá —susurra Mikel.
Mercedes teclea en la pared de la despensa y en pocos segundos aparecen tres humeantes platos de macarrones carbonara en la bandeja de salida.
Iván abre el cajón de la mesa para coger los cubiertos y no llega a cogerlos. Mira a su padre con la boca abierta mientras Mercedes corre llorando hacia el salón.

SOLUCIÓN

—Mamá ya lo hemos hablado, necesitas ayuda para superar tu depresión.
Mercedes no responde, mientras Mikel ordena la dirección de destino a su vehículo.
—BOTCORP, Torre Asimov. Despacho Reventlov
El auto inicia la marcha incorporándose a la carretera de acceso al aeropuerto en busca de su destino.
—Te sugerí que contratáramos una persona para que estuviera contigo las veinticuatro horas del día. Me dijiste que no querías convivir con nadie —asevera Mikel retirando la vista de la pantalla.

Mientras atraviesan la radial exterior a Nueva Madrid, Mercedes sigue sin hablar. Su rostro tiene unas ojeras muy marcadas y los labios apretados.
—Mamá, por favor. Es la mejor solución. Tendrás compañía y ayuda. No es un vigilante, es un cuidador —asegura Mikel.
Durante quince largos minutos el silencio fue el tercer ocupante del auto.
Mikel rompe el incómodo silencio y mira a su madre a los ojos.
—Es por tu bien.
Mercedes no contesta mientras acceden al túnel de acceso del complejo empresarial BOTCORP.

Señora Duque… doña Mercedes, —la mirada de Mikel ha sido suficiente para que el comercial rectificara— puede elegir entre androide o ginoide.
—¿Cuál es la diferencia? —pregunta Mercedes.
—Las dos opciones son robots humanoides. Ginoide o fembot se refiere a la apariencia femenina y androide a la masculina, —comenta el asesor a la vez que activa una holopantalla delante de la mesa que ocupan —como observa en las imágenes la diferencia es morfológica, por lo demás son programables según las características y requisitos que se demanden. Doña Mercedes ¿qué es lo que precisa? —dice el asesor mientras consulta el formulario que cumplimentó Mikel.
—No sé… —contesta dubitativa Mercedes.
El asesor no le permite continuar alertado por una ligera tos de Mikel.
—Disculpen debería haber leído antes el formulario. Tenemos muy claro que es lo que precisan, aun así, doña Mercedes, debe elegir la apariencia del bot.
—Gi… Fembot. Decide Mercedes.
—Estupendo doña Mercedes —Pelotea el asesor. —Están de moda las fembot con aspecto asiático. Los psicólogos consideran que transmite más tranquilidad y equilibrio…
Interviene Mikel ante el desconcierto patente en el rostro de su madre.
—Sí, asiática es buena idea. Por favor continúe. —Presiona Mikel.
La verdad es que Mikel no tiene ninguna preferencia, sabe que su madre lo está pasando mal y desea terminar cuanto antes.
—Además esta serie dispone de una programación especial para el cuidado de personas…
Mikel vuelve a toser y el asesor entiende el mensaje.
—Para finalizar solo necesito que me diga el nombre al que ella responderá.
Mercedes piensa unos segundos y se decide:
—Anita.

ENTREGA Y PUESTA A PUNTO

El personal de BOTCORP deposita el cuerpo inerte de la fembot en el sofá del salón.
Mikel y Mercedes la observan mientras los operarios la manipulan. La apariencia humana es perfecta, indistinguible de cualquier otra persona. Parece dormida con aspecto de tranquilidad total.
Uno de los operarios, un tal Antonio, despide a los otros dos y se queda al mando de una pequeña pantalla. Muy serio teclea y queda a la espera de respuesta. Unos pocos segundos después nos mira con una sonrisa. Parece que todo ha ido bien.
—Doña Mercedes, desde está tableta —el técnico muestra la pequeña herramienta a Mercedes —podrá acceder a… —consulta en ella —Anita. Podrá activarla, ponerla en posición carga, desactivarla, reprogramarla…
Mikel interviene.
—No se preocupe Antonio, la queremos en posición automática, de forma que la recarga se haga cuando sea necesario y nunca haya una desconexión total.
—Perfecto señor. Una vez aplicado ese formato solo podrá cambiarse a través del código de acceso original del que ustedes disponen en el contrato suscrito con mi empresa. Si están conformes procedo a la activación del modo AUTO.
Mercedes observa a Mikel y él es quién habla.
—Adelante.
—Bien —dice el técnico manipulando la tableta —en estos momentos se está completando el primer ciclo de carga para su funcionamiento, este proceso se repetirá cuando su carga llegue al mínimo del doce por ciento, dicha carga se ejecutará a través de cualquier punto inalámbrico de acceso de red. No se preocupen por la seguridad, el sistema utilizado por el enrutador de… —vuelve a mirar la tableta —Anita para la conexión, tanto de carga como de volcado de datos, está basado en la criptografía de la identidad, un tipo de criptografía asimétrica que convierte al dispositivo en único y no crackeable… Por cierto, si no modifican la configuración, la carga se efectuará con el equi… con Anita en marcha, sin desconexión y con sus facultades en pleno funcionamiento.
—Perfecto, —interrumpe Mikel —entendemos que una vez disponga de la carga total se activará y actuará según lo programado, ¿correcto?
—Si señor. Aproximadamente en dos horas se levantará del sofá, como si despertara de una siesta, les reconocerá e interactuará con ustedes como un miembro de la familia más.

ANITA

Y allí están Mikel y Mercedes, sentados en el sofá de enfrente del otro sofá donde está sentada Anita.
Mikel observa con atención a Dolores. Sus ojos cerrados con los párpados vibrando ligeramente, cejas poco pobladas, cutis liso y juvenil, pelo negro recogido con una coleta, labios rosados y finos que parecen sonreír. Sus manos, delicadas de dedos largos reposan en su regazo. Debajo de su vestido-pantalón se pueden apreciar sus brazos delgados y piernas estilizadas. Los pies están protegidos por unas botas negras que aparentan ser látex. Si fuera una mujer diría que está al límite de la delgadez, aun así, su cuerpo parece fibrado sugiriendo fuerza y potencia.

En un despiste de Mikel y Mercedes, Anita abre los ojos, parpadea repetidas veces y en silencio fija la mirada en Mercedes y luego en Mikel.
—Buenas tardes Mercedes. Hola Mikel.
Los dos dejan de hablar y giran la cabeza hacía la fembot y esos ojos grises y luminosos les absorben.
Mikel consigue articular algunas palabras.
—Ho-hola… Anita.
Mercedes no consigue cerrar su boca.
Anita desliza sus manos hasta las rodillas y con un impulso se incorpora del sofá.
—Mercedes, estoy a su disposición para lo que precise. Mi programación contiene los horarios y costumbres de las que ustedes informaron a BOTCORP. —Su voz es suave, amigable, clara y armoniosa. —Seguiré esas instrucciones y todas las que me den.
La IA de la casa interrumpe la conversación.
—Mercedes, Iván está en la puerta.
Por fin Mercedes reacciona.
—Déjale entrar.
Iván entra en la casa como si estuviera compitiendo en una carrera de cien metros lisos.
Cuando llega al salón frena casi derrapando.
—¡Uala! ¡qué guapa!
Mikel y Mercedes sonríen mirando a una inexpresiva Anita.

CONFESIONES

La visita a Mercedes se ha alargado más de lo esperado. La cena se ha terminado y Anita se dispone a recoger la mesa. Mikel se ofrece a ayudar. Iván hace ademán de levantarse y su padre niega con la cabeza.
—Iván, no hace falta que nos ayudes. Quédate con la abuela charlando mientras recogemos.
Mikel recoge la botella de agua y los tres vasos. Observa a Anita y su habilidad para llevar los platos, los cubiertos, el zumo, las servilletas, los manteles y las pastillas de su madre, todo a la vez.
—“¡Qué habilidad tiene Anita! A pesar de la carga su movimiento es ágil y firme”. —Piensa Mikel.
Anita entra en la cocina. Deja la carga encima de la mesa y se gira para recibir la de Mikel.
—No te preocupes ya la llevo yo —responde Mikel.
Anita pretende volver al salón, pero Mikel se lo impide.
—Espera unos segundos Anita.
Inexpresiva, Anita mira a Mikel.
—¿Necesitas mi ayuda Mikel? —comenta Anita.
—Necesito explicarte algo muy importante y necesito toda tu atención y compromiso. Sé que, en tu programación como en la de todos los bots, priman tres asuntos fundamentales: proteger a los humanos, obedecer sus órdenes y protegerte a ti misma.
—Así es Mikel.
—Bien Anita. ¿Si las órdenes que te dé un humano pretenden hacer daño a otra persona o a ella misma…?
Ni siquiera me deja terminar.
—Imposible procesar esas órdenes y por tanto no las puedo cumplir. Conozco el motivo principal por lo que estoy aquí. Dispongo de sensores que me permiten monitorizar las constantes vitales de las personas a distancia e interpretar las modificaciones que sufran. No permitiré que tu madre sufra ningún daño ni se lo autoinflija.
La programación de Anita incluye todas las respuestas e indicaciones que di en el cuestionario y en la entrevista personal con la psicóloga de BOTCORP, la doctora Calvin.
Es muy extraña la sensación de tranquilidad y paz que emana Anita. No recuerdo haber estado tan bien en las últimas horas como en la cena.
—Mucha gracias, Anita. Iván y yo nos quedamos más tranquilos. Puedes marcharte.
Mikel observa como sale de la cocina y juraría que ha sonreído.
—No es posible —Niega con la cabeza, mientras se sonríe de su ocurrencia. 

A SOLAS

Mercedes y Anita despiden a Mikel y a Iván en la puerta de la casa. El auto se aleja en silencio ganando velocidad hasta desparecer por la esquina de la calle.

La fembot cede el paso a Mercedes al interior de la vivienda. Una vez dentro, Mercedes cambia su semblante y pierde la sonrisa. Vuelven los labios apretados, la mirada perdida y los pensamientos sin futuro.
—Me voy a dormir, estoy cansada —murmura.
Mercedes no tiene más ganas de hablar, solo de descansar.
—Te acompaño y te ayudo Mercedes —contesta Anita.
Su voz ha sonado menos aséptica que de costumbre, ha sido contundente y a la vez sedante.
Se acuesta bajo la supervisión de una Anita que la observa en silencio.
A Mercedes le parece extraño que tras un día como este sea capaz de descansar, de poder dormir sin darle vueltas a la cabeza, de… los ojos ya no se le abren y la mente reposa.

Hace tiempo que no utiliza despertador, su reloj natural la despierta todos los días a las siete de la mañana. Pero hoy ha sido distinto, el despertar se ha acompañado a un olor peculiar: a tostadas recién hechas.
Mercedes se levanta. Va al baño. Al salir de él coge su bata y se dirige a la cocina, siguiendo el agradable efluvio del pan tostado y el sonido de su música preferida: Música de las Esferas de Mike Oldfield.
—Buenos días Mercedes, te he preparado el desayuno —dice Anita sin emoción.
—Hola Anita… ¿cómo has sabido que me estaba levantando y el desayuno que tomo? —dice una más que desconcertada Mercedes.
—El formulario que cumplimentasteis me ayuda a saber cosas sobre ti y tus hábitos sobre todo al principio. Después iré asimilando lo que ocurre día a día.
Mercedes se acomoda en la silla y la empuja hacia la mesa. Ahora, ya no solo el paladar se le hace agua, la vista lo incrementa a toda la boca: dos tostadas, mermelada de melocotón, mantequilla y zumo de naranja.
Anita se retira ligeramente dándole espacio a Mercedes.
Mientras desayuna, Mercedes tiene la sensación de que la bot ha sonreído.
—“No puede ser” —piensa mientras niega con la cabeza.

Quince agradables minutos se han terminado, los recuerdos del día anterior han vuelto llenar su mente. Ya no queda espacio para vivir la vida. Se lamenta que Juanjo ya no esté con ella, que no puedan seguir con sus planes, las vacaciones en la playa, el viaje soñado en el ascensor espacial…
—Mercedes ¿qué te apetece hacer hoy?
Mercedes alza la mirada del plato a la cara de Anita. Ha ocurrido algo muy extraño, ha pasado de querer morirse a sentir una ligera euforia. Ha dejado la tristeza a un lado para sentir ganas de vivir. Las tripas se remueven con sonoridad. Recuerda los paseos bajo la lluvia recibiendo el agua en su cara y oliendo la tierra mojada. Sola en la senda del campo, cerca de la casa de sus padres en Asturias. Observando a las ardillas que trepan nerviosas hacia sus agujeros para resguardarse de las primeras gotas. El verde en toda su extensión cromática, el de las hojas de los árboles, el de la hierba, el del moho de las rocas, el del agua estancada en el pequeño riachuelo… El conejo que la mira, moviendo su nariz con curiosidad antes de salir zumbando hacia uno de los numerosos agujeros que tiene cavados alrededor de la roca.

El flash desaparece. Se sorprende de no haber derramado las lágrimas que empezaban a asomar en sus ojos hace unos segundos. Ha oído la voz de Anita y todo ha cambiado.
—¿Q-qué? ¿cómo? —logra articular.

Ahora sí, Mercedes ve sonreír a Anita.